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'Confía en mí, estoy mintiendo': cómo dejamos de estar de acuerdo en los hechos

Pedro Sánchez en Espejo Público

Como un déjà vu de la campaña electoral, Pedro Sánchez volvió a quejarse esta semana en el programa de Susanna Griso de que algunos medios de comunicación den por válidas las mentiras de los políticos. Criticó a José María Aznar por acusarle de no condenar los atentados de Hamás, ante la pasividad de la presentadora de Antena 3. “Me sorprendió que no le repreguntara, permítame que se lo diga, porque lo he condenado desde el primer día”, le dijo. Ante esta argumentación, Griso reconoció que lo que decía Sánchez “era cierto”.

Esta es solo una anécdota más de cómo los “hechos alternativos” que popularizó Donald Trump durante su mandato se han instalado en el día a día de la actualidad política. Ya no existe una realidad compartida, sino que cada ciudadano elige los hechos que quiere creer. Posiblemente, mucha gente hoy seguirá pensando que Pedro Sánchez no ha condenado los ataques a la población israelí porque lo dijo Aznar y porque lo ha visto replicado en medios y redes sociales. 

La pérdida del consenso sobre los hechos está muy relacionada fenómeno de la fragmentación de las audiencias que ha traído la revolución digital. Cuando solo existía un canal de televisión, una cadena de radio o unos pocos periódicos, los ciudadanos asentaban su convivencia en un acuerdo sobre los hechos, sobre lo que era cierto o no, y a partir de ahí discrepaban. Sin embargo, como explica Ricardo de Querol en el ensayo La gran fragmentación (Arpa, 2023) este sistema se ha desplomado en los últimos años como un castillo de naipes.

Hoy, los políticos de izquierdas y de derechas se aprovechan de la situación y mienten no solo sobre cuestiones interpretables sino también sobre hechos aparentemente irrefutables y sobre palabras dichas por otros. Las declaraciones del adversario se tergiversan y, aunque su veracidad es fácilmente comprobable, no hay verificación que valga una vez que el bulo corre por la red. Es la mentira elevada al máximo nivel.

Hay otros ejemplos recientes que resultan paradigmáticos. Por ejemplo, en el día de la Constitución, los partidos de la oposición y varios medios replicaron que la presidenta del Congreso, Francina Armengol, había defendido un referéndum de autodeterminación como concesión al independentismo. Sin embargo, en su discurso, en ningún momento pronunció la palabra consulta o Cataluña. 

Esta falta de consenso sobre los hechos básicos es uno de los grandes problemas a los que se enfrentan las democracias occidentales y está muy relacionado con la influencia que tiene la tiranía del clic en el modelo de negocio de algunos medios de comunicación. Sobre todo, en esas webs que, aunque tienen apariencia de periódico, no se rigen por las normas deontológicas y actúan al servicio de unos determinados intereses ideológicos. 

La mentira modelo de negocio

El experto en marketing estadounidense, Ryan Holiday, se hacía llamar “manipulador de medios” porque, durante años, utilizó los blogs como difusores de propaganda para influir en la opinión pública y controlar las noticias en beneficio de sus clientes. Lo cuenta en Confía en mí, estoy mintiendo (Empresa Activa, 2013), un libro en el que expuso los fallos del sistema en plena transformación digital

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Para conseguir visitas, algunos de estos nuevos portales de noticias se sirven de la provocación y la mentira para despertar reacciones irracionales en su audiencia. “El predictor más poderoso de lo que se difundirá online es la ira”, explica Holiday. “Tiene un efecto tan profundo que un aumento de la desviación estándar en el nivel de ira de un artículo equivale a pasar tres horas más como artículo de cabecera en la portada del New York Times”.

En una conversación con Marty Baron que Ricardo de Querol recoge en La gran fragmentación, el exdirector del Washington Post hacía esta interesante reflexión: “Mucha gente no tiene interés en los hechos sino solo en la “información” entre comillas que está de acuerdo con su opinión preexistente. Esto es una amenaza a la sociedad civil y a la democracia. Es importante que estemos de acuerdo con los hechos, aunque estemos en desacuerdo con su análisis o las soluciones. ¿Cómo va a funcionar una democracia en la que no se aceptan los hechos básicos?”

 

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