Igualdad

De las cuotas a feminizar la política: las diputadas autonómicas ya no se conforman con ser la mitad en los parlamentos

Ana Vanessa García, diputada del Partido Popular en el Parlamento de Andalucía.

Las elecciones celebradas el 4M en la Comunidad de Madrid batieron un récord: el de representación femenina en la cámara autonómica. La paridad está de celebración, nunca había obtenido tan buenas marcas en la región. En total, un 48,5% de los asientos de la Asamblea de Madrid serán ocupados por mujeres, tras la renuncia de Ángel Gabilondo, Eduardo Fernández y Juan José Moreno y la entrada de Sonia Conejero y Marta Bernardo, el mayor porcentaje de su historia. También la cita con las urnas el pasado mes de febrero en Cataluña resultó en una victoria para la igualdad: el 48,14% de los escaños tienen nombre de mujer. Actualmente, dos autonomías llevan la delantera, llegando las voces femeninas a superar la mitad: Galicia y Navarra.

La ciudadanía gallega fue llamada a las urnas en julio del pasado año. El resultado de aquellos comicios se tradujo, en clave de género, en un 53,3% de mujeres en el hemiciclo del Pazo do Hórreo. En Navarra, las parlamentarias constituyen el 52%. Ninguno de los otros quince parlamentos autonómicos alcanza la barrera de la paridad absoluta. A la cola se queda Castilla-La Mancha, con un total de catorce diputadas, el 42,4%. Cantabria, por su parte, acoge en su parlamento a quince mujeres de distintos grupos, el 42,8% del total. Entre las presidencias de los parlamentos, sólo cuatro mujeres: Marta Bosquet (Cs) en Andalucía; Blanca Martín (PSOE) en Extremadura; Laura Borràs (JxCat) en Cataluña y Bakartxo Tejeria (PNV) en Euskadi.

¿Y qué ocurre con las portavocías? A ese nivel, la paridad no es siempre la tónica general. Extremadura se lleva la medalla de oro: todas las portavocías de sus cuatro grupos parlamentarios están ocupadas por mujeres. Le siguen Comunitat Valenciana, con cuatro mujeres y dos hombres; Castilla-La Mancha, con dos mujeres y un hombre y Asturias, con cuatro mujeres y dos hombres. El perfecto equilibrio lo consiguen los parlamentos de Illes Balears –cuatro y cuatro–, Navarra –tres y tres–, Euskadi –tres y tres– y Cataluña –cuatro y cuatro–. En el extremo opuesto, Aragón y Castilla y León se quedan a la cola al no contar con ni una sola mujer ejerciendo la portavocía de sus grupos.

¿Pero qué impacto tiene una mayor representación femenina en las cámaras autonómicas? Todas las voces consultadas apuntan a la misma clave: es cuestión de justicia que las mujeres, más de la mitad de la población, se sientan representadas. Lo contrario, dicen las parlamentarias entrevistadas por este diario, es una anomalía que no cabe en una democracia. "La política tiene gran parte de estética", así que el mero hecho de mostrar la presencia de las mujeres en política es de por sí un avance a considerar. Así lo entiende Ana Vanessa García, diputada del Partido Popular en Andalucía y portavoz de Igualdad del Grupo Popular. Resulta cuanto menos impactante, dice en conversación con este periódico, comparar la foto fija de hoy día con las imágenes de hace cuatro décadas: "Entonces había poquísimas mujeres, su incorporación ha sido muy importante".

Pilar Sánchez Acera, número nueve por los socialistas en las elecciones de la Comunidad de Madrid, relativiza la victoria. "Desde el Parlamento hay que trabajar por incorporar una agenda sobre los temas que afectan a las mujeres", asegura. Y no sólo aquellos a los que tradicionalmente se ha prestado atención, como la violencia de género o la conciliación, sino también "empleo, sanidad, educación o transporte". La clave está a su juicio en la transversalidad. "Cuando hablamos de desempleo damos datos generales, pero cuando escarbas un poco te encuentras con que la mayoría de los parados de larga duración son mujeres". Atender a este tipo de especificidades es también hacer política desde una mirada feminista.

¿La presencia de las mujeres es garantía de esa perspectiva feminista? No necesariamente. Sánchez Acera lo sabe bien. "Muchas veces los propios partidos no tienen la mirada feminista incorporada", así que conceder espacio a las mujeres no siempre se traduce en un impacto real. "La transversalidad de esa mirada no existe en los partidos de derechas y esa es la asignatura que hay que abordar", estima la diputada.

Para Ana Pontón, diputada del BNG en el Parlamento de Galicia, la incorporación de las mujeres "gracias a las cuotas que la derecha tanto denostó" es sin duda un logro en la batalla por la igualdad. Que haya un liderazgo femenino "significa romper estereotipos y eso en sí mismo tiene un valor educativo" que enmienda, de alguna manera, la ausencia histórica de referentes femeninas. Sin embargo, recuerda que "para hacer políticas feministas hay que militar en el feminismo" y no convertirlo "en un eslogan de usar y tirar para intentar apropiarse simbólicamente de él y despojarlo de todo contenido reivindicativo". Es imprescindible, a su parecer, que exista perspectiva feminista en las instituciones, pero también advierte que sin mujeres no será posible: ambas cuestiones se retroalimentan.

El de la representación es un reto que las mujeres pueden dar por superado, pero es sólo el principio del camino. Lo afirma también Oihana Etxebarrieta, diputada en el Parlamento de Euskadi por EH Bildu. Haber conquistado el porcentaje que blinda la equidad es importante, porque las mujeres son "la mitad de la población y eso no se ha visto reflejado nunca en los espacios de poder". Se trata sencillamente de que las mujeres "tomen lo que es suyo y estén donde les corresponde", pero hace falta algo más. De alguna manera, aquel reto perseguido por las cuotas se ha quedado viejo. Las parlamentarias ya no se conforman con ser la mitad, quieren ir más allá. Etxebarrieta habla en este punto de un concepto que con el paso de los años ha cobrado especial protagonismo: feminizar la política. "Si queremos hacer las cosas de otra manera, necesitamos perspectiva feminista".

Cristina Cabedo, diputada por Unides Podem en las Corts Valencianes y presidenta de la Comisión de Políticas de Igualdad, disecciona el significado de feminizar la política, con sus luces y sus sombras. "La parte positiva tiene que ver con la mayor presencia de mujeres, por democracia y justicia, pero también con hacer la política de una forma diferente: con menos testosterona, capacidad de seducir a tu adversario, convencerlo más que presionarlo". Esto último, sin embargo, tiene un reverso negativo: entraña el riesgo de caer en un "aire esencialista de la mujer", asociada a formas dóciles que le impiden alzar la voz y salirse del renglón. Al mismo extremo llega Etxebarrieta, quien defiende una idea de feminizar la política desde un punto de vista "no esencialista, sino político y comprometido con el feminismo". Esto significa no renunciar necesariamente a la confrontación, sino encararla "desde la base común del entendimiento y de reconocer a la persona que tienes enfrente".

Si feminizar la política anida en las formas, gran parte de su peso se reparte también en las dinámicas. Pone un ejemplo Ana Pontón: rechazar un acto a las 21:00 horas de la noche, incompatible con la conciliación y los cuidados, también es hacer política desde el feminismo. "El feminismo es diálogo, proyectos más colectivos, cambiar las dinámicas e introducir esos valores hasta ahora excluidos por el dominio masculino", zanja.

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