No nos ha dado un ataque de romanticismo, pero casi. Este verano en el número especial de TintaLibre las que escriben son mujeres desde la portada hasta la última letra, y a la veintena de autoras, les hemos pedido que relataran y dibujaran, que nos contaran en resumen sus amores tormentosos. Y nadie, y esos hemos conseguido, se pone de perfil, ni escatima recuerdos, ni escenas, ni tampoco heridas.
Paula Bonet, en la portada, representa ese sueño febril entre sábanas revueltas en el que no sabemos nunca donde acaba el placer y empieza el sufrimiento. Es el amor, ya, y se puede contar de mil maneras distintas. Queríamos jugar entre la portada y la contraportada y Flavita Banana, se marca un relato crudo acompañado de viñeta que se llama, ahí queda eso, Malratadores (no hay errata).
Dentro, en las páginas, en las arterias de corazones a menudo rotos, el desfile se inaugura con Cristina Araújo Gámir que suelta la primera andanada: “Ella ya es un manifiesto somático de la rabia: la cara le arde como la lava, como una piedra de calentar carne en láminas, tiene los ojos brillantes de enfermedad victoriana, y manos que agita, dientes que aprieta, mechones de pelo que rastrilla hacia atrás sin necesidad”. Estamos en el escenario. Sara Barquinero aborda los amores confusos y atropellados, a veces colocados, con sus fantasías que juegan al amor verdadero y pasan como los apartamentos compartidos y los taxis de madrugada por la ciudad. Laura Calçada Barres se refugia en el gran escenario operístico, en una escapada a las islas griegas, hurga en el libreto de Ariadna para dar rienda suelta a las pasiones y las turbulencias de las voces (y las mentiras) que rompen ante el Egeo. Najat El Hachmi pone su foco en el cuerpo, en las cicatrices de esos cuerpos operados, de esas tetas de silicona en los que la autora halla la frialdad de un cadáver. Se llama, lo suyo, Olvidar la piel.
Pero también hay humor, el humor desenfrenado e irreverente con el que Andrea Genovart, en Un fuerte aplauso para ellos, puede llegar a decir sin ningún tipo de resentimiento: “Todo el largo listado de penes adosados a un cuerpo que tuve la desdicha de conocer comparte una serie de cualidades innatas: un lloriqueo por el anhelo de la figura materna equivalente a los gritos de un cerdo cuando es sacrificado, una aburrida insistencia en venderse como seres excepcionales que no se excitan con las tetas operadas y sí con la belleza natural paliducha, un consumo fetichista por un porno muy concreto que roza lo delictivo”.
La historia de Amanda Mauri, Tres veces adiós, es teatral, un ensayo, un teatro en el que la verdad y la interpretación se confunden como tantas veces en la vida sentimental. Una historia de las que duelen. Nada que ver con la desacomplejada y risueña incursión de Luna Miguel en los lances eróticos e intelectuales con que la autora nos conduce a la Rumanía profunda de un Congreso en busca de Cioran, filósofo de la pesadumbre. Y qué decir de la rebeldía siempre poderosa y afilada de Cristina Morales que nos regala esta vez un descacharrante karaoke con horchata en una terraza de pueblo y de verano de toda la vida donde ustedes pueden escuchar al mismo tiempo a Umberto Tozzi y a Iggy Pop.
Más ensayística se pone Lara Moreno en Los amores del río de la luna al situar en el centro de su texto y del tema que nos ocupa esta reflexión: “El consentimiento es la verdadera revolución social del siglo XXI, la electricidad que debería atravesar nuestros tormentos, nuestros amores, nuestra airada diversión, la deliciosa saliva que ha de cubrir nuestra piel cuando la fiebre y abrigar nuestros huesos bajo el frío”.
Nada que ver, o poco que ver, con esa cita a ciegas de Anna Mur en las bamabalinas del rock y de la fama, en los escenarios de la adoración y la mentira, en los pies y los sexos de barro (o plastilina) de esos héroes desenmascarados que hacen canciones de amor y logran que sus fans les sigan por el mundo y los moteles. Lean, por favor, Lo mejor que tiene mi marido está en sus discos.
Volvemos a la cicatriz con Marina Perezagua que sitúa su relato en los refugios de la guerra de Ucrania, en un quirófano de luz vacilante, en un escenario de miembros amputados, donde también, sí, puede surgir la pasión erótica, en ese sublime ordinario al que se refiere la escritora.
Ver másEl periodismo sigue vivo, la IA acecha, en TintaLibre de junio
Un cuchillo y la sangre, una tentación (y muchos cuernos), señalan la peripecia de Como una piedra agujerea el agua, de Llucia Ramis. Hay violencia, pero también pasión o nostalgia de la pasión. Lucía Solla Sobral, busca en La perturbadora normalidad, como suele, los recovecos del maltrato con una clarividencia que a veces hipnotiza y que casi siempre duele. Hay pelos y señales. “Cuando te quieres dar cuenta hay nombres que no vuelves a decir en voz alta, ropa que ha quedado en el fondo del armario y todo tu dinero está en la cuenta común”.
Candela Sierra desmonta en su cómic Real Ideal las noches y los ligues de una generación muy perdida y se interna en los espejos falsos de las relaciones en red y sin red. Tormentosos, y muchos, son también los sarpullidos (de la sífilis) de Camões en el ensayo que le dedica Isabel Soler donde nos muestra a un poeta laureado y pendenciero, también lo son los desafectos y migrañas de Zenobia Camprubí con Juan Ramón Jiménez que nos actualiza Laia Arcusa o incluso la diabólica influencia en los amantes de la moda que sigue ejerciendo Anne Wintour desde un trono donde todos aspiran a vestirse de Prada. Lo cuenta Paloma Rando.
Disfruten de la lectura, del amor y también, en lo posible, de la tormenta.
No nos ha dado un ataque de romanticismo, pero casi. Este verano en el número especial de TintaLibre las que escriben son mujeres desde la portada hasta la última letra, y a la veintena de autoras, les hemos pedido que relataran y dibujaran, que nos contaran en resumen sus amores tormentosos. Y nadie, y esos hemos conseguido, se pone de perfil, ni escatima recuerdos, ni escenas, ni tampoco heridas.