Salvador Illa: "Esperaba más de Feijóo como líder de la oposición, me ha decepcionado"

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Una de las imágenes más impactantes de la pandemia fue la de la Gran Vía madrileña vacía. Una foto estremecedora. Instantánea de una España confinada, amenazada por el coronavirus. Hoy, en cambio, esa misma calle está llena de vida, tumultosa, vibrante. Los coches se apelotonan, los turistas toman fotos, los restaurantes están llenos. Puro ruido y revuelo. Pura Gran Vía. Y allí está Salvador Illa. De vuelta a la capital por unas horas.

El exministro de Sanidad acaba de publicar El año de la pandemia: del estado de alarma al inicio de la vacunación. Hace apenas unas horas lo ha presentado junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Se han cruzado sus miradas cómplices y revivido aquella durísima etapa. Ahora, gracias a la obra, se conocen algunas de las conversaciones privadas entre los dos. Illa se emociona, confiesa que se ha roto estos días contestando a los periodistas. Escribir le ha servido para procesar emocionalmente muchas cosas que vivió durante esos días. Y ha dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre lo que ha supuesto la pandemia para la sociedad.

Confiesa ahora el dolor por las críticas que recibía Fernando Simón: “Símbolo de los servidores públicos sanitarios”. Y contesta sobre el desafío de Madrid durante la pandemia: “Un episodio desagradable”, “¿Había que hacerlo? Sin discusiones”. Y no entra a valorar directamente a Isabel Díaz Ayuso, pero lanza esta idea: “La política es un servicio público, no es estar pendiente cada día de las encuestas”. El actual líder del PSC ha querido dejar negro sobre blanco los sentimientos de aquellos días. Y también se pronuncia sobre el actual líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, con el que coincidió durante aquellos días como presidente de la Xunta: “Esperaba más de él como líder de la oposición”. Illa se confiesa en la Gran Vía con Infolibre.

Después de haber gestionado una pandemia, cambiar de vida y un periodo de descompresión, ¿qué imagen le viene a la cabeza cuando cierra los ojos?

No me viene una, sino muchas. Ir de mi residencia al ministerio y ver Madrid vacío, las reuniones a las ocho de la mañana con mi equipo (Fernando, Pepa, Tino…), la repatriación de los españoles que estaban en Wuhan, los fallecidos, los aviones llevando material a España, la esperanza con Araceli… Me vienen muchas fotos. No sabría destacar una.

¿Piensa mucho en la pandemia? ¿Se acuerda de algo cada día? ¿Está en otra fase?

No es obsesión. Creo que ya estamos todos en otra fase. Pero sí que me vienen recuerdos de la pandemia. Sobre todo sí que he reflexionado sobre los efectos que ha tenido y está teniendo en la sociedad. En un tono más de sacar reflexiones, de procesarlo.

La propia escritura del libro me ha servido para procesar emocionalmente cosas

Es como si a uno le pasara un tren por encima, con el nivel de estrés, de implicación, de gestión. ¿Cómo le ha cambiado la pandemia? ¿Cómo está psicológicamente Salvador Illa después?

Si tuviera que decir algo al respecto, siento una reafirmación de mi forma de ver el servicio público y la política. En esos principios que tenía antes y que ahora se han consolidado más. Fue un periodo muy intenso, especial. Los vínculos con el equipo del ministerio y con el presidente fueron muy estrechos. Esto no es que hemos trabajado juntos, sino que hemos estado juntos en un año muy especial. Hay una reafirmación de maneras de ver las cosas que ya tenía. Luego, también, he procesado muchas cosas emocionalmente. La propia escritura del libro me ha servido para procesar emocionalmente cosas que no había podido.

Escribir le ayuda entonces…

Incluso releer lo que he escrito me emociona a veces. Es un indicativo de que no había podido dar espacio a mis emociones. Algunas veces cuando colegas vuestros me han preguntado cosas, me he roto. Cuando me han preguntado por lo que relato en el libro de cuando comuniqué a mi equipo más cercano que iba a ser candidato, me he emocionado. Eso quiere decir que emocionalmente eso en ese momento no lo pude vivir por la intensidad y el ritmo trepidante de los acontecimientos. Y luego he escrito desde un punto más reflexivo qué nos va a suponer como sociedad, qué enseñanzas podemos sacar.

En el libro confiesa que decidió no leer la prensa.

En un momento determinado, sí.

¿Era por priorizar o había cierta toxicidad que le afectaba?

Vi que no me aportaba nada y que corría el riesgo de alterar lo que yo creía que tenía que ser mi actitud como ministro de Sanidad y que me había pedido el presidente: centrarse en salvar vidas y construir consensos. No me aportaba nada un comentario de no sé quién. No voy a decir el nombre, pero una vez me ocurrió una cosa cuando pudimos viajar muy curiosa. Coincidí en el avión con un compañero vuestro que, en fin, bien de mí no habló. Y como yo no había visto esto ni era consciente de lo que había dicho, pues le saludé con naturalidad. Eso me hizo muy bien. Había que enfocarse en lo que había que enfocarse. No quisiera que se viera como un desdén a los medios, que tienen una función muy importante e hicieron un trabajo muy relevante.

¿Se puede gestionar políticamente al máximo nivel al margen de los medios?

Yo sabía lo que se decía, porque mi directora de comunicación me decía “ministro, cuidado que en este periódico o en este medio dicen esto”. Pero no hacía lo que hago ahora, que es que dedico mi primera media hora para ver qué dicen los medios.

¿En qué momento volvió a leer la prensa?

Cuando estuvimos en una situación distinta en la desescalada, pues empecé por la mañana a leer. Pero que no se vea como un desdén. Nosotros optamos, y fue un acierto, por comunicación directa. Cada día, Fernando Simón y las autoridades técnicas comunicaban.

Y con perspectiva, ¿acertaron los medios? 

Hay de todo. Y debe de haber de todo. Creo que en general sí. Todo el mundo fue muy consciente de que estábamos en una situación muy especial . Con carácter general, los medios hicieron un trabajo correcto de informar. Fue importante que siguieran funcionando los controles democráticos, en los momentos más duros fuimos a dar cuenta al Congreso. Puede gustar más o menos la forma en la que lo hicimos, pero fuimos semanalmente. Se hizo con el máximo respeto. Claro que estar cada jueves desde las docs hasta las dos ahí agradable no era, pero había que hacerlo. Sólo faltaría.

En el libro habla de sus conversaciones con el presidente del Gobierno. ¿Cómo eran esos momentos con Sánchez con esa tensión? ¿Cómo era la relación entre los dos? ¿Se corresponde la imagen con las críticas que escuchamos y que lo caracterizan como un político autoritario que viaja en el Falcon?

En absoluto. El presidente estuvo conmigo muy cálido. Es muy exigente, agradezco mucho que fuera y es un presidente muy racional. Hay otros caracteres de otros líderes que se mueven mucho por emotividad. Lee todo lo que le mandas, analizaba a fondo los informes diarios. Por tanto, previsible. Cuando toma una decisión, la mantiene. Eso es bueno. Cuando se declaró el estado de alarma, esa semana vino varias veces al ministerio, eso no es usual. Lo hizo para apoyar al equipo. Me llamó nada más haber decidido adoptar el estado de alarma. Quería una información muy detallada de lo que se estaba haciendo y cómo funcionaban las cosas. Fijado este parámetro, hablábamos mucho durante el día, escuchaba mucho, me daba información sobre conversaciones con otros líderes europeos. Sin su apoyo no hubiera podido hacer lo que hice. Es una persona que estuvo cálida, me llamaba cada noche, nos veíamos cada mañana. Y a primera hora de la tarde me volvía a llamar. He trabajado muy bien con él. Para mí es un honor haber formado parte de un Gobierno presidido por Sánchez.

Intentar buscar un rédito político en una pandemia no entra en mi esquema político

Retrata la conversación entre los dos cuando tienen que limitar el número de familiares en los entierros, ¿por qué lo considera uno de los momentos más duros?

Pues porque ya era muy duro tener a un familiar en la UCI y no poder estar con él y a eso añadíamos la restricción de no poder despedirlo. Eso es muy duro, tiene impacto en las personas. Pero había que hacerlo, era un foco de contagio. Desde el punto de vista técnico era inapelable. Lo trasladé en la reunión de las nueve y media. Ahí el presidente se expresó con la mirada. Me dijo un comentario breve: “¿Hay que hacerlo?” Le dije que sí. Y contestó “pues hagámoslo”. Fui muy consciente de que esto era añadir más dolor al dolor. Fue una medida complicada de tomar.

Detalla esa reunión del Consejo de Ministros en la que se declara el estado de alarma y se revisa artículo por artículo, algo que llega a exasperarle. 

Un poco, en el buen sentido. Imaginé el Consejo de Ministros más ágil, fue un ejercicio interesante artículo por artículo.

Realmente colegiado, no aprobar lo que diga el ministro de Sanidad.

Era un enfoque más jurídico. Estoy sujeto a mi promesa de no revelar las conversaciones del Consejo de Ministros, pero fue un ejercicio muy colegiado. Fue una discusión muy viva y enriquecedora. Hay gente muy capacitada, excelente, en ámbitos jurídicos, científicos y académicos. Había muchos cerebros, más allá de que uno comparta o no las visiones. Es verdad que normalmente los textos al Consejo van muy trabajados, pero en este caso no. El texto final lo recibí a primerísima hora de la mañana del sábado. No había habido tiempo de reflexión y se hizo en vivo. Salió un texto mejorado, un buen decreto.

Luego el Tribunal Constitucional tumbaría el decreto del estado de alarma, ¿qué le pareció esa decisión? ¿Lo tendrían que haber hecho de otra manera?

En esos temas me fío mucho de Margarita Robles. No puedo revelar lo que se dijo en el Consejo de Ministros, pero conozco lo que piensa de estos temas. Lo que ha dicho, y viene de ese mundo como magistrada, es que los tecnicismos jurídicos no pueden empañar esa decisión. Me quedo con eso, desde el máximo respeto a las decisiones del Constitucional. Pero los detalles no pueden hacernos perder de vista el fondo mismo. Se activaron mecanismos que creo que había que activarse. Se hizo con mucha conciencia. Cada quince días fuimos al Congreso, cada quince días se votó la prórroga. Se hizo con el máximo respeto a la soberanía popular. De eso sí quiero dejar constancia, porque lo viví. Iba cada sesión en la que el presidente tenía que pedir la prórroga e iba cada jueves a dar cuenta. Fue acertado hacerlo así.

Esas prórrogas de las que habla fueron apoyadas al principio por el PP, y luego acabó desmarcándose. Con la perspectiva que da el tiempo, ¿estuvo el Partido Popular a la altura de las circunstancias?

Sin ningún ánimo de meterme con nadie, creo que exigía la situación una cierta altura de miras. El PP tenía la responsabilidad de sanidad en varias comunidades autónomas. Hubiera bastado con que a nivel nacional hicieran lo que sus consejeros autonómicos pedían. Hay ciertos momentos en los que hay que pensar en lo que hay que pensar. Siempre ponía como ejemplo Portugal, donde los conservadores le dijeron a Antònio Costa que estaban con él. Dicho con el máximo respeto, pero es una reflexión obvia que hay que hacer. Extensible a otras formaciones políticas. Quienes no fallaron nunca en los estados de alarma, además de PSOE y UP, fueron Cs y el PNV. Y no será que Cs no era crítico. 

Habla en el libro de que el único desafío al Gobierno fue el de la Comunidad de Madrid. ¿Cómo vivió ese momento? ¿Y cómo eran las diferencias con otras autonomías? 

En primer lugar, el esquema de Estado compuesto a algunos les pareció en un primer momento que sería una desventaja. No fue así. A los resultados me remito. En segundo lugar, con las comunidades las cosas fueron entre bien y muy bien. Había mucha complicidad. El Ministerio de Sanidad tenía un enfoque muy consciente de la realidad territorial de España, muy autonomista. Había una dinámica de escuchar siempre a las comunidades. Eso estaba ya engrasado, pero es que luego todo el mundo intuyó lo que se nos venía encima y querían trabajar juntos. Vi también reconocimiento a la autoridad técnica del Ministerio, sobre todo del CCAES. Fue bien, cada uno tenía su matiz.

Sobre el caso de Madrid, he dado mi visión. Hubo un episodio desagradable. En este momento las comunidades tenían que actuar, había un marco compartido y acordado de medidas. No se estaban tomando, incluso comunidades limítrofes como Castilla y León y Castilla-La Mancha entendían que había que tomar medidas. El Gobierno tuvo que actuar. Intentamos hasta el último momento llegar a un acuerdo, pero no fue posible. Hubo que decretar un estado de alarma. ¿Fue agradable? No ¿Había que hacerlo? Sin discusiones, desde mi punto de vista. ¿Me arrepiento de este episodio? No, en ningún caso.

¿Qué análisis hace de Isabel Díaz Ayuso? ¿Comparte que no sería hoy lo que es en términos de poder y de proyección nacional y electoral sin esa oposición frontal al Gobierno? Le fue bien en las urnas…

Voy a decir lo que yo entiendo que es la política. Para mí, es un servicio público, no es estar pendiente cada día de las encuestas. No es mi enfoque la política de la confrontación por la confrontación. No actuaría así. De hecho, la pandemia tendría que cambiar la forma de hacer política y buscar políticas más de consensos. Me parece más loable y heroico ponerse de acuerdo. Voy a esto. El mismo planteamiento de intentar buscar un rédito político en una pandemia no entra en mi esquema político. Esto no lo veo, no pienso que sea el enfoque. Ni lo vi en la gran mayoría de comunidades. Mentiría si dijese lo contrario. Vi diferencias a veces de criterio, pero no esto. Esto fue en concreto un episodio desagradable. No me gustó lo que pasó, pero pasó. En ningún momento tuve ninguna duda de que había que actuar en base a lo que habíamos acordado. Si esto le dio, no me interesa. En aquel momento había unas incidencias acumuladas muy altas en Madrid. Me venían a ver embajadores preguntándonos qué hacíamos y el Gobierno de España tenía que actuar como actuó. Nos esforzamos en hacerlo de la forma más respetuosa.

Cuenta que conecta desde el primer momento con Fernando Simón, ¿cómo es? Se convirtió en objeto de crítica de la derecha política y mediática, presionaron para que lo cesaran. ¿Se lo llegó a plantear?

Nunca. Yo no lo nombré, estaba ahí. Para mí fue una persona muy importante durante la pandemia. El último eslabón técnico siempre era Fernando. Reúne tres características muy difíciles de encontrar en un servidor público. La primera, es un buen experto en su materia. Segunda, difícil de encontrar en expertos buenos, es que es un buen gestor. Es una persona que sabe que cuando gestionas es imposible encontrar la perfección absoluta y que a veces hay que elegir entre lo malo y lo peor. No tiene miedo a gestionar. Es un buen gestor de equipos. Tercera: es un buen comunicador, y no le da miedo comunicar. Eso no entraba en sus competencias. No tuvo ningún inconveniente en asumir la comunicación técnica. Cosa que no es nada fácil. Es muy difícil encontrar esas tres características. No recibió ni una sobrepaga. Fernando es el símbolo del servidor público del ámbito sanitario y de salud pública. Es trabajo por vocación y por servicio público. Por eso me molestaban mucho algunas críticas injustas. Oiga, usted quiere criticar al Gobierno, critique al ministro de Sanidad. A mí me va en el sueldo. Deje estar a un servidor público, que nombró otro Gobierno, y que hace su trabajo. A él y a todos los ‘fernandos simones’ que hay en las comunidades les rindo tributo por su trabajo.

Me molestaban mucho algunas críticas injustas con Fernando Simón

¿Cuál es el estado de salud de la sanidad?

Estamos en el proceso de reforzarla. La sanidad pública venía de una década mala. Es la política pública más exitosa de la democracia, sin duda. Ha salido reputacionalmente muy fortalecida de la pandemia, ahora estamos en el proceso de proporcionarle los recursos y de hacer los cambios que hay que afrontar sin miedo. Es una competencia de las comunidades. La pandemia refuerza la apuesta por la sanidad pública sin que esto vaya en detrimento de que haya un complemento de sanidad privada. Cada comunidad tiene que hacer los deberes.

A Alberto Núñez Feijóo lo conoció como presidente de la Xunta de Galicia y ahora lo ve como líder de la oposición, ¿qué análisis hace de la evolución de su figura y de su capacidad de alternativa?

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Como líder de la oposición, esperaba más de él. Me parece que hay momentos en los que no basta con decir las cosas, sino acompañarlas con hechos. Para referirme a un asunto de actualidad candente: si uno quiere realmente a España, es un patriota y se cree la Constitución, pues no puedes bloquear la renovación de la Justicia. No hay ningún argumento. 

¿Qué cree que se ha roto? Incluso desde el PSOE se alababa a Feijóo cuando era presidente de la Xunta, quizá en oposición a Pablo Casado.

No sé, pero a veces hay que remitirse a los hechos. Esto no está funcionando. Para mí esto está siendo una decepción. Espero que se rectifique lo antes posible por el bien de España.

Una de las imágenes más impactantes de la pandemia fue la de la Gran Vía madrileña vacía. Una foto estremecedora. Instantánea de una España confinada, amenazada por el coronavirus. Hoy, en cambio, esa misma calle está llena de vida, tumultosa, vibrante. Los coches se apelotonan, los turistas toman fotos, los restaurantes están llenos. Puro ruido y revuelo. Pura Gran Vía. Y allí está Salvador Illa. De vuelta a la capital por unas horas.

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