En el lado oculto de las periferias mudas Víctor Guillot
Andalucía acaba de enseñarnos en tiempo real a qué se parece la unidad de las izquierdas cuando lo único que la sostiene es el acuerdo registrado. Un acuerdo, todo sea dicho, firmado en el último momento, con los propios firmantes compitiendo en comunicados siete minutos después, hablando de generosidad y responsabilidad, que es el lenguaje de quien ha cedido a regañadientes. Ya escribí aquí que la fragmentación de la izquierda es el mayor activo de sus adversarios. Lo sostengo. Añado ahora lo que aquel artículo dejaba pendiente, con una preocupación honesta por lo que se nos viene por delante. Saber que divididos es más fácil un peor resultado resuelve el problema de la papeleta, pero deja intacta la pregunta más difícil. ¿A quién hay que ir a buscar, dónde está, y qué mínimo exigible tiene que reconocer para volver a ser votante de un frente de izquierdas? Mi apuesta en este artículo tiene que ver con una reorientación del feminismo que permita articular posiciones que hasta ahora pueden parecer encontradas.
Rufián invocó en Barcelona el Frente Popular de 1936 como inspiración. La referencia histórica merece algo más que nostalgia, ya que los frentes populares antifascistas que funcionaron fueron lecturas compartidas de por qué la gente estaba como estaba y quién era responsable de ello, algo políticamente bien distinto a una coalición de partidos que se toleran mutuamente mientras el verdadero objetivo que esconden es poder recuperar su espacio propio. Esa lectura compartida es exactamente lo que sigue sin producirse. Y hay al menos tres versiones distintas de esa lectura dependiendo de a quién le preguntes, ninguna sencilla, porque las tres pasan por el feminismo de maneras que no siempre resulta cómodo articular juntas.
El primer mínimo exigible para la unidad de las izquierdas tiene que ver con movilizar lo que ya está. Vox lidera la intención de voto en la franja de 18 a 44 años y marca un 25% entre los menores de 24. Ese dato se repite como una letanía de derrota, pero oculta algo que las encuestas recogen con bastante claridad si una se molesta en leerlas con más cuidado. Lo que muestra la otra cara de la moneda es que las mujeres jóvenes destacan como el grupo demográfico políticamente más interesante, ya que se escoran cada vez más hacia la izquierda. Desde 2014, la distancia ideológica entre hombres y mujeres jóvenes ha crecido, sobre todo por el giro a la derecha de los hombres. La izquierda ya tiene a las mujeres jóvenes políticamente, pero lo que le falta es la capacidad de movilizarlas, ya que son el grupo que más se identifica con posiciones progresistas y en proporción el que menos las vota.
El mínimo exigible aquí tiene que ver con hablarles de sus vidas, que es distinto a pedirles que adopten una identidad para pasar el control de acceso de no se sabe muy bien a qué cielo. La tradición del feminismo materialista, la de la crítica al trabajo doméstico no remunerado y la economía del cuidado, lleva décadas argumentando que la opresión de las mujeres funciona como pieza estructural sin la cual la economía tal como la conocemos dejaría de funcionar. La precariedad laboral específica de las mujeres jóvenes suma a la precariedad general la brecha salarial y la carga del cuidado, que ya empieza a recaer sobre ellas antes incluso de tener hijos. Todo esto es lo que permite de forma sencilla que si eres mujer la violencia que sufras sea más estructural, cotidiana y salvaje. Un feminismo que recupere la estructura es necesario, porque sin estructura las identidades que reivindica parecen caprichos, y la derecha lleva años tratando de que lo parezcan. Un frente que separe la igualdad de esa realidad concreta tendrá serios problemas para movilizar a quienes llevan tiempo esperando que alguien les hable en lugar de pedirles que voten para defender las vidas de otros.
Me atrevo a decir aquí que los hombres jóvenes que han migrado a Vox o que directamente no votan son el sector sobre el que más se ha escrito y peor se ha pensado
El segundo mínimo exigible tiene que ver con nombrar al enemigo correcto. Me atrevo a decir aquí que los hombres jóvenes que han migrado a Vox o que directamente no votan son el sector sobre el que más se ha escrito y peor se ha pensado, siendo que no es, como antes explicaba, el que más debe preocupar demoscópicamente. Lo que sin duda podemos identificar con claridad es una crisis de representación entre hombres jóvenes de izquierda. Aunque muchas son las causas reconocibles de esta crisis —más igualdad económica entre géneros, nuevas formas de desigualdad de clase, nuevas economías, nuevas fronteras, nuevas identidades—, son demasiadas las veces que esta crisis se ha equiparado con la percepción del feminismo institucional como un ataque directo a su estatus o una criminalización de su identidad. Ese diagnóstico hay que tomárselo en serio, pero tomárselo en serio significa entender que hay una operación política en curso cuya rentabilidad depende de que los hombres jóvenes precarios crean que sus problemas los ha causado el feminismo y no el mercado de la vivienda, la temporalidad laboral o la destrucción sistemática de los servicios públicos. Los jóvenes perciben que el Estado ya no les protege de los riesgos globales —guerra, clima, crisis, precariedad—, por lo que optan por la seguridad del discurso de soberanía y fronteras. Vox les ofrece un enemigo manejable —las feministas, los migrantes, la ideología de género— con la ventaja adicional de que ese enemigo nunca podrá desmentirles porque no es el responsable de nada de lo que les pasa.
El feminismo materialista sirve también aquí, aunque nadie lo llame así en un mitin (desgraciadamente en mi opinión, claro; las redes han conseguido que los discursos políticos sean cada vez más reelsiables y menos complejos). Cuando Federici explica que el trabajo reproductivo es el trabajo que hace posible todo el trabajo remunerado, está diciendo algo que un hombre joven que vive con su madre porque no puede pagar un alquiler puede entender sin necesidad de formación ni querencia feminista ninguna: hay una economía construida sobre trabajo que no se paga, que eso beneficia al mismo sistema que tampoco le paga bien a él, y que la disputa real transcurre entre quienes producen valor y quienes lo extraen. Un hombre joven que no puede pagar el alquiler tiene exactamente el mismo adversario que una mujer joven que cobra menos que él en el mismo puesto. El feminismo no le ha quitado nada. El mercado, en cambio, les ha quitado a los dos la posibilidad de imaginarse el futuro.
El tercer mínimo tiene que ver con no dar por hecha la lealtad de quien más ha perdido. Las mujeres del baby boom, aquellas que tienen entre 45 y 65 años, que crecieron en la Transición, que pelearon por el divorcio y por el aborto y por la ley de violencia de género, para quienes el feminismo fue durante décadas una herramienta de supervivencia antes que una identidad política, son el sostén electoral más sólido que tiene la izquierda en este momento y el que con más comodidad se da por descontado. En el voto femenino, el PSOE sube hasta el 32% mientras que Vox apenas alcanza el 17%. Ese es el suelo. Y ese suelo está en el PSOE, no a su izquierda, lo cual debería producir cierta incomodidad en quienes diseñan el frente desde la comodidad de asumir que estas mujeres no tienen adónde ir.
El mínimo exigible aquí tiene otra textura, que recubre la posibilidad de no perder por exceso de autocomplacencia lo que ya se tiene. Estas mujeres son el resultado de décadas de políticas feministas de Estado que les cambiaron la vida de manera concreta y medible, y lo que esperan de un frente amplio tiene bastante poco que ver con los debates sobre siglas o liderazgos, sino con demostrar que el feminismo como política pública —las casas de acogida, cerrar la brecha salarial, hacer de la corresponsabilidad un servicio público que funcione como la sanidad o la educación, que nuestros derechos, como sucedió con el divorcio o el aborto, se reconozcan también en la justicia— sigue siendo el eje y no el adorno del programa. El feminismo que ellas reconocen se mide en presupuestos y en leyes. El feminismo al que apunta esta generación y que permitió que existiera un Feministerio es un feminismo que sirve para la transformación de un Estado, no solo para ponerle un lazo morado al balcón de turno.
¿Puede un frente trasladar mínimos distintos a estos tres sectores sin romperse en el intento? La respuesta depende de si es capaz de construirlos desde el mismo núcleo, porque lo que une a las mujeres jóvenes que ya están en la izquierda, a los hombres jóvenes que se han ido a Vox por razones que tienen poco que ver con el antifeminismo aunque lo parezcan, y a las mujeres de cuarenta y cinco años que sostienen al PSOE con su voto, no es una identidad compartida ni un relato común de la historia sino un mismo adversario. Un modelo económico que hace imposible la vida independiente, que expulsa a los jóvenes del mercado de la vivienda, que precariza el empleo, desmantela los servicios públicos y después canaliza la rabia resultante hacia las mujeres, los migrantes y los débiles en lugar de hacia quienes han tomado las decisiones que han producido todo ese daño. Vox ha llegado donde ha llegado porque ese modelo necesita una cortina de humo, y ellos se han ofrecido a serla con mucho entusiasmo.
El feminismo materialista —el que nos permite preguntarnos quién accede o hace qué trabajos, quién los cobra y quién acumula el beneficio— tiene el instrumental para explicar por qué el mismo sistema que precariza a los hombres jóvenes también da palizas a las mujeres trans, mata a otras en sus casas, premia los cuerpos normativos y los expulsa del mercado laboral en cuanto tienen hijos y convierte el cuidado en trabajo invisible que sostiene todo lo demás. Planteaba en el anterior texto que cuando comunistas, fuerzas nacionalistas, izquierdas sociales y feminismos han concurrido de la mano, ha existido una España alternativa a la reacción ultra. Lo que añado ahora es que para que esa concurrencia produzca algo más que una papeleta compartida y un comunicado de responsabilidad firmado en Viernes Santo, hace falta saber a quién se le habla, con qué argumento y desde qué diagnóstico de por qué la vida de la gente es como es.
Los mínimos exigibles son pues tres: movilizar a quien ya está pero no vota, hablarle del enemigo correcto a quien se ha ido a buscarlo donde no está, y ganarse de nuevo la confianza de quien más tiene que perder. El frente que entienda eso puede construir algo que dure más que la campaña. El que elija entre esos sectores según quién le resulte más cómodo ya ha tomado una decisión, aunque todavía no lo sepa.
Lo demás son siglas.
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Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.
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