A pesar de sus nombres de pastor griego (Poliestireno, Fenoplasto, Polivinilo, Polietileno), el plástico […] es esencialmente una sustancia alquímica, […] la idea misma de la transformación infinita. […] Puede formar cubos tanto como alhajas. Esta es la razón del perpetuo asombro […] ante las relaciones que descubre entre lo singular del origen y lo plural de los efectos. […] En el orden poético de las sustancias, el plástico consta como un material ignominioso, perdido entre la efusividad de la goma y la simple dureza del metal”. La cita nos la presta Roland Barthes, célebre teórico del arte y la literatura, y está tomada de un artículo escrito tras la visita a una exposición de polímeros. La muestra, según deduzco, no tenía pretensiones artísticas, sino petroquímicas. No importa, los nuevos materiales (por pedestre que sea su exhibición) siempre han fascinado a artistas y adláteres.
Bien mirada, la Historia del Arte es una sucesión de afanes por la novedad. Tan pronto los arquitectos medievales se las ingeniaron para elevar las techumbres y clarear las catedrales, el invento correteó por toda Europa. Desde el Quattrocento, no ha habido pintor que no esté pendiente a los avances de la química (créanme, la síntesis de pigmentos y las innovaciones en aglutinantes son responsables de más avances que la cacareada genialidad) y los artistas de la Modernidad se entregaron con devoción a los prodigios de la óptica y a las maravillas de los espejos (si tienen curiosidad, lean sobre la cámara lúcida –un ingenio que permite enfocar la imagen directamente sobre el soporte pictórico con muchísimo detalle– o el espejo de Claude). Ni que decir tiene que la irrupción de las primeras técnicas protofotográficas (el daguerrotipo, la cámara oscura con placas embetunadas, etcétera) no solo terminaron por instaurar una nueva disciplina, sino que el modo de operar de las dichosas maquinitas cambiaría para siempre el curso de las ya existentes. El objetivo de la cámara tan solo enfoca un área de la imagen, mientras que el resto queda emborronado: el mundo ya no volvería a retratarse con la nitidez ubicua de la pintura clásica.
Siendo que el petróleo es tan fértil en sus derivaciones, no es de extrañar que los practicantes de las Bellas Artes hayan encontrado mil y un empleos al mentado plastiquete. Uno de los más extendidos es, seguramente, la pintura acrílica, que surgió como alternativa al óleo y que, por decirlo en pocas palabras, se logra sustituyendo los emulsionantes tradicionales (huevo para el temple, aceite para el óleo) por un polímero. Seca más rápido, aguanta bien a la intemperie, puede aplicarse sobre muchos más soportes (cartón, papel, metal), promete durabilidad y, como se disuelve en agua, el usuario evita los intoxicantes (aunque embriagadores) vapores de la trementina. Como imaginarán, los botes de espray no están rellenos de acuarela, ni las tintas de serigrafía con las que Warhol se hartó de hacer Marilynes. Por citar algunos, están hechos con acrílico los cuadros comiqueros de Roy Lichtenstein, los muñecotes malpintados de Basquiat (no es un reproche, es que a ese movimiento se le llamó bad painting), los garabatos de Cy Twombly, las piscinas de David Hockney, las antropometrías de Yves Klein o los coloridos monigotes de Keith Haring.
Pero la pintura no ha sido la única disciplina venerable que se ha rendido a las novedades del polímero. Los escultores, hartos de los martillazos y los calores de la fundición, vieron en las resinas sintéticas y en la silicona un mundo de posibilidades gomosas, de facilidades técnicas y de inquietantes semejanzas con la carne. Ahí están los muchos avatares de sí mismo que Maurizio Cattelan ha ido desperdigando por el mundo, las perturbadoras creaciones de Paul McCarthy o los insustanciales (y carisísimos) juguetitos de Jeff Koons. (Todo ello, claro, sin contar cómo el diversificado mercado de los sintéticos ha ayudado a facilitar procesos –como los vaciados– que antes debían hacerse empleando cera o escayola)
Como los artistas, mal que se piense, no viven refugiados en sus torres de marfil, sino insertos en las precariedades del mundo, es sensato aceptar que trabajen con lo que les quede a la mano. Confieso que, antes de sentarme a escribir este artículo, nunca me había dado por pensar cuántas obras habré visto en el último lustro. No solo es que el arte digital haya conseguido materializarse gracias a la impresión con bobinas de filamento (el célebre 3D), o que artistas aficionados al merchandising como Kaws encontrasen el cielo abierto a la hora de producir miríadas de coleccionables; también es probable que los artistas que, por ejemplo, trabajen con objetos encontrados (el famoso objet trouvé) acaben hallando cachivaches que –de no ser salvados en pro de la creatividad– acabarían recalando en el contenedor amarillo.
Siguiendo con los grandes nombres, puede que conozcan la célebre montaña de caramelos de Félix González-Torres: apiladas en un rincón, el celofán que los envuelve brilla con un atractivo irresistible. La obra se compone de setenta y nueve kilos de golosinas (ni uno más, ni uno menos), un peso que se corresponde con el de Ross Laycock, pareja del artista, que falleció a causa de complicaciones derivadas del SIDA cinco años antes de que el propio González-Torres sufriese el mismo destino. La propuesta es sencilla y efectiva: el público, que va sisando los dulcecitos, desgasta –como haría una enfermedad– ese cuerpo metafórico hasta, finalmente, dejarlo en nada.
Las relaciones entre lo plástico y lo orgánico han tenido encontronazos más literales, como el propiciado por la performer francesa Orlan, muy aficionada a las modificaciones corporales y único ser humano hasta la fecha capaz de convertir un procedimiento quirúrgico (“póngame usted un cuerno encima de la ceja, doctor”) en un acontecimiento artístico. No es un circunloquio: sus andanzas en el quirófano han sido filmadas o, directamente, retransmitidas en vivo para que pudiesen seguirse cómodamente desde alguna institución cultural.
Pero regresando a los envoltorios, conviene mencionar a los más hábiles empaquetadores que en el mundo han sido: el binomio Christo y Jeanne-Claude. Les sonará, son los que empaquetaron el parisino Arco del Triunfo (que, entre nosotros, queda mejor velado que al natural y es la portada de este suplemento). Aunque el procedimiento pueda parecer pedestre (colocar una lona de nylon y poliéster encima de tal o cual monumento o paraje, maniobra que requiere un batallón de ingenieros y permisos), los resultados fueron admirables: cubiertos como los muebles de una casa abandonada, los edificios más poderosos adquieren un aspecto inofensivo; el ornamento se oculta entre los vértices por los que se pliega la tela y el parlamento más imponente o el puente más icónico adquieren un aire desvalido, entre vendado y precario, como si lo hubiesen preparado para que alguna empresa de mudanzas lo retirase sin mayores miramientos. Particularmente hermosas me parecen sus intervenciones en la naturaleza. En 1972 desplegaron una cortina de trece mil metros cuadrados que cerraba un valle del Estado de Colorado. Las imágenes son prodigiosas: al final de una carretera estatal que serpentea innecesariamente, un bloque de color naranja anula el paisaje (imaginen cómo debían chirriar los cables que soportaban aquella colosal estructura con la más mínima brisilla). También, aquella vez que taparon un pedazo de la costa australiana: tras la colosal sábana blanca y grisácea, los riscos parecen amortajados. Por las fotos, casi se diría que la naturaleza es atrezo.
Lo dice Barthes justo al final del texto que citábamos al principio: “La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida, una sola las remplaza a todas: el mundo puede ser plastificado”.
*Joaquín Jesús Sánchez es crítico de arte y columnista.
A pesar de sus nombres de pastor griego (Poliestireno, Fenoplasto, Polivinilo, Polietileno), el plástico […] es esencialmente una sustancia alquímica, […] la idea misma de la transformación infinita. […] Puede formar cubos tanto como alhajas. Esta es la razón del perpetuo asombro […] ante las relaciones que descubre entre lo singular del origen y lo plural de los efectos. […] En el orden poético de las sustancias, el plástico consta como un material ignominioso, perdido entre la efusividad de la goma y la simple dureza del metal”. La cita nos la presta Roland Barthes, célebre teórico del arte y la literatura, y está tomada de un artículo escrito tras la visita a una exposición de polímeros. La muestra, según deduzco, no tenía pretensiones artísticas, sino petroquímicas. No importa, los nuevos materiales (por pedestre que sea su exhibición) siempre han fascinado a artistas y adláteres.