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Conciencia y territorio

Daniel Vizoso, pastor en la Serra do Xistral, en Lugo, con su rebaño de ovejas y cabras.

María Sánchez

I

La pandemia ha atravesado nuestros cuerpos. Ha enhebrado miedos y vulnerabilidades en nuestros nervios, pero también nos ha lanzado preguntas y dudas. Fracturas y huecos, viejos y nuevos dolores. En los días de confinamiento, encontré muy acertada la reflexión de la historiadora y activista boliviana Silvia Rivera Cusicanqui acerca del presente que nos tocaba y de los nuevos días que podrían venir dependiendo de qué decisiones tomáramos y qué espacios nos decidiéramos a habitar. Ella habla del término pachakutik para nombrar a esos instantes en los que la tierra tiembla. El temblor se debe a procesos de acumulaciones y conflictos profundos del pasado. Estos temblores terminan convirtiéndose en fractura, provocando siempre catástrofes. Pero en este nuevo estado tras el colapso del pachakutik, se generan nuevos y diferentes espacios, llenos de presentes diversos que contemplan y albergan múltiples opciones y posibilidades. Esta ruptura es también oportunidad de cambio, restauración, regeneración. Un zarandeo a lo establecido y a lo inmutable. Una brecha supone una separación, una distancia, un surco. Pero también, como explica Cusicanqui, puede traernos unos segundos de lucidez, un nuevo camino que transitar y sobre el que reflexionar. En esos instantes de clarividencia, pienso que muchos de nosotros nos hemos reconocido por primera vez como seres vulnerables y dependientes, y nos hemos nombrado, sin miedo, frágiles. Como si nos quitaran una venda, nos hemos dado cuenta de que somos dependientes no solo entre nosotros, sino también con los demás elementos, recursos y seres con los que compartimos territorio. Es esta vereda que se abre donde podemos imaginarnos nuevos presentes y futuros. Plantearnos y cuestionarnos de qué normalidad venimos, qué espacios (tanto urbanos como rurales) queremos habitar, hacia qué nueva normalidad queremos ir, de qué manera, con qué vínculos, de qué formas podemos inventarla, construirla o reimaginarla. ¿Puede ser esta brecha que hoy duele y nos separa un brote que comienza a desperezarse y nos enseña la posibilidad de otros futuros que prioricen la interdependencia y la sostenibilidad en tiempos de emergencia climática? ¿Podría también prepararnos para hacer frente a otro escenario posible en el que podamos vernos inmersos en un futuro impuesto de colapso y catástrofes?

II

La necesidad de tener cerca la naturaleza y la vuelta a nuestros pueblos han llenado informativos, noticias y reportajes. Una ventana más a la que mirábamos desde el interior, encerrados en espacios domésticos en los que, para muchos, especialmente aquellos de las grandes ciudades, la luz, las plantas, animales y árboles quedaban fuera del alcance. Recuerdo el impacto que me produjo el relato de una conocida que vivía en Madrid, cuando me contaba que en el confinamiento había aprendido la hora exacta y los minutos que podría disfrutar del sol en un trocito de pared delimitado dentro de su habitación minúscula en un piso compartido. Esos cinco minutos en los que se recostaba en la pared en una postura concreta y pensada para que le dieran unos rayitos de sol en el rostro fueron decisivos para plantearse una nueva vida lejos de la gran urbe, donde la naturaleza fuera un elemento habitual en su día a día. Ha sido la pandemia esta vez la que ha vuelto a poner el foco sobre el campo y nuestros pueblos de la misma manera, en la misma dirección: de la ciudad al pueblo. Así se perpetúa la misma mirada y el mismo relato que a tantos y tantas nos ha enmarcado en una postal simple y plana donde no es posible apreciar ni conocer nuestra diversidad y realidades. De repente, las necesidades y reivindicaciones venían del mismo lugar: personas de la ciudad que se iban al pueblo y pedían servicios básicos, conexión, tranquilidad, naturaleza, y sí, teletrabajo. Queremos volver a la tierra, pero, ¿no somos conscientes de que ya estamos en ella, de que habitamos la tierra y que quizás deberíamos restaurar y repensar nuestra relación con ella y los demás seres? El confinamiento y el virus, desde las necesidades del relato urbano, volvieron a olvidar y obviar las luchas y necesidades de los habitantes de los medios rurales. Tanto, que las propias leyes por las que se regía el confinamiento estaban hechas por y para las grandes ciudades. También en las aldeas y en los pueblos vivimos un confinamiento urbanocéntrico. Medidas y leyes pensadas para las relaciones, trabajo, desplazamientos y formas de vida urbanas. Porque no eran ellos los que dejaban la ciudad para “volver al campo”. Un campo que ha estado muchas veces cosificado en el imaginario colectivo oscilando entre dos extremos. En uno, la arcadia y sus habitantes se convierten en la cabaña de Walden: un lugar deseado y anhelado donde buscamos desesperadamente la desconexión y el aislamiento, el silencio y la soledad. Donde nos alegramos de perder de vista a todo el mundo y de no saber del otro ni escucharlo. Un oasis donde ni siquiera nos planteamos quién lo habita, qué relaciones e interdependencias se suceden y qué necesidades y conflictos tienen sus habitantes. En el otro extremo, nos convertimos en Las Hurdes, en Puerto Hurraco: somos analfabetos, brutos ignorantes, tontos, viles, malvados, traicioneros, huraños, muertos de hambre, sucios, alimañas, bestias. Por fin, estos escenarios llenos de prejuicios e ideas preconcebidas se están rompiendo, se van quebrando y dejando paso a nuevas narrativas donde podemos sentirnos reconocidos y amparados, un relato que nos escucha y que nos deja al fin hablarnos también a nosotros y contar nuestras historias. Pero siguen quedando restos, ideas, escenarios y políticas donde nuestros medios rurales siguen siendo un territorio que explotar, contaminar, extraer y colonizar. El campo como despensa y como vertedero de las ciudades. Un espacio donde saciar todo lo que la ciudad necesita y tirar todo lo que no quiere. En ese escenario de anhelo y nostalgia se abre un nuevo sendero lleno de preguntas y tareas. ¿Qué medios rurales queremos? ¿De qué manera podemos formar parte? ¿Es posible rehacer esas relaciones entre ciudad y campo y sacarlas más allá de la reducción constante que convierte y relega al medio rural a un mero objeto, recurso y caricatura?

III

En un principio todos estábamos hechos de un mismo aliento. Y seguimos compartiendo átomos y reacciones con un helecho, una piedra, una telaraña, un mirlo, un musgo, un tejón. Hoy releo el discurso de entrada de Miguel Delibes a la RAE. Un texto que fue mal entendido, tildado de polémico y nada académico, en el cual el escritor arremetía contra ese progreso totalitario que arrasaba con nuestros medios rurales, saberes, vínculos y biodiversidad. Casi 50 años después, algunas partes de este discurso son dolorosamente urgentes y actuales. Y pienso en una pregunta hermana de la narrativa del escritor vallisoletano que se hizo el escritor francés Bernard Charbonneau en El jardín de Babilonia, en la década de los sesenta: “¿Acaso los verdaderos muertos no son esos autómatas de un progreso totalitario que embisten hacia delante sin echar siquiera una mirada a lo que dejan tras de sí? Haciendo caso omiso del pasado, ¿cómo pueden planear un futuro?”.

Quizás necesitamos nuevas narrativas sin los dientes ni las marcas del que siempre ha dispuesto y ha escrito el relato que prevalece y domina. Romper esas jerarquías, esa heteronormalidad impuesta y demasiado integrada en las descripciones del campo y sus habitantes, dejar espacio a otras voces, hacer una pausa, mirar hacia atrás. Saber de dónde venimos para saber hacia dónde vamos. Reparar y rehacer el mundo rehaciéndonos a nosotros mismos. Pero me siguen viniendo preguntas. ¿Quién puede acceder a la tierra? ¿Por qué hablamos tanto de teletrabajo y olvidamos el tierratrabajo? ¿Cómo romper con un sistema alimentario hegemónico e hiperextractivista que precariza, contamina y mata? ¿De qué maneras podríamos recoger todos esos nuevos relatos y amplificar la voz? ¿Podremos sentar las bases de nuevas relaciones y simbiosis entre campo y ciudad con otras palabras y lenguajes? ¿Encontraremos un espacio común para una senda inclusiva y universal, ligada a la naturaleza, que sea cobijo para todos y que permita multitud de voces y contextos?

En pleno pachakutik de pandemias, inmediatez e incertidumbres, Greenpeace publicaba un informe en que resaltaba que solo un 16,5% de la población de nuestro país está cuidando del 85% del territorio clave contra la crisis ecológica. Y ese territorio no se encuentra en las ciudades. Continuaban la publicación dando otro dato clave: los municipios rurales contribuyen hasta 34 veces más que los urbanos a mitigar las consecuencias del cambio climático y 20 veces más a mantener la biodiversidad, por lo que necesitan un fortalecimiento urgente, ya que su papel es vital. Nos encontramos en un momento crucial para repensar la relación que tenemos con los territorios que habitamos, y no solo con ellos, sino con los seres (humanos y no humanos) con los que compartimos (y competimos por) recursos y tierra. Nos toca ahora cambiar la mirada, defender lo que nos salva, lo que nos alimenta, lo que nos protege de futuras pandemias como es la biodiversidad. Toca cambiar y romper el relato si queremos sobrevivir.

*María Sánchez (Córdoba, 1989) es veterinaria, poeta y narradora. Entre sus obras más recientes figuran libros como ‘Tierra de mujeres’ (Seix Barral) y ‘Almáciga’ (GeoPlaneta).

*Este artículo está publicado en el número de junio de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquíaquí

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