Tenía siete u ocho años cuando tuve el accidente. Vivíamos en Las Palmas y recuerdo bien aquella época: una ciudad amable, siempre hacía buen tiempo y callejeábamos mucho. Además, mi casa estaba a pocas calles de dos playas. Las Canteras, a la que íbamos los fines de semana en familia, y Las Alcaravaneras, más cercana, algo más pequeña y algo más sucia, pero perfecta para un chapuzón rápido entre semana. Imagino que, para mi madre, esa playita era una solución ideal cuando su pequeño ejército de mocosos se volvía insoportable: bastaban unas toallas, un vestido o camisetas y pantalones, el bañador y unas chanclas.
Un día –no recuerdo si era verano, primavera u otoño– fuimos mis hermanos y yo con unos cuantos niños más. Seríamos una decena de futuros boomers y no había ningún adulto vigilando de cerca: para eso estaban los hermanos mayores. Yo, que era de las de en medio, nunca tuve esa responsabilidad ni recibí la atención dedicada a los más pequeños. Generalmente, iba a mi bola. Aquella era una ocasión festiva, así que nos pertrechamos con colchonetas, bocadillos, cubos, palas y todo tipo de trastos. Yo llevaba nuestro flotador favorito: un dónut azul brillante del que emergía la cabeza sonriente de una foca. Tirarse al agua con él no era tanto una medida de seguridad como un pasaporte a la aventura. Aquella foca brillaba más que ningún otro flotador en la playa.
Al regresar a casa, quemados por el sol y con arena hasta la coronilla, teníamos que cruzar un paso de cebra. Los niños teníamos instrucciones claras para ese trámite: estira el brazo, mira al conductor, los coches paran. Y funcionaba. Pero aquella tarde, tras cruzar delante del primer coche que se detuvo, yo seguí caminando sin mirar. Un seiscientos me llevó por delante.
Tras el impacto, salí despedida varios metros. No hubo tiempo para pensar nada. Según cuentan, describí un arco tan acrobático como ridículo en el aire, en el que perdí el flotador, las chanclas y la dignidad. Y antes de que los demás llegaran hasta mí, el conductor salió del coche y, sin mediar palabra, me metió dentro y me llevó directamente a un hospital. Mi hermana mayor solo tuvo tiempo de memorizar la matrícula: yo desaparecí entre el tráfico, dentro de aquel seiscientos.
El conductor –eso lo supe después– era un joven de unos veinte años, voluntario de la Cruz Roja. Entre el susto y el instinto inmediato, no se paró a pensar quién era yo ni con quién iba. Y yo, al bajar aturdida del coche, solo podía pensar una cosa: voy descalza. Así recorrí los pasillos que llevaban a las salas de rayos, camillas y despachos llenos de caras extrañas. Al final dictaminaron que había tenido mucha suerte: el flotador que llevaba colgado del hombro había amortiguado el golpe. Volví a casa solo con un moratón en la cadera, pero también con la incómoda sensación de que ir sin chanclas por el mundo era parecido a ir desnuda.
Cuento todo esto porque es de justicia reivindicar un calzado tan singular. Para mí, las chanclas –o las cholas, siempre “de dedo”– no son solo un trozo de goma con una tira de plástico en forma de Y. Son un objeto de culto y de deseo. Una promesa de libertad: la primera, porque no admiten calcetines; la segunda, porque están ligadas al agua. Completan la experiencia de la playa o de la piscina, huelen a cloro y a salitre, no arrastran la arena. Son de plástico, y eso las hace democráticas.
Las chanclas no abrigan ni estilizan, tampoco visten como otros calzados veraniegos. Pero sí visten los gestos, las costumbres y, sobre todo, los sonidos. Y ahí dicen mucho. El flip flop es su firma sonora. Un sonido menor, repetitivo, casi infantil, que no pretende imponerse. No es el tacón que reclama atención ni la suela deportiva que anuncia rendimiento. El flip flop es el ruido de quien no tiene prisa, de quien no va a ninguna parte importante o, mejor aún, de quien ya está donde quería estar. Hay días en los que salir a la calle con chanclas es como firmar un manifiesto íntimo: hoy no.
Siempre me ha fascinado que ese sonido tenga algo de onomatopeya universal. Da igual el idioma, el país o la edad: el flip flop se reconoce en todas partes. Marca el ritmo del verano. El sonido del pasillo de casa cuando no hay colegio. El eco de la piscina municipal. El ruido que hacen los adultos cuando, por unas horas, se permiten comportarse como niños grandes. Tiene la cadencia de la despreocupación, de los pasos que no van a ningún sitio urgente. No corre y no llega tarde. Caminar con chanclas es aceptar que el cuerpo va primero y que el mundo puede esperar.
El lenguaje, en nuestra biografía emocional, también hace sus propios malabarismos. La palabra chancletazo consiguió transformar un objeto blando en una amenaza creíble. No hacía falta que volara: bastaba con pronunciarla. El chancletazo pertenece a esa pedagogía doméstica de otros tiempos, cuando la autoridad se improvisaba con lo que hubiera a mano y una chancla levantada bastaba para marcar el territorio. Era una espada modesta, de goma, que señalaba la frontera exacta entre el juego y el “se acabó el cachondeo”. Hoy nos hace gracia y da lugar a memes, pero durante años funcionó como un sistema eficaz de orden transmitido con humor, miedo y una dosis variable de cariño. Un poder blando, casi siempre materno, que sabía que la amenaza era más efectiva que el impacto. Su vuelo también tenía su propia seña de identidad, con un reconocible silbido antes de perder toda su épica.
De tanto uso a veces también se rompían. Y no había mayor traición que esa: la tira central cediendo de golpe, dejándote con la suela colgando, inútil, como una lengua de plástico. Ahí aprendíamos pronto que la vida exige soluciones creativas: un nudo imposible, un imperdible, cinta aislante o, si no, caminar arrastrando el pie, como si hubieras envejecido de repente diez años. Las chanclas solo se rompen de tanto vivir. No de poco. En un mundo obsesionado con la optimización, son una anomalía encantadora. No sujetan bien, no elevan, no sirven para todo. Pero permiten algo cada vez más raro: caminar sin objetivo, hacer ruido sin molestar, estar sin representar. Quizá por eso resisten a las modas, a los discursos, incluso al desprecio. Nunca han aspirado a ser otra cosa que poner lo justo entre el cuerpo y el suelo.
También tienen memoria corporal. Se deforman según tu manera de pisar. Con el tiempo, reconoces las tuyas sin mirar: el arco hundido, la huella del dedo gordo, ese desgaste asimétrico que nadie más tiene. Son casi un molde íntimo, un archivo del cuerpo. Un objeto que sabe de ti más de lo que tú mismo recuerdas. Quizá por eso cuesta tirarlas. Aunque estén feas o tengan la suela comida, las guardamos en un rincón, como si supiéramos que un día volverán a ser necesarias. O simplemente porque nos da pena despedirnos de algo que nos acompañó sin exigir nada a cambio.
Es, además, un calzado que envejece con nosotros. Al principio es omnipresente y luego desaparece un poco. Lo sustituimos por otros que prometen más cosas: estatus, protección, corrección, estilo. Y más tarde, cuando el cuerpo empieza a exigir comodidad sin negociación, las chanclas vuelven. Ya no como símbolo de libertad, sino como necesidad. El círculo se cierra sin dramatismo.
La historia de las chanclas modernas es también una historia de viajes, apropiaciones y transformaciones culturales. Las flip flops, como hoy las conocemos, se popularizaron tras la Segunda Guerra Mundial, cuando soldados estadounidenses descubrieron en Japón las zori, sandalias tradicionales que se llevaban con kimono y calcetines. Mostrar los pies, entonces, no era banal: tenía que ver con la intimidad y el decoro. Aquellas sandalias, hechas con materiales naturales y una lógica distinta, fueron reinterpretadas en Occidente. Primero se llamaron jandals –una contracción de Japan y sandals– y más tarde flip flops, en honor al sonido que producían al caminar.
En 1962, una empresa brasileña empezó a fabricarlas en goma: nacían las Havaianas. El diseño incluía un guiño al origen japonés, con una textura que imitaba la de la paja de arroz en la suela. Al principio solo había dos combinaciones de color. Azul y blanco. Negro y blanco. Cansados de la suela clara, los brasileños empezaron a darles la vuelta para mostrar otras versiones. La marca aprendió del gesto popular y amplió la paleta. La historia de las chanclas es también la historia de escuchar a quien las usa.
Conviene recordar que hubo un tiempo en que el plástico fue sinónimo de acceso, de ligereza, de futuro. Permitía que casi todo el mundo tuviera casi todo. Las chanclas son hijas directas de esa utopía doméstica: dos suelas, una tira y la ilusión de que con eso bastaba. Y durante mucho tiempo, bastó.
*Paloma Leyra es periodista. En 2007 coescribió junto a Javier Krahe el libro ‘JK: Charlas con un vago burlón’ (18 chulos).
Tenía siete u ocho años cuando tuve el accidente. Vivíamos en Las Palmas y recuerdo bien aquella época: una ciudad amable, siempre hacía buen tiempo y callejeábamos mucho. Además, mi casa estaba a pocas calles de dos playas. Las Canteras, a la que íbamos los fines de semana en familia, y Las Alcaravaneras, más cercana, algo más pequeña y algo más sucia, pero perfecta para un chapuzón rápido entre semana. Imagino que, para mi madre, esa playita era una solución ideal cuando su pequeño ejército de mocosos se volvía insoportable: bastaban unas toallas, un vestido o camisetas y pantalones, el bañador y unas chanclas.