A París me he traído para el viaje en el tren un número reciente del semanario alemán Die Zeit, el del 13 de noviembre de 2025, con un largo reportaje dedicado a las conferencias que Peter Thiel dio este mismo septiembre de 2025 sobre el Apocalipsis y el Anticristo en el Commonwealth Club de San Francisco. Había leído algo en The Guardian sobre estas conferencias. El reportaje de la Zeit, firmado por Nicolas Killian, las explica con más detalle hasta donde le es posible y le está permitido al autor, porque los asistentes tenían terminantemente prohibido grabar, fotografiar e incluso citar ninguna frase de lo que Thiel dijo a lo largo de las cuatro sesiones programadas para la semana del 15 de septiembre.
Tanto secretismo qué duda cabe que estimula la intriga y excita la curiosidad. ¿Qué dijo en ellas el presidente de Palantir? No puede ser nada muy distinto de lo que dijo en octubre de 2024 en la entrevista que le hizo Peter Robinson para la Hoover Institution de Stanford. No se trata, eso está claro, de la conversación sobre The Straussian Moment, también en Stanford y también con Peter Robinson, que data del 2019. El tema esta vez era específicamente el Apocalipsis y el Anticristo. Luego disponemos de la larga entrevista que Thiel concedió el 26 de junio de este año a Ross Douthat para el pódcast Interesting Times del The New York Times.* Es posible que de estas conferencias en San Francisco salga un libro, y que tanto misterio responda en realidad a una maniobra publicitaria. Pero si se escucha la hora y media de la conversación con Peter Robinson y se lee con atención la entrevista en el The New York Times, o se escucha el pódcast, las cosas que dijo Thiel no han de haber cambiado tanto. De hecho, se las puede sintetizar en una idea que es coherente y hasta reiterativa con sus posiciones puestas por escrito o expresadas en otras entrevistas desde por lo menos 2007. Esta idea puede formularse poniendo en juego tres aspectos de la misma. Uno: Estados Unidos tiene un papel decisivo en el devenir del mundo, porque puede ser tanto el katékhon —es decir, lo que retiene la llegada del Anticristo— como el Anticristo mismo. Dos: el Apocalipsis es un riesgo que debe asumirse, siempre preferible al riesgo o a la amenaza del Anticristo. Y tres —una variante del anterior—: lo peor, y lo más peligroso, porque hay fuerzas que empujan —según Thiel— en esta dirección, es un Estado mundial dominado por una tecnofobia quietista y por una concepción decrecentista de la economía. Ese Estado mundial estaría gobernado nada menos que por el Anticristo.
¿Cómo interpretar todo esto? Traducido a un lenguaje secular, político y no teológico, significa que para Thiel es preferible el riesgo del cataclismo antes que cualquier forma de control y de gobernanza mundial que, según él, no puede no ser totalitaria. No olvidemos aquí que la posición aceleracionista, constante e implícita en Thiel, aunque en él se exprese como un lamento también constante pero explícito por la ralentización del progreso, no excluye un desastre que haga las veces de purga, de clarificación, de reinicio del juego. También es más que posible que al referirse al Apocalipsis no piense en un final definitivo, sino en una crisis que permita reformular y reorientar el mundo —una parte del mundo, la que se salvaría del horror— en unos términos no ajenos al transhumanismo y a las posibilidades de un desarrollo biotecnológico revolucionario. Lo que puede intuirse aquí es un uso táctico o incluso propagandístico de la idea apocalíptica. Que considere menos temible el fin del mundo que una reorganización del mundo en un Estado global único significa que ese final lo entiende en clave aceleracionista, no, para decirlo rápido, en clave cristiana o católica. Por eso duda en la entrevista con Ross Douthat cuando este le pregunta si piensa que la humanidad debe sobrevivir a un hipotético cataclismo. Que se le pueda hacer esta pregunta ya dice mucho del punto alcanzado con sus argumentos. Y ante los reproches del entrevistador, que se sorprende de que dude, lo acaba aceptando pero casi concediendo a regañadientes algo que no se puede permitir el lujo de negar pero que tampoco deseaba responder. ¿Quizá porque la pregunta es demasiado directa y la respuesta debería ser más complicada? ¿Dijo acaso sobre esto cosas más atrevidas en la serie de conferencias en San Francisco? Si hay libro, y si se atreve a escribir con claridad sobre esto, lo sabremos.
En cualquier caso, la impresión que se obtiene de estas entrevistas y del reportaje de la Zeit es que su verdadera obsesión es el poder de movilización política que tiene la crisis climática, el estancamiento económico que provocaría un triunfo del ecologismo y el decrecentismo. Sobre esto dice cosas de una simplicidad muy chocante, pero con una lógica dramática escondida dentro: “Si Greta [Thunberg] obliga a todo el mundo en el planeta a ir en bicicleta, es posible que resuelva el cambio climático, pero es una de esas cosas que te obligan a saltar de la sartén para caer en el fuego”. Nunca había oído a nadie decir una simpleza de esta envergadura —a nadie que se supone que se hace oír en las más altas instancias, y aunque es verdad que su poder le viene del dinero y de sus empresas, no de la sutileza de sus argumentos o ideas, lo cierto es que ello no impide que ante determinados públicos resulte ser un intelectual muy influyente—. La fijación extraña y desconcertantemente pueril en Greta Thunberg reaparece en la entrevista en el NYT, y en el reportaje en la Zeit se llega a decir que ella es para Thiel el Anticristo, algo que me parece un disparate difícil de tomarse en serio. Que Thunberg es un icono en la sociedad del espectáculo es un hecho evidente. Pero que sea ella el Anticristo, eso ya es demasiado. Dicho del modo más retorcido posible: demasiado hermoso para ser verdad. ¿Por qué por debajo de esta exageración —que lleva a Ross Douthat a reírse un poco de Thiel— hay una lógica que debe ser calificada de dramática? Porque la disyuntiva entre el Apocalipsis y el Anticristo pone de manifiesto la imposibilidad de detener —y casi de no poder frenar— la Máquina sin incurrir en males mayores. No hay duda de que esta posición es ideológica. También lo es la contraria, aunque pensemos que la sustitución de combustibles fósiles por energías renovables, por ejemplo, es algo objetivamente bueno para frenar o revertir el cambio climático. Pero no es seguro que desde la perspectiva económica las cosas sean tan aparentemente claras. Y donde hay economía hay ideología. Ahora bien, ya sabemos lo que dice la posición aceleracionista, que es la de Thiel, aunque él prefiera hablar de progreso y revolución, de innovación y de empuje: que vale la pena arriesgarse, que los beneficios compensan los riesgos e incluso las catástrofes, porque el retroceso o el frenazo económico sería mucho peor. Pero no está muy claro lo que dice la otra posición, aparte de predicar cada vez más en el desierto a favor de un cambio de modelo productivo —sin explicar sus costes, o más bien celebrándolos por lo bajini— y abogar, casi habría que decir que “por lo menos”, por la reducción pautada en la emisión de gases de efecto invernadero.
El hecho es que Thiel atribuye al ecologismo oscuras ambiciones de dominio mundial socialista. Me da la impresión de que su argumento muestra una ansiedad demasiado mediática o impostada si lo personifica en Greta Thunberg, y ello aun reconociendo la existencia del llamado efecto Greta en el cambio de prácticas y mentalidades medioambientales. En cualquier caso, eso no significa que la apuesta ecosocialista no exista. Lo que demuestra es que está tan atomizada y dispersa en grupúsculos muy probablemente desconectados entre ellos, que un tipo supuestamente tan bien informado como Thiel tiene que recurrir a una figura tan obvia desde el punto de vista de la exposición —y producción— mediática como esta peculiar muchacha sueca convertida en icono para que algunos políticos y gobernantes alivien su mala conciencia.
Pero hay más. Aquí debemos suponer que con respecto al Estado Mundial Thiel tiene en mente lo que Carl Schmitt escribió sobre la posibilidad de ese Estado, porque lo cita —recordémoslo— en su The Straussian Moment. Un Estado así sería el final de la política, de la dinámica amigo-enemigo, de los conflictos ideológicos, y por lo tanto el final de la libertad. Sería la paz perpetua imperando en un mundo crepuscular habitado por “los últimos”, los que construirían —en la expresión de Kojève— sus casas igual que los pájaros hacen sus nidos, donde la historia y el recuerdo de la política ya solo sobrevivirían en museos, y una idea languideciente de la cultura dominada por el entretenimiento adormecería las ambiciones de transformación y progreso. La ONU no sirve aquí en absoluto de referencia. Hay que pensar más bien en un Imperio global, aunque para Thiel, en su propensión a la paranoia o a la representación paranoide, ese Imperio no sería el de la fuerza, por tanto no sería imperio, sino mera gobernanza controlada por la ideología woke, el ecologismo a ultranza, la opresión totalitaria seductora y narcótica. No se olvide que en la novela de Huxley, Un mundo feliz, el poder lo detenta precisamente un Estado mundial. Ese Estado único, con su poder sedativo y narcótico, conduciría al estancamiento, al crecimiento cero, y posiblemente al comunismo —siempre según Thiel—. Y nada hay más proclive a ese estancamiento que el ecologismo y el nuevo ludismo tecnofóbico. Todo esto puede verse tanto en el vídeo de la conversación con Peter Robinson como en la entrevista en el NYT. ¿Y quién gobernaría este Estado mundial? El Anticristo, por supuesto, el Señor del Mundo tal como es descrito en la novela de Robert Hugh Benson, Lord of the World (1907) y en las Tres conversaciones y un breve relato sobre el Anticristo, de Vladimir Soloviev (1900) que Thiel cita elogiosamente en la conversación con Peter Robinson.
¿Dijo algo muy distinto en San Francisco? Algo más fuerte es probable, pero algo muy distinto es difícil. Ahora bien, lo interesante del reportaje de la Zeit es no solamente el relato de las condiciones en que tuvieron lugar estas conferencias en el Commonwealth Club, convocadas por ACTS17, un colectivo dedicado a la causa de influir en el mundo de las finanzas y las grandes empresas tecnológicas con mensajes cristianos. También se informa de una suerte de ensayo general que el propio Thiel pidió llevar a cabo con teólogos de la Facultad de Teología (católica) de la Universidad de Innsbruck. ¿Por qué Innsbruck precisamente? ¿Qué se le perdió en el Tirol? En Innsbruck el jesuita Raymund Schwager, que mantuvo una importante correspondencia con René Girard, impulsó una línea de trabajo e investigación llamada teología dramática. Schwager aportó apoyo y confirmación —no exentos de discusión— a las tesis de Girard sobre el sacrificio. Esa correspondencia se ha publicado en parte en el Cahier de l’Herne dedicado a Girard. La idea de una teología dramática —que no debe confundirse, aunque en parte se inspire en ella, con la teodramática de Hans Urs von Balthazar— parte de la tesis según la cual la Revelación no fue nada ni históricamente lineal ni doctrinariamente dado, sino una secuencia dramática con sus altos y bajos, con sus eclipses y resurgencias, con sus crisis y sus reconversiones. La teología dramática, muy atenta a la teoría del conflicto mimético de Girard, lee la Biblia no como un texto revelado, sino como el testimonio de un conflicto, de una lucha. Así que Thiel en agosto de 2025 buscó probarse, con el formato de cuatro sesiones de cuatro horas cada una, con pausa y discusión, en lo más parecido a una fuente original de legitimación teológica girardiana. Fue su ensayo general antes de San Francisco. En su reportaje de Die Zeit, Nicolas Killian recoge el testimonio del decano de la Facultad teológica de la universidad tirolesa, el doctor Wilhelm Guggenberger, que habla en nombre del grupo de trabajo que se reunió con Thiel. Este profesor cuenta lo sorprendidos que se quedaron ante la inseguridad con que se expresaba el magnate, a pesar de llevar el tema muy preparado y a pesar de llegar acompañado de dos teólogos se supone que de su confianza, uno de ellos Alan Fimister, un teólogo e historiador defensor —por cierto— de la idea de un gobierno mundial de inspiración católica y autor de una monografía sobre Robert Schuman, el humanismo neoescolástico y la reunificación de Europa (publicada en 2014). Así que si ese Estado mundial fuese católico, digamos que de la línea dura, en lugar de ecosocialista, ¿sería entonces aceptable? ¡Por supuesto que sí! ¿Y quién se sorprende? Entonces no sería el Estado dominado por el Anticristo, sino que ejercería de obstáculo, de defensa, sería el katékhon.
Pero Guggenberger habla también de un hombre “angustiado” y “profundamente preocupado” por unas “amenazas” a las que se siente llamado a hacer frente, un hombre que interesó, que fue atendido respetuosamente, pero que no convenció a los teólogos de Innsbruck. Guggenberger señala demasiada inconsistencia, demasiada incoherencia, y expresa una inquietud: quien decide enfrentarse al Anticristo lo hace en una batalla sin cuartel, no hay ni reconciliación ni diálogo posible, solo la urgencia de una lucha a muerte.
Este hombre angustiado y enfrentado a un combate a vida o muerte que podría excederle, en parte porque lo forzado de sus argumentos no debería escapársele a su inteligencia —y que conste que no es esa la impresión que se obtiene de la entrevista con Peter Robinson de octubre de 2024, muy cuidadosa, muy protectora, pero se parece algo más a lo que se ve en la conversación con Ross Douthat, más tensa, menos complaciente— es también quien le dijo a Musk, y lo cuenta en esta misma entrevista en el NYT, que si no ganaba Trump las últimas elecciones él se marcharía de Estados Unidos. ¿Cómo puede decirse esto seriamente? ¿Cómo la alternativa a Trump —Biden primero, Kamala Harris después— puede ser vista como algo tan catastrófico que obligaría al autoexilio? ¿Qué tipo de pose o de locura es esta? Ese hombre honestamente preocupado, o incluso angustiado por las amenazas que él percibe en el mundo —tal como lo vieron los teólogos de Innsbruck no sin generosidad—, ¿cómo distinguirlo del tipo que dice semejante disparate sobre la democracia más estable del mundo, la más incapaz de sorprender nunca con nada que se salga de un bipartidismo casi fosilizado, convertido de hecho en el mármol, la madera y los ladrillos de los grandes edificios de la Unión y del sistema que la sustenta? ¿Y cómo no ver, cómo no puede ver él que cuando habla del Anticristo —y Ross Douthat se lo insinúa, pero no se atreve a más— es imposible no pensar en el saturniano Trump?
*La conversación en la Hoover Institution se encuentra aquí: https://n9.cl/j5so5. La entrevista en el NYT, aquí: https://n9.cl/kqjen9
*Extracto del libro titulado ‘Apocalipsis y democracia. Seis meses que han cambiado el mundo (febrero-julio de 2025)’, de próxima publicación en Tusquets.
A París me he traído para el viaje en el tren un número reciente del semanario alemán Die Zeit, el del 13 de noviembre de 2025, con un largo reportaje dedicado a las conferencias que Peter Thiel dio este mismo septiembre de 2025 sobre el Apocalipsis y el Anticristo en el Commonwealth Club de San Francisco. Había leído algo en The Guardian sobre estas conferencias. El reportaje de la Zeit, firmado por Nicolas Killian, las explica con más detalle hasta donde le es posible y le está permitido al autor, porque los asistentes tenían terminantemente prohibido grabar, fotografiar e incluso citar ninguna frase de lo que Thiel dijo a lo largo de las cuatro sesiones programadas para la semana del 15 de septiembre.