40 años del golpe de estado

Hablan los protagonistas de la histórica marcha del 27-F: “Fue la constatación de que la sociedad no quería volver atrás”

Cabecera de la manifestación del 27 de febrero de 1981.

Cuando el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados al frente de dos centenares de miembros de la Benemérita, el joven Diego López Garrido se encontraba en el hemiciclo. Por aquel entonces, no era representante político. Simplemente, ejercía como letrado en las Cortes. Pero allí estuvo, durante horas, con el repiqueteo de aquel fusil que puso a todo un país a contener el aliento resonando en su cabeza. Cuatro décadas después, este exsecretario de Estado aún conserva en su memoria retales de aquellas jornadas angustiosas. Como también de la demostración de dignidad de toda la sociedad española tan solo setenta y dos horas después de que fracasase la intentona golpista. Aquel viernes, la ciudadanía dijo alto y claro a los elementos involucionistas que el único futuro que concebía era el democrático. Y lo hizo de forma masiva y contundente. “Es la manifestación más grande a la que he ido en toda mi vida”, recuerda Garrido, quien no olvida la emoción que se respiraba en el ambiente aquella tarde de febrero en la capital que ha quedado marcada a fuego en el recuerdo colectivo.

Desde la muerte del dictador, el ruido de sables había sido constante. Sólo hay que recordar la famosa operación Galaxia. Sin embargo, el asalto a la Cámara Baja puso en evidencia la existencia de un peligro real. Por eso, una vez restablecida la normalidad, era fundamental una respuesta firme por parte de la sociedad. Partidos y sindicatos pusieron sobre la mesa la posibilidad de organizar una gran movilización en defensa de la recién nacida democracia. Una propuesta que generó ciertas dudas en alguna organización. Jorge Verstrynge era, por aquel entonces, secretario general de Alianza Popular (AP). “Hubo una fuerte discusión sobre si acudir o no a la marcha”, confiesa al otro lado del teléfono en conversación con infoLibre. El exdiputado señala que tanto él como Gabriel Camuñas y Fernando Suárez estaban a favor de acudir porque, de no hacerse, se evidenciaría una complicidad de la formación con la intentona. Con una posición contraria sitúa a Félix Pastor, quien fuese presidente de la organización, o Alfonso Osorio. “Había miedo porque no estaba claro que todo se hubiera resuelto. Si dábamos el paso, nos identificábamos claramente en contra de los golpistas”, dice Verstrynge.

Los partidarios de sumarse a la manifestación decidieron entonces ir a ver al presidente del partido, Manuel Fraga, para trasladarle su intención de respaldar sí o sí la iniciativa. Si no era de la mano del partido, lo harían a título individual. “Fue entonces cuando nos dijo que él también asistiría”, cuenta Verstrynge. De esta manera, se abrió la puerta a una demostración de fuerza totalmente transversal en favor de la democracia. Las diferentes formaciones se pusieron manos a la obra. Se creó un grupo de trabajo formado por representantes de los cuatro principales partidos políticos de ámbito nacional –UCD, PSOE, PCE y AP– y de los dos sindicatos mayoritarios –CCOO y UGT–. Nicolás Sartorius, exdirigente del Partido Comunista, tenía entonces 42 años. Recuerda que fue “fácil” llegar a un “consenso” entre todos los grupos. Principalmente, porque había un sentimiento común y no se entraba para nada en contenidos programáticos. “Había una posición absolutamente compartida, no recuerdo que hubiera que negociar nada”, coincide, por su parte, José María Zufiaur, entonces miembro de la Comisión Ejecutiva Confederal de UGT.

El único incidente que se produjo, recogido por el diario Abc, fue en la reunión que los organizadores celebraron el 26 de febrero en la sede de la UCD. Tanto el PSOE como UGT se negaron a sentarse en la mesa hasta que no se retirara de allí una delegación de la Unión Sindical Obrera (USO). Al final, los representantes de este sindicato acabaron abandonando el cónclave y retirando su apoyo organizativo al acto, dejando margen a sus afiliados para participar o no. Con este escollo superado, pronto se alcanzó un acuerdo entre todas las partes. Así, todos los implicados decidieron que la comitiva la abriese una pancarta con un lema sencillo a la par que contundente –Por la libertad, la democracia y la Constitución–, seguido por un segundo bloque con una gran bandera española. Luego, se distribuirían las diferentes organizaciones convocantes por orden, de acuerdo a su representación numérica. Para leer el manifiesto final, se decantaron por quien hubiera sido presidente de las Cortes en la etapa constituyente, Antonio Hernández Gil.

Todo estaba listo para la demostración de fuerza y unidad. Aquel viernes, algunos de los principales diarios recordaban a los ciudadanos la cita para defender la democracia. “Al pueblo de Madrid. […] Los partidos políticos y centrales sindicales, reunidos en Madrid, convocan a todos los madrileños a manifestar, masiva y responsablemente, su firme apoyo a las instituciones, su inequívoca defensa de la democracia y de la Constitución y su apasionada voluntad de ser libres”, se leía a toda página en el diario Abc. Todos eran conscientes de la importancia de una asistencia masiva: “No nos podíamos permitir una imagen con poca afluencia de personas”. Sin embargo, los organizadores confiaban en ser capaces de desbordar las calles de la capital. Tanto es así que acordaron movilizar a sus respectivas organizaciones a fin de constituir el servicio de orden de la comitiva, que estuvo integrado por cinco millares de personas. Para hacerse una idea de la dimensión, son catorce veces la actual composición del Congreso dedicándose en exclusiva a controlar que la marcha discurriese sin complicaciones.

Reflejo del consenso

Aunque los nubarrones en el cielo anunciaban lluvia, aquella tarde toda la ciudad se echó a la calle. Una hora antes de la cita, las vías atestadas anticipaban el éxito de la convocatoria. Poco a poco, fueron llegando los líderes políticos que encabezarían la marcha. Allí, junto a la glorieta de Embajadores, se fueron agrupando el socialista Felipe González, el ucedista Agustín Rodríguez Sahagún, el conservador Manuel Fraga o el comunista Santiago Carrillo, que llegó como un reloj a la hora marcada, ni un minuto antes ni uno después. Con ellos, los máximos responsables sindicales, Marcelino Camacho y Nicolás Redondo. Una amalgama de sensibilidades políticas unidas en defensa de la libertad. En la cabecera, se respiraba un ambiente festivo. De hecho, el secretario general de CCOO y el líder de AP protagonizaron una de las anécdotas de la jornada, según recogieron algunas crónicas de la época. “Le estoy metiendo mano a Marcelino”, bromeaba Fraga mientras agarraba al dirigente sindical. “Sí, Manuel, pero si no estuvieras tan gordo iríamos más anchos”, replicaba entre risas Camacho.

La pancarta que abría la marcha era de tales dimensiones que alrededor de una veintena de personas fue detrás de ella durante el recorrido. Ahí se encontraban aquel viernes de febrero de hace cuarenta años Sartorius, Verstrynge o Zufiaur. “Fue muy emocionante y simbólica, la constatación de que la sociedad española no quería volver atrás, la consolidación del proceso democrático”, recuerda el exdirigente comunista. “Recuerdo la exaltación y la bonita acogida de la gente, desde las aceras o en la propia cabecera”, cuenta quien fuera secretario general de Alianza Popular. Aunque era la consigna, fue imposible mantener un silencio sepulcral. Los gritos de “¡Democracia y libertad!”, “¡Democracia sí, dictadura no!”, “¡Viva la libertad!” o “¡El pueblo unido jamás será vencido!” resonaron con fuerza a lo largo de los casi dos kilómetros de trayecto. Lemas que se entremezclaron con pancartas a favor del rey Juan Carlos I o contra el golpe. “Prohibido prohibirnos leer, hablar y pensar”, rezaba una de ellas, que se encargó de desplegar un grupo de estudiantes.

Al abogado Antonio Garrigues Walker, presidente del prestigioso bufete Garrigues, le ofrecieron unirse a la cabecera, en la que también se dejaron ver algunos de los pesos pesados de la banca privada. Sin embargo, cuenta que prefirió diluirse con la gente. “Recuerdo la tristeza del 23-F y lo mucho que me preocupaba la imagen sobre España que podía haber en el exterior. Sin embargo, la reacción natural, espontánea, de la sociedad dejó claro que la democracia española no era tan frágil”, rememora el jurista de 86 años al otro lado del teléfono. De aquel día, Garrigues resalta la importancia de que todo el mundo se echase a la calle sin importar la opinión y la tendencia política. “Fue la demostración inequívoca de que no había vuelta atrás”, asevera. Como él, quienes portaron la pancarta principal también destacan la importancia de aquella transversalidad que, en opinión de López Garrido, permitió movilizar a centristas, comunistas, progresistas o conservadores. “Fue un reflejo del consenso que había hecho posible la Constitución”, dice Sartorius.

“El pueblo no se ha conformado con ser espectador”

Durante la marcha, se produjo algún que otro susto que evidenciaba que los nervios aquellos días estaban a flor de piel. El diario El País, por ejemplo, recogió un apagón en el paseo del Prado que desató los gritos de los jefes del servicio de orden de la marcha o un intento de arremeter contra la manifestación de un conductor ebrio. Pero, tres horas después del inicio, la pancarta logró alcanzar su punto final: la plaza de las Cortes. El enclave, y las calles adyacentes, estaban a rebosar. La cabecera apenas pudo acercarse al estrado que se había dispuesto frente a la escalinata principal del Congreso. Allí esperaba el silencio la periodista de Televisión Española Rosa María Mateo, quien se hizo cargo de la lectura del manifiesto por la ausencia de Antonio Hernández Gil. “Los días 23 y 24, grupos golpistas intentaron destruir las instituciones democráticas, la pacífica convivencia de los españoles y la Constitución que, mayoritariamente y libremente, nos hemos dado en el ejercicio de la soberana e indomable voluntad popular”, arrancaba el escrito que sostenía entre sus manos.

Fotografía tomada en la Plaza de las Cortes aquel 27 de febrero de 1981. | EFE

Aquel era un texto en el que se ensalzaba la labor de los medios de comunicación o la Corona, constituida en “garantía de la democracia”. También de las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad, resaltándose que no debía confundirse a “grupos sediciosos” con la totalidad del Ejército o la Guardia Civil. Pero, sobre todo, el manifiesto era un grito de libertad. “El pueblo no se ha conformado con ser espectador, sino que se sabe protagonista de su historia y ha querido y quiere comportarse como tal. Por eso estamos aquí, expresando, solidariamente, con emoción contenida y con honda reflexión, nuestra decisión de vivir en democracia y nuestra voluntad de impedir que se reproduzcan hechos amenazadores para la imprescriptible libertad”, señaló Mateo. Una intervención culminada con un “¡Viva la Constitución!” y “¡Viva la democracia!” que puso fin a una marcha a la que asistieron entre millón y medio y dos millones de personas. Una de las manifestaciones más masivas que se recuerdan. Un acontecimiento que dejó claro a los que estuvieran tentados de regresar al pasado que el pueblo no se lo permitiría.

Más sobre este tema
stats