El verano del fin de la inocencia

La frase con la que acaba Cuenta conmigo es una falacia. “Nunca he vuelto a tener amigos como los que tuve a los 12 años. Dios mío, ¿los tiene alguien?” Los amigos que uno tiene a los 12 años no son más que una pared de frontón sobre la que tirar las pelotas que, al volver, van poco a poco formando nuestra personalidad, pelotazo a pelotazo (a veces, de forma literal).

No les envidio demasiado a los niños su ligereza o su falta de responsabilidades, pero es cierto que cuando veo a uno corretear en estos meses me dan ganas de cambiarme por él. ¿Cuántos de ellos están viviendo ahora mismo el último verano de su infancia? Esas vacaciones que son una tabula rasa, en las que uno no tiene nada que hacer más que divertirse, hasta el punto de que acaba totalmente aburrido y harto de sí mismo. Como dice la voz en off en la película: “Todo estaba allí, a nuestro alrededor. Sabíamos exactamente quiénes éramos, y sabíamos exactamente adónde íbamos. Era fabuloso”.

Representar a la perfección esa sensación es lo mejor que tiene Cuenta conmigo, una película que, como las amistades infantiles, no es tan buena como la recordamos. Adaptación de Stephen King de 1984, es una de sus raras historias sin elementos sobrenaturales, aunque el terror sigue estando presente. Pero es ese terror humano con el que King siempre espolvorea sus relatos de fantasmas: los padres ausentes, deprimidos, adictos o locos, la pobreza, la marginación. De hecho, lo único que diferencia a Cuenta conmigo de It es que aquí no hay un payaso asesino. 

Los 80 no se entenderían sin Rob Reiner, director también de La princesa prometida, Cuando Harry encontró a Sally, Misery y Algunos hombres buenos. El legado de todos esos títulos dice mucho de la capacidad de Reiner para crear momentos memorables, y prueba de ello es la imagen grabada a fuego en nuestras mentes de esos cuatro niños andando sobre la vía. Un elemento con el que el director juega muy bien visualmente: uno de los mejores planos de Cuenta conmigo muestra a los protagonistas atravesar una encrucijada en la que la vía se convierte en dos. Eso es crecer: tener que elegir el camino. Crecer también es cruzar un puente sin saber si el tren va a pasar, y cuando pasa echar a correr para que no te pille. El tren no para, la vía le lleva irremediablemente hacia delante.

“¿No recuerdas el verano más importante de tu vida?”, dice Eva Santolaria en Héroes. Pau Freixas firmó en 2010, con un guion coescrito por Albert Espinosa, su propia Cuenta conmigo (con ración doble de Verano azul). Cambiaba el oeste de Estados Unidos por un pueblo catalán, pero el espíritu y el tono eran los mismos, y en ambas los niños maduran a fuerza de enfrentarse cara a cara con la muerte (la de Freixas tiene uno de los giros de guion más salvajes que ha tenido nunca una película familiar).

Fuego en el cuerpo

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Héroes es también imperfecta pero rebosa encanto. Fue el debut en el cine de Àlex Monner, uno de los mejores actores de la nueva generación, y aunque se empeña en introducir elementos propios del imaginario estadounidense (¿qué niño español ha fabricado su propio kart para participar en una carrera, o dónde se ha visto en este país una casa encima de un árbol?), consigue retratar a su manera eso tan nuestro que es irse al pueblo en verano y ver a los amigos solo de año en año.

“Recordad este momento”, oímos a la abuela decir al principio de Héroes. “Guardad los olores. La sensación del sol que quema y el agua que os salpica en la espalda. Los amigos. Todo esto cambiará. Pasarán los años. Las tardes serán más cortas y cada vez os costará más encontrar momentos mágicos”. Se parece mucho al monólogo final del protagonista de Cuenta conmigo: “Con el paso del tiempo veía cada vez menos a Teddy y a Vern, hasta que al final solo fueron dos caras más en el pasillo de la escuela. Eso pasa a veces: los amigos entran y salen de nuestras vidas como camareros en un restaurante”. El fantasma de los amigos perdidos; eso sí que da miedo, y no un hotel encantado.

Las dos películas están contadas desde el punto de vista de un hombre que recuerda el verano del fin de su inocencia, un recurso muy útil para evidenciar esa sensación de pérdida que uno solo reconoce a toro pasado. Los dos tienen en común que son trabajadores exitosos en sus campos, adultos con vidas asentadas y señales de opulencia: una casa, un puesto de trabajo importante, coche, dinero y estatus. Supongo que yo también tendré nostalgia de mi infancia en algún momento, pero me pregunto si podré mirar atrás desde la atalaya de la estabilidad, o lo haré en el paro y preguntándome si voy a poder pagar el alquiler ese mes. En fin, quién fuera niño en verano.

La frase con la que acaba Cuenta conmigo es una falacia. “Nunca he vuelto a tener amigos como los que tuve a los 12 años. Dios mío, ¿los tiene alguien?” Los amigos que uno tiene a los 12 años no son más que una pared de frontón sobre la que tirar las pelotas que, al volver, van poco a poco formando nuestra personalidad, pelotazo a pelotazo (a veces, de forma literal).

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