Tres décadas de vinilo

José Ángel Mañas

El primer vinilo que recuerdo lo vi en casa de Luis Q. Luis fue mi mejor amigo hasta la adolescencia. Era a finales de los setenta. Su madre era canadiense, y él cada verano pasaba en Montreal por lo menos un mes. De uno de sus viajes se trajo de vuelta el LP Destroyer, de Kiss. En él se veía a los cuatro miembros de la banda metalera vestidos con mallas negras ajustadas, botas con plataforma y sus característicos maquillajes agresivos. 

A mí aquella portada, con cuatro maromos con la cara pintada de blanco, cada cual con sus propios motivos (uno con bigotes felinos, otro con una estrella cubriéndole un ojo, otro con un par de murciélagos) me fascinaba. Se sugería un mundo excitante, tenebroso y glamuroso, y supongo que eso tenía el rock para mí, visto desde un barrio madrileño del primer posfranquismo.

Asociado a Luis Q. está otra de las bandas sonoras de mi infancia. La película Grease empezaba a triunfar y había llegado a nuestro barrio de clase media, lindero por una parte con Manoteras (“donde te roban la cartera y no te enteras”) y por otra con Arturo Soria (“Tontosoria”). Allí los chavales jugábamos al fútbol en un descampado. Cada portería la marcaban dos piedras, con todos los problemas que uno se imagina cuando había dudas sobre si un disparo había sido gol o no: “¡Ha sido alta!”. “¡Ha sido un golazo!”. Al final se anotaba el tanto quien era capaz de apoderarse del balón y llevarlo otra vez al centro, entre los empujones del equipo rival, que era como un partido de rugby improvisado y otro deporte aledaño al principal. 

Bien, pues aquellos mismos chicos que jugábamos al fútbol los sábados por la mañana, al caer la tarde nos poníamos nuestras camisetas molonas, nos repeinábamos y nos juntábamos en un jardín de la zona, encajonado entre edificios de ladrillo visto con toldo verde, y bailábamos al son de los vinilos que poníamos en un tocadiscos portátil que bajaba alguno de la pandilla. Como por entonces se estrenó la película de John Travolta y Olivia Newton John, recuerdo especialmente aquel single, You’re the one that I want, que poníamos una y otra vez y lo bailábamos emparejados torpemente. 

Yo ya debía de frisar los diez años, y Luis tenía tres o cuatro años más que yo. Aquella amistad desequilibrada estaba abocada al desastre. Habiendo estirado él y yo no, una de aquellas tardes sentí unos celos tremendos al verle fumar un pitillo y bailar una especie de rocanrol con una de las chicas. En algún momento le pedí un cigarro: era la primera vez que lo hacía. Él me dio uno de su cajetilla de Fortuna, y a mí no se me ocurrió otra cosa que lanzarlo al suelo y pisotearlo. 

—Eres un crío, anda, vuelve cuando hayas crecido –me dijo Luis Q. 

Ese fue el final de nuestra relación y de mi infancia. Los ochenta ya estaban a la vuelta de la esquina. Recuerdo que al arrancar la década se editaban los suculentos pelotazos de grandes monstruos de la música anglosajona. Era la época de Thriller, la obra maestra de Michael Jackson, que arrasó en el mundo entero. Mi prima Lucía venía a casa. Escuchábamos Thriller, y también la colaboración de Michael Jackson con Paul McCartney en su Pipes of Peace. Esos dos elepés gustaban mucho a Lucía. Los escuchábamos en el tocadiscos de mi casa. Como yo sabía algo de inglés, ella se empeñaba en que le ayudase a traducir las letras. Yo sudaba la gota gorda. Pero lo intentaba. 

Recuerdo igualmente, en esa época, a una chica de mi clase que llevaba un guante en la mano derecha, como empezaban a hacer los fans de Michael Jackson. Ese mimetismo me resultaba extraño y hasta vergonzante: a mí me costaba sentir tanta pasión por los nuevos ídolos de masas, y menos cuando apenas entendía lo que decían. 

Mi gusto musical primerizo era ecléctico. Me atraían, en un principio, los sonidos suaves y aterciopelados. Recuerdo que, antes de los partidos de fútbol de los sábados, ponía en mi casa la música de Alan Parson Project. The eye in the sky fue el primer disco que escuché de manera obsesiva. La canción del mismo título y aquella portada con el ojo de Horus en el cielo me hacían pensar en alguna presencia allá arriba como la de que me hablaban en la misa. Ese disco lo escuchaba con los ojos cerrados y después, según me calzaba las botas de fútbol, le rogaba a ese ojo en el cielo que me permitiera jugar bien esa mañana. Y me lo concedía: más de un sábado tuve mi pequeño momento de gloria. Todavía añoro ese fútbol salvaje y canalla del siglo pasado. 

No tardé en mudarme de barrio (uno de los momentos más tristes de mi vida) y ya en otro contexto seguí comprando música, pero de otra manera. Los ochenta empezaban a morir. Ahora leíamos el Rock de Lux y la música era motivo de distinción social. Ya no compraba vinilos al tuntún ni siguiendo la moda comercial; ahora pensaba que tenía un criterio y mi gusto evolucionó hacia sonidos más ásperos y callejeros. 

Coincidiendo con mi descubrimiento de los bares garajeros de Malasaña (el Nueva Visión, La Vía Láctea) ya la música que privilegiaba era, esencialmente, punk rock, en su sentido más amplio. Nuestra tienda de vinilos de segunda mano preferida era Melocotón, pegada a la Gran Vía. Todavía hoy me recuerdo con una novia con chupa de cuero rebuscando entre los elepés y escogiendo las bandas que nos interesaban: los Jam, los Clash, los Ramones, los New York Dolls, los Buzzcocks, los Kinks. Y al mismo tiempo el reggae de Bob Marley, que siempre me encandiló desde que lo descubrí con Kaya: una cuestión personal mía más que del entorno. 

Más tarde todavía, me fui de Madrid. Estuve unos años estudiando fuera. Cuando regresé a mediados de los 90 y quise recuperar mi colección de vinilos, resultó que los tenía mi hermano. Hablé con él, pero él me explicó que se los había regalado antes de partir. Yo no lo recordaba, pero bien pudo ser, dado que siempre he sido dadivoso. En todo caso, me heló el corazón la dureza con la que dijo:  

—De todas formas, al irte perdiste todo derecho moral sobre esos discos. 

Yo procuré negociar el rescate. Insistí en que muchos de aquellos vinilos (Desire de Bob Dylan, Mind Bomb de The The) eran “grupos míos”, que a él nunca le habían interesado. Me parecía lógico que se quedase con bandas españolas ochenteras como Radio Futura, Nacha Pop o Siniestro Total, porque el rock español siempre fue “más suyo”; pero ¿los otros? 

Al final recuperé una veintena de títulos de la colección original, poco más. El resto quedó secuestrado. Alguno hube de volver a comprarlo. Pero ya todo Cristo se pasaba a los CDs y yo seguí la tendencia: el tocadiscos enmudeció y empecé a escuchar la flamante música alternativa que llegaba de EEUU (Red Hot Chili Peppers, Rage Against the Machine, Jane’s Addiction, Faith No More…) en cedé. Nunca volví al vinilo, igual porque me dolió demasiado esa confrontación fratricida que los tuvo como campo de batalla. 

*José Ángel Mañas es escritor. Su último libro publicado es ‘Doctor X, el médico de la Deep Web’ (La Esfera de los Libros, 2024).

El primer vinilo que recuerdo lo vi en casa de Luis Q. Luis fue mi mejor amigo hasta la adolescencia. Era a finales de los setenta. Su madre era canadiense, y él cada verano pasaba en Montreal por lo menos un mes. De uno de sus viajes se trajo de vuelta el LP Destroyer, de Kiss. En él se veía a los cuatro miembros de la banda metalera vestidos con mallas negras ajustadas, botas con plataforma y sus característicos maquillajes agresivos. 

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