Regreso al futuro. El gran reseteo
Mi hija de catorce años y yo somos fanáticas de las distopías. A veces pienso que, en los tiempos que corren, quizá no hago bien fomentando ese gusto compartido. Me consuela pensar que, en la mayoría de esas historias, acaban venciendo los buenos, la justicia y los valores que el pensamiento y las fuerzas de izquierda siempre hemos defendido. La cara B es conocida: esa victoria casi nunca llega a tiempo para muchos y suele estar precedida de un largo periodo de sufrimiento, desigualdad e injusticia.
Si miramos a la Historia, la victoria más cercana en la que todavía nos reconocemos llegó tras el horror del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y su inhumano desenlace en forma de hongo nuclear. Aquella experiencia extrema, junto con el miedo a la alternativa soviética, explica que las élites económicas y políticas aceptaran un cambio de modelo que ya se había empezado a perfilar con el New Deal de Roosevelt en los años treinta. También ayudó la existencia de partidos dispuestos a reformar el sistema para mejorar la vida de las personas: unos renunciando a hacer la revolución; otros, a la tentación recurrente de volver a abrir la puerta a la extrema derecha creyendo que podrían domesticarla. Y, sobre todo, lo hizo posible un pueblo exhausto pero esperanzado, el que parió el baby boom.
Ese espíritu del 45 no solo alumbró los sistemas de bienestar en las democracias occidentales, sino también un orden internacional basado en el multilateralismo –aunque inscrito en el mundo bipolar de la Guerra Fría– y en el respeto a los derechos humanos, que impulsó amplios procesos de descolonización. Aquellos contratos, sociales y geopolíticos, estuvieron lejos de ser perfectos. El pacto social de posguerra no alteró el contrato sexual que llevaba implícito. Tampoco el llamado Orden Internacional Liberal era tan liberal ni tan universal como pretendía. Estados Unidos, su principal garante, combinó una retórica idealista de defensa de la democracia y los derechos humanos con guerras, golpes de Estado y el derrocamiento de regímenes democráticos para asegurar sus intereses económicos y sus áreas de influencia.
A pesar de todas sus sombras, aquel modelo proporcionó niveles inéditos de bienestar, dignidad y legitimidad. Pero ni las élites económicas dejaron de pensar cómo revertir ese equilibrio para que la distribución de la riqueza y el poder volviera a favorecerlas, ni el fascismo desapareció. El abandono de la convertibilidad del dólar en 1971 y la desregulación comenzada en los ochenta marcaron el inicio de la fase neoliberal del capitalismo financiarizado en su vertiente económica, política y cultural. Con ella se debilitó el poder de los Estados, se redujo la capacidad transformadora de los partidos de izquierda y se erosionó la promesa de igualdad y libertad que sostiene a la democracia.
El fascismo, mientras tanto, permaneció en los márgenes, esperando su oportunidad. Esa oportunidad llegó con el malestar provocado por la globalización neoliberal y se aceleró con la privatización de internet y el desarrollo de redes sociales gobernadas por algoritmos que premian la polarización, el odio y la violencia simbólica. Los bautizados por Giuliano da Empoli como ingenieros del caos, han sabido explotar estas herramientas para desprestigiar la política –especialmente la de izquierdas–, presentándola fragmentada, desmoralizada y, en última instancia, inútil. Dividirnos y desmoralizarnos no ha sido difícil. Siempre nos quedará Monty Python.
Destruir al adversario
Para vaciar la democracia y la legitimidad moral de las fuerzas progresistas ha sido tan importante consolidar liderazgos populistas como destruir al adversario. Las instituciones democráticas no están preparadas para defenderse del fascismo si no lo hacen los partidos políticos y la ciudadanía. Las élites económicas depredadoras se han embriagado de dinero y poder y han corrompido las democracias que ya no necesitan para legitimarse, como pregona Peter Thiel. El nuevo fascismo internacional, aunque se oponga retóricamente a la globalización neoliberal, es en realidad su discípulo más aventajado. Hoy se cuestiona incluso la propia idea de igualdad, ese principio recogido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos según el cual todas las personas nacemos iguales en dignidad y derechos.
Y, sin embargo, siguen temiendo la fuerza de la democracia y de las ideas de izquierda. Saben que los niveles de desigualdad en aumento desde los años ochenta son incompatibles con la democracia. De ahí su miedo a que surja una alternativa limitarista que ponga freno a la acumulación infinita. Ese miedo explica que estén construyendo ciudades libres (privadas) e intentando comprar islas, incluida Groenlandia, a modo de arcas de Noé y, sobre todo, la enorme inversión destinada a llevar al centro del debate ideas procedentes de los márgenes: fundamentalismos religiosos, fascismos renovados y libertarismos extremos. No importa la incoherencia ni la desinformación, ni la brutalidad de su antifeminismo o de su racismo: estas ideas se sostienen en mecanismos psicológicos potentes –la rabia, el miedo, la necesidad de control– y en una ingeniería de datos capaz de fragmentar e individualizar los mensajes con fines políticos profundamente antidemocráticos.
Tras años de trabajo y de inversión, están alcanzando el poder en algunos países, algunos con capacidad real de alterar el sentido común dominante y el orden mundial, como demuestra la reelección de Trump. EEUU no es el único actor que está transformando ese orden, pero sí quien tiene mayor capacidad y voluntad de hacerlo. Rusia invadió Ucrania. China, por su parte, supo adaptarse al orden liberal internacional en el exterior sin trasladar esos principios a su política doméstica. Con una envidiable visión de largo plazo, ha alterado el equilibrio económico, tecnológico y financiero global y ha tejido alianzas estratégicas en todo el mundo. En 2024, los BRICS pasaron a ser BRICS+. La respuesta a su amenaza a la hegemonía unipolar de EEUU se muestra hoy con gran descaro.
Estados Unidos ha reaccionado abandonando el orden internacional liberal con una apuesta imperial en el nuevo mundo multipolar organizado en zonas de influencia neocoloniales, basadas en relaciones rentistas y transaccionales más propias del mundo de los negocios o de las monarquías del pasado. Todo ello, como siempre –parafraseando a Josep Fontana–, “por el bien del imperio”.
En este contexto, la Unión Europea aparece como el actor más descolocado, con la excepción de quienes llevan años, como Orbán, intentando hacerla implosionar desde dentro. La UE es un proyecto de paz, de Estado de derecho y de derechos humanos. Ha avanzado en descarbonización y lucha contra la emergencia climática. Y, además, es un gran mercado con capacidad de ejercer poder en un mundo transaccional aunque no sea el que más le conviene. Pero sigue siendo dependiente en materia de seguridad, tibia en su integración política y, en demasiadas ocasiones, incoherente en su acción exterior como con Gaza.
La UE es el espejo en el que la Administración Trump y los ultraconservadores no quieren reflejarse. En su libro, Hayek’s Bastards, Quinn Slobodian cuenta que, tras la caída de la URSS, el epicentro del libertarismo, la sociedad Mont Pelerin, decidió seguir existiendo para combatir enemigos como el ecologismo, el feminismo, los derechos humanos y la Unión Europea. En la Estrategia de Seguridad Estadounidense publicada en noviembre de 2025, se incluye la prioridad de “cultivar, en el seno de las naciones europeas, la resistencia a la trayectoria actual de Europa”. Sin embargo, la mayor parte de las élites europeas, por coacción o seducción, están mostrando ofuscación y analfabetismo histórico. No han comprendido aún que la inacción, con los EEUU y con la extrema derecha, ayuda a su propia represión y a la destrucción del proyecto europeo.
Las izquierdas europeas, víctimas de sus propias divisiones, complicidades y de la maquinaria digital ultraconservadora, se debaten entre mantener su poder de negociación mermado o romper la baraja con una derecha que vuelve a abrirle las puertas al fascismo. Afortunadamente, algunos de sus líderes no han renunciado ni a jugar la partida ni a su internacionalismo.
Aunque la resistencia frente a la subversión democrática deba construirse en cada país, región, barrio o casa, el armazón ideológico, las estrategias y las alianzas deben ser globales. Las ideas existen: justicia social, igualdad, libertad, dignidad, solidaridad, paz y respeto mutuo. El reto es defenderlas en un mundo multipolar donde plutócratas, autócratas y tecnobros actúan de forma coordinada con enormes recursos financieros, militares y, sobre todo, digitales.
El capitalismo fascista tardío se alimenta de emociones negativas porque garantizan la participación y adhesión. Pero esas emociones también pueden canalizarse hacia la resistencia y la construcción de un mundo mejor. Nada de lo que está ocurriendo es inevitable. Ni el avance del fascismo, ni la mercantilización absoluta de la vida, ni el vaciamiento de la democracia, ni el poder de la masculinidad depredadora, ni el supremacismo del hombre blanco. Son proyectos políticos, sostenidos por intereses muy concretos, y como tales pueden ser combatidos. La Historia no avanza en línea recta, pero tampoco está escrita de antemano. Siempre hay bifurcaciones, momentos de decisión, de crisis en los que como escribió Gramsci proliferan los monstruos. Pero también hay lugar para la esperanza y el futuro. Resistir no es solo oponerse; es también cuidar, reconstruir, imaginar. Reinventarse desde los principios de siempre, ensanchar el sentido común, volver a disputar el futuro.
Frente a quienes quieren convencernos de que la desigualdad es natural, de que la fuerza sustituye al derecho y de que la democracia es un obstáculo para la eficiencia, la respuesta progresista no puede ser la resignación ni el repliegue. Tiene que ser la defensa activa de la igualdad, la justicia social y la dignidad humana, no solo como consignas morales, sino como condiciones materiales para una vida vivible y una democracia que merezca ese nombre.
La propuesta del capitalismo fascista es una. No tiene por qué ser la vencedora. La nuestra todavía puede serlo, si somos capaces de sostenerla colectiva y democráticamente, con resistencia, con esperanza y con la convicción de que la Historia, incluso en los tiempos más oscuros, nunca se cierra del todo. No escribamos su distopía, sino nuestro futuro. Uno, por cierto, también escrito por nosotras, las mujeres.
*Lina Gálvez es historiadora económica y eurodiputada en el grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo.