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Los desafíos de la China del conejo

Manifestante en Hong Kong, el pasado mes de noviembre, muestra su duelo por las víctimas de la política covid 0 en China.

Xulio Ríos

“El árbol preferiría la calma, pero el viento no cesa”, reza una milenaria expresión china. Quizá el presidente Xi Jinping se las prometía muy felices tras la celebración del XX Congreso del Partido Comunista de China (PCCh) el pasado octubre. Entonces, podría decirse que obtuvo una victoria política rotunda. Con su inusual tercer mandato asegurado –y, probablemente, habrá más–, tanto en la definición de su estrategia como en la cohesión política alcanzada en los órganos dirigentes, no hay duda del vigor de su impronta. Y sin embargo, tras la finalización de tan importante cónclave, paradójicamente, se ha instalado en el ambiente un alto nivel de escepticismo respecto al futuro inmediato del país. Quizá por eso, el apelo a la recuperación dela confianza se ha convertido en la principal palabra de orden que emana de sus autoridades.

En China, la principal preocupación política nos remite siempre a la estabilidad. Esta se ha visto empañada por las manifestaciones de noviembre en varias ciudades del país en protesta por las duras restricciones derivadas de la estrategia seguida contra la pandemia, la famosa covid 0. Unas semanas antes, ya el gobierno había dado señales de una cierta moderación de las medidas al uso, conminando a las autoridades locales a ser más flexibles. La movilización social fue rápidamente desactivada, en parte por la actuación policial, pero más aun por el vertiginoso giro de 180 grados en la estrategia pandémica. El repentino y abrupto cambio de discurso ha tenido ya importantes consecuencias sanitarias en forma de explosión de las cadenas de transmisión que se calibrarán adecuadamente en los próximos meses, pero también un alto nivel de desconcierto en la sociedad.

Más allá de razones estrictamente sanitarias, en especial la menor virulencia de las actuales variantes del covid-19, todo parece indicar que la preocupación principal de las autoridades es el estado de la economía, que se ha resentido más de lo deseable en virtud de la política de covid 0. A la reducción del crecimiento (en 2022 quedará bien lejos del objetivo del 5,5 %) se suman las dificultades estructurales derivadas, de una parte, del cambio en el modelo de desarrollo, pero también de las numerosas burbujas (desde la inmobiliaria a la financiera) que exigen sin demora una respuesta. La necesidad de cohesión política urgida por Xi al marginar a otras sensibilidades internas en la dirección del país podría justificarse apelando a lo enérgico de las decisiones a tomar, pero persiste cierta desconfianza respecto tanto a la idoneidad de los elegidos como al hecho mismo de que la ausencia de contrapesos conduzca a la adopción de decisiones precipitadas y hasta erróneas.

El primer trimestre de 2023 nos dará a conocer el nuevo perfil institucional del Partido y del Estado, un proceso que debe culminarse en las macro sesiones parlamentarias de marzo. Se podrá comprobar entonces si las señales emitidas por el XX Congreso se reafirman en la conformación de las instituciones del Estado, especialmente en el gobierno. Li Qiang, el actual número dos del PCCh, debiera convertirse en el sustituto de Li Keqiang pero a diferencia de este su experiencia en el Consejo de Estado es prácticamente nula. Este hecho alimenta también la incertidumbre, que podría reforzarse a la vista del escalafón de viceprimeros ministros y ministras. Si la lealtad prima sobre la competencia, el escepticismo seguirá creciendo.

Retos estratégicos

Existe un claro vínculo entre la transformación de la economía china y los desafíos estratégicos del país. El hilo conductor son las nuevas tecnologías y su mayor concreción, los semiconductores, sector clave dela revolución industrial en ciernes. El año próximo estaremos a punto de hacer un pre-balance del programa Made in China 2025, que dio la alerta en Washington sobre las ambiciones tecnológicas de China: no se contentaba con ser la fábrica del mundo, quería ser la vanguardia tecnológica mundial. Pero EEUU se lo pone cada vez más difícil a China en este aspecto, cercenando sus posibilidades en el ámbito bilateral y también indisponiendo a terceros países (desde Japón a Holanda, pongamos por caso). En el cara a cara Biden-Xi en Bali en el marco de la cumbre del G20, Xi recordó al titular de la Casa Blanca que también en su día la URSS trató de trabar, sin éxito, su avance en la tecnología nuclear, dando a entender que ahora ocurriría exactamente lo mismo. Está por ver, naturalmente. De entrada, con las multimillonarias inversiones de la taiwanesa TSMC en Arizona, la autosuficiencia estadounidense tiene más probabilidades de llegar antes que la china. Y, de paso, convierte la defensa de Taiwán en un suculento negocio para su complejo militar-industrial.

La confrontación ha pasado a primer plano al no aceptar China integrarse en las redes de dependencia de EEUU

Con el inicio del año, la visita del secretario de Estado Antony Blinken a Beijing supondrá también el comienzo de esa nueva exploración diplomática para conformar un marco de encauzamiento de las tensiones de todo tipo entre ambos países. El catálogo de discrepancias bilaterales no hace sino crecer, amenazando con desbordarse.

Cabe tener en cuenta que el deterioro de esas relaciones es prácticamente irreversible. Se trata de un hecho de capital importancia ya que todo el periodo del denguismo, de aplicación de la reforma y apertura, se sustanció con la cooperación bilateral como corriente principal. Con Trump, el discurso del vicepresidente Mike Pence en el Instituto Hudson (2018) selló el cambio de rumbo: la confrontación ha pasado a primer plano al no aceptar China integrarse en las redes de dependencia de EEUU. La Administración Biden milita en el mismo afán. Ese contexto, que marca un punto de inflexión cualitativo y quiebra el rumbo de los últimos 40 años, nutre el discurso de la reedición de la Guerra Fría, del desacoplamiento, de la renovación y ampliación de las alianzas militares y de inteligencia, de las llamadas a capítulo entorno a la defensa de los valores comunes y del orden internacional basado en normas (y la principal de todas es preservar la hegemonía estadounidense), etc.

También será un año clave para el futuro de la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán. Las elecciones locales del 26 de noviembre en la isla fortalecieron las opciones políticas de los unionistas (Kuomintang)de cara a la decisiva contienda de enero de 2024. EEUU seguirá jugando la carta de Taiwán para inquietar –y, si puede, desestabilizar– a Beijing. Xi dejó claro a Biden que esta es “la más roja de las líneas rojas” de China. Pese a la institucionalización del diálogo oficial al máximo nivel, cabe esperar que el año resulte especialmente convulso. Las relaciones entre Taipéi y Washington se estrecharán todavía más. Beijing, por su parte, tratará de influir en la sociedad taiwanesa dejando en claro que el voto a los soberanistas intensifica el riesgo de un conflicto abierto y que el voto a su viejo rival guomindanista, por el contrario, aleja el horizonte de una guerra que todos temen.

Recuperar la normalidad

En resumen, el del conejo será para China un año decisivo en muchos aspectos, pero sobre todo un ejercicio en el que se juega de nuevo la credibilidad exterior y la propia confianza interna. Bien es verdad que dispone de un importante margen de holgura y cuenta con importantes resortes para estimular la economía; no obstante, las tensiones de todo tipo que amenazan la estabilidad global le señalan como referente de convulsiones de gran calado cuya gestión no será nada fácil. Todo pasa, en primer lugar, por cerrar sin grandes contratiempos el capítulo de la pandemia y retomar el pulso normal del crecimiento, disipando las dudas sobre su futuro inmediato, el signo de las reformas y la vuelta a cierto sosiego en su relación con el exterior. En ese futuro, por cierto, la Unión Europea debe elegir qué quiere ser de mayor, si abraza o no la autonomía estratégica que esbozó con Trump o si aquello no pasó de ser una nube de verano en ese supuesto idilio atlántico que mal disfraza la inmutabilidad de los imperativos geopolíticos.

*Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China.

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