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El debate de investidura

Sánchez medirá su discurso de investidura para hacer posible el primer Gobierno de coalición de izquierdas desde la República

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“Los españoles quieren que el PSOE gobierne y lidere el país en los próximos cuatro años. ¡Hemos ganado las elecciones y vamos a gobernar España!”, proclamó un Pedro Sánchez exultante ante miles de seguidores desde un andamio instalado a las puertas de la sede del PSOE en la noche electoral del 28 de abril. Un gobierno, añadió, para avanzar en justicia social, acabar con la desigualdad, liquidar la “crispación territorial”, apostar por la convivencia y la concordia y matar la corrupción.

Acababa de de pasar de 82 a 123 diputados, del segundo puesto al primero, duplicaba en escaños a la segunda fuerza, el PP, el riesgo de una mayoría integrada por el trío de Colón se había desvanecido y la hipótesis de una investidura apoyada por PSOE, Unidas Podemos (UP) y el PNV y facilitada por los partidos independentistas se abrió paso en todas las portadas.

La formación de Pablo Iglesias había perdido 29 escaños —tiene 42— pero el resultado, como se ocupó de subrayar esa misma noche su líder, era “suficiente” para cumplir los objetivos fijados: “Somos una fuerza política imprescindible para que haya un Gobierno de izquierda en España”. Esa misma noche llamó a Sánchez para felicitarle y comunicarle su voluntad “de formar Gobierno”.

Para entonces, el presidente en funciones ya había avanzado su deseo de seguir gobernando en solitario e Iglesias había planteado que, esta vez, Unidas Podemos quería entrar en un Gobierno de coalición. “Nos hemos puesto de acuerdo es que vamos a trabajar para ponernos de acuerdo”, declaró Iglesias el 7 de mayo, después de la primera entrevista que celebraron tras las elecciones.

Tres meses después, y con una triple convocatoria electoral —europea, municipal y autonómica— por medio en la que el PSOE reafirmó su fortaleza en las urnas y Unidas Podemos sufrió un serio retroceso, el acuerdo que todo el mundo daba por hecho entre las principales fuerzas políticas de la izquierda española a punto ha estado de descarrilar.

Si esa posibilidad sigue viva es gracias a la decisión de Sánchez de aceptar que el formato del nuevo Ejecutivo sea un gobierno de coalición y a la de Pablo Iglesias de renunciar a estar presente en el nuevo Gobierno, tal y como le exigía el candidato socialista.

Poco o nada se sabe de la marcha de las negociaciones, que ambas partes tratan de proteger bajo un manto de silencio, pero a la hora de redactar esta información nada sugiere que cuando Sánchez suba a la tribunal del Congreso (a las 12:00 horas de este lunes) el pacto esté cerrado.

El límite temporal vence el jueves, en la segunda y definitiva votación, cuando la investidura dependa únicamente de que Sánchez obtenga más votos a favor que en contra. En la primera votación, prevista para el martes por la tarde, los votos de UP no servirán de nada al PSOE porque su líder necesita mayoría absoluta y le faltarán —previsiblemente—tres para conseguirla.

Así que Sánchez está obligado a medir con cuidado su discurso si quiere culminar con éxito la formación del que sería el primer Gobierno de coalición de izquierdas que se constituye en España desde los tiempos de la II República. En primer lugar, necesita visibilizar la viabilidad del acuerdo con Unidas Podemos, en términos de propuestas programáticas y de la formación de un Gobierno compartido. En segundo lugar, no puede permitirse enviar ningún mensaje que haga imposible la abstención de Esquerra, que la voluntad de PP y Ciudadanos de votar ‘no’ ha hecho imprescindible, pero dejando claro que su única oferta es solucionar el conflicto catalán desde el diálogo y la política pero dentro de la Constitución: no habrá referéndum de autodeterminación. Y, en tercer lugar, dejando abierta la puerta a la derecha —pero no a Vox— para que acepte participar en los pactos de Estado pendientes, entre los que se cuentan la aprobación de una nueva ley educativa o el blindaje de las pensiones.

El candidato socialista sabe que Pablo Casado y Albert Rivera no van a dar su brazo a torcer y votarán ‘no’ a su reelección como presidente, pero no desaprovechará la oportunidad de reprocharles lo que él considera una dejación de responsabilidades por no facilitar su investidura y dejar que dependa de la abstención de los independentistas.

La victoria socialista del 28 de abril nació de una situación insostenible: el fracaso a la hora de tejer una mayoría suficiente para sacar adelante los presupuestos, tumbados en el Congreso por la oposición combinada de la derecha —PP y Cs— y del independentismo. Eso ocurrió en febrero y, desde entonces, la política española permanece en un limbo que Sánchez se propone romper, pero para lo que no le basta con el apoyo de Unidas Podemos, necesita la complicidad de la derecha o de los independentistas.

Cinco entrevistas

Desde la noche electoral del 28 de abril, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se han visto al menos en cinco ocasiones, tres de ellas con convocatoria pública y dos lejos de los focos de la prensa. Y han conversado o intercambiado mensajes en muchas más ocasiones. Este lunes volverán a tener ocasión de debatir, pero esta vez en público, con luz y taquígrafos, desde la tribuna del Congreso y a la vista de los ciudadanos y de los demás líderes políticos.

El objetivo de Iglesias fue el mismo desde antes de las elecciones hasta ahora: un gobierno de coalición PSOE-UP con participación de miembros de su formación en el Consejo de Ministros decididos por Unidas Podemos. Una propuesta blindada ahora por la decisión de los militantes en la consulta realizada la última semana.

El líder de UP no cedió en la demanda del gobierno de coalición, pero sí se echó a un lado a petición de Sánchez. Y se ha esforzado en rebatir los obstáculos que el PSOE ha ido poniendo para aceptarlo: se comprometió a someterse, por escrito si hacía falta, a respetar el liderazgo del presidente en temas de Estado como el conflicto territorial catalán e incluso se mostró dispuesto a tener una representación menor en el Ejecutivo de la que le correspondería por los resultados del 28 de abril, así como a renunciar a los llamados ministerios de Estado (Defensa, Exteriores, Interior y Justicia).

El candidato socialista, que tras de las elecciones —especialmente después de que UP se desinflara en las municipales y autonómicas de mayo— defendía un Gobierno socialista monocolor y un pacto de legislatura con Unidas Podemos que le facilitase la investidura a cambio de implementar muchas de sus propuestas, ha ido cediendo a lo largo de estos meses. Primero ofreció la entrada en el Gobierno de independientes de la órbita de Unidas Podemos. Después aceptó la coalición que le pedía su socio preferente, pero con una condición que sintetizaba todas las reservas de Sánchez a compartir gobierno: que Iglesias no formase parte del Ejecutivo y que los miembros de su partido que sí entren en el Consejo de Ministros tengan perfiles profesionales ajustados a los ministerios de los que se vayan hacer cargo.

La desconfianza mutua, que siempre ha existido entre Sánchez e Iglesias pese a la relación política cordial que han sido capaces de tejer en el último año, en vez de desaparecer se ha multiplicado en las últimas semanas. De modo que ahora, de fraguar el acuerdo de coalición, están obligados a disiparla si no quieren que se convierta en una bomba de relojería para el nuevo gobierno.

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El discurso que Sánchez pronunciará este lunes en el pleno de la Cámara Baja a partir del mediodía será una síntesis de su programa electoral organizado en torno a cinco epígrafes: empleo digno y pensiones justas; feminismo y lucha contra la desigualdad social; emergencia climática y transición ecológica; avance tecnológico y transición digital, y modelo territorial y europeo. A través de ellos combinará la mayor parte de los compromisos presupuestarios pactados el año pasado con Unidas Podemos, ofertas de pactos de Estado a todos los grupos —incluida la derecha— en materia de educación, pensiones o financiación autonómica y llamamientos al diálogo dentro de la Constitución para resolver el conflicto catalán con más autogobierno. El documento base de su oferta para cuatro años fue aprobado el jueves por la Ejecutiva Federal del PSOE y puede consultarse aquí.

Más allá de Unidas Podemos, los principales argumentos de Sánchez tienen que ver con el resultado el 28 de abril y con el hecho de que la suya es la única candidatura viable a la Presidencia. Es un mensaje dirigido, sobre todo, a Casado y Rivera, que de momento no han dado muestras de estar dispuestos a abstenerse para facilitar su reelección, pero también a Iglesias mientras no haya acuerdo de Gobierno.

Para ganar la investidura, Sánchez necesitará no sólo que UP le apoye sino que alguien se abstenga. Y si PP y Cs no lo hacen, ese contribución sólo la puede hacer el independentismo: Esquerra (14 votos), Junts (4) o EH Bildu (4), siempre que PNV (6), PRC (1) y Compromís (1) voten a favor.

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