VACACIONES CON EL EMÉRITO (XII)

Conspiraciones

El rey Juan Carlos a su llegada al Náutico, a 20 de mayo de 2022, en Sanxenxo (España).

"¡Están entre nosotros!". Su majestad zarandeaba al mayordomo mientras repetía la cantinela. El servicio, atónito, huía por las rendijas. Cuando subí, el rey se ajustaba un capirote de papel de aluminio; una capa de malla metálica le cubría los hombros, llevaba unas cajas de pañuelos por zapatos y fumigaba a los presentes con un flusflús relleno de limonada. Era, según me dijo, para desenmascarar a los alienígenas camuflados. Aham.

Cuando se tranquilizó, me confesó que se había pasado la noche viendo vídeos de conspiranoia y que se los había creído todos. Temía que la Tierra estuviese hueca, que los hombres topo iniciasen una guerra contra los anunnaki que acabase con la vida humana y que la casa estuviese llena de micrófonos de la NSA. Le dije que no se preocupase, que me ocuparía de todo.

Se agazapó en un silloncito del patio y se entretuvo lanzando miradas furtivas al personal. "Yo sé quién es QAnon", murmuraba. Llamé a Zarzuela y tuvimos un destacamento del Centro Nacional de Inteligencia tocando a la puerta en menos de lo que se tarda en pronunciar inviolabilidad. Hice que se cuadrasen delante de su majestad y les ordené, pomposamente, que peinasen la casa en busca de criaturas del inframundo y micrófonos. El rey se paseó entre ellos, disparándoles con su nebulizador. Como ninguno comenzó a retorcerse ni a mudar la piel, se dio por contento.

Los espías se dispersaron en tromba y empezaron a arrastrar muebles y escrutar rodapiés. Tras varias horas, solo habían encontrado a Villarejo agazapado en la despensa. Les dije que no se preocupasen, que se colaba cada día disfrazado de panadero y que yo solía dejarlo pulular un cuarto de hora antes de sacarlo a escobazos. ¿Marcianos? Ni rastro.

Llevé a su majestad al comedor y le di una tacita de tila. "Joaquín", me decía, "ahora lo entiendo todo. Corinna es una reptiliana… ¡menuda lagarta!". "Claro, claro", le respondí procurando calmarlo: ingenuo de mí. Volví a mis quehaceres y acompañé al destacamento del CNI hasta la salida. No había terminado de echar el cerrojo cuando el ama de llaves bajó espantada. El rey se había tirado encima varios kilos de cubertería para comprobar que no se le quedaba adherida ninguna cucharilla de café. "El covid lo inventaron los chinos conchabados con Bergoglio, que es el falso profeta, el precursor del anticristo". La madre que nos parió a todos. Intenté convencer al emérito de que todo aquello no eran más que paparruchas, pero no hacía más que repetirme verdades absurdas. Quería ir a Roswell y pedía insistentemente a uno de sus secretarios que le trajese el número de teléfono de George Bush para preguntarle si aquello del PizzaGate iba en serio. "Letizia, ¡Letizia está en el ajo!". Ya estamos todos.

Me pasé la tarde intentando desmontar cada majadería que había visto en YouTube, pero no sirvió de mucho. A la hora de la cena no paró de repetir que quería contratar a un catador, que no se fiaba un pelo de las triquiñuelas del estado profundo. Ojalá alguien me hubiese dicho que a los reyes no se les puede mojar, ni alimentar después de medianoche, ni dejarles tener Telegram ni acceso a 4Chan.

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