Juntos lo haremos Baltasar Garzón
En estos días hemos conocido varios casos de acoso sexual a mujeres y comportamientos repugnantes en el Partido Socialista más allá del ya conocido de Paco Salazar, que fue cerrado en falso, y otros en el Partido Popular. Me parece muy bien, seguramente es un buen momento para abrir un Me too en la política, aunque el PP no esté respondiendo de la misma manera que el PSOE. La sombra de Nevenka Fernández todavía sobrevuela las costuras del partido. El PSOE es un partido que se define como feminista y que ha defendido y conseguido muchos derechos para las mujeres en este país a lo largo de su historia: igualdad de derechos, voto femenino, aborto, etc. Todavía estamos esperando alguna censura del Partido Popular al diputado de la Comunidad de Madrid Ángel Alonso, que con una actitud chulesca propia de barra de bar o de otro lugar peor se mofó de las diputadas de Más Madrid diciendo que le ponía que se enfadasen. Y encima el presidente de la Asamblea madrileña, Enrique Ossorio, lo negó diciendo que había dicho otra cosa, a pesar de que todos lo oímos claramente. Encima nos toman por tontos y se ríen en nuestra cara.
También ha causado un gran revuelo conocer hace unas semanas que una mujer ha denunciado al expresidente del gobierno y mito de la Transición, Adolfo Suárez, por agresión continuada durante años y que necesitó tratamiento psicológico para superar ese trauma. Y muchos se han rasgado las vestiduras. Eso es demasiado porque es un prócer de la patria. Las críticas son las habituales y otras nuevas. Desde criticar a la víctima a cuestionar las denuncias de las mujeres, que ya se están pasando: “No se puede seguir así, a dónde vamos a parar, está muerto y no se puede defender”. Como si por estar muertos fueran santos, pues los historiadores estaríamos apañados, que habitualmente trabajamos con personajes fallecidos y sociedades del pasado que no existen. A pesar del escándalo es perfectamente creíble no sólo por la denuncia y el testimonio desgarrador de la víctima sino por el contexto en el que vivió Suárez. Un hombre del franquismo, que gracias a Falange escaló en el régimen, que se crio en una sociedad machista y patriarcal…
Me repugna la actitud y el comportamiento de muchos profesores, que son compañeros, colegas o conocidos del gremio, cuando te cuentan alguna de estas terribles historias o te llegan casos de denuncias
Pero hay que abrir puertas y ventanas en otros espacios de la sociedad porque este grave problema, que es un delito, es transversal y mi lugar de trabajo, la universidad, es muy propicio a estas situaciones por varios motivos: relaciones de poder, gente joven y confiada, profesores adultos y personal de administración y servicios con experiencia. A esto hay que sumar la impunidad de la que disfrutan los agresores, la complicidad de la institución en aras de evitar el escándalo, compañeros que no quieren problemas y ocultan los “asuntos” argumentando que hay que proteger a las víctimas, pero en realidad se utiliza para amparar a los acosadores. No se toman medidas cautelares con los profesores a los que se les abre un expediente en inspección de servicios y/o incluso en los tribunales, tras una denuncia en las unidades de igualdad o de género, y siguen tratando con estudiantes, dando clases, dirigiendo Tesis Doctorales, TFGs, TFMs sin ningún problema. Ni siquiera se toman cautelares con las víctimas, que también son trabajadoras o miembros de la comunidad universitaria, quedando en un evidente desamparo.
En muchos periódicos en los últimos meses se ha dado cuenta de muchos casos de abuso, acoso y agresiones sexuales en diferentes universidades del país, incluso ha salido algún nombre mediático como el de Juan Carlos Monedero, que fue denunciado por alumnas, pero no fue condenado, aunque se reconoció un comportamiento poco decoroso, y todavía se desconoce la evolución el expediente en inspección de servicios de la Universidad Complutense. Se necesitan más denuncias y más informaciones de este tipo en todos los medios de comunicación. En realidad, se hace necesario otro Me too en la universidad española. Pero es muy difícil abrir ese melón porque conlleva un gran coste personal y profesional denunciar situaciones de este tipo para las víctimas, mayoritariamente chicas jóvenes, y algunas especialmente vulnerables por diferentes motivos. A mí me repugna la actitud y el comportamiento de muchos profesores, que son compañeros, colegas o conocidos del gremio, cuando te cuentan alguna de estas terribles historias o te llegan casos de denuncias.
Seguro que algunos de los que lean este artículo lo negarán a lo Soto Ivars o dirán que exagero, incluso molestará en el ámbito universitario, pero es una realidad demasiado cotidiana en nuestras aulas y pasillos desde hace mucho tiempo. Se ha callado mucho y durante mucho tiempo, ya es hora de romper el silencio y la impunidad. Hay que acabar con ese muro de silencio y de impunidad, y las autoridades académicas tienen mucha responsabilidad. De hecho, tendrán que dar muchas explicaciones cuando se conozca cómo abordan estas terribles situaciones. “A la calle que ya es hora”, como decía el poeta Gabriel Celaya. La justicia también debería ser más sensible y ágil en la resolución de estos procesos para ahorrar sufrimiento a las víctimas. Y la protección de datos no debe ocultar a delincuentes, se deben conocer los nombres para proteger a futuras víctimas. No reproduzcamos los mismos comportamientos que han ocurrido con las víctimas de la pedofilia en la Iglesia. Ya vamos tarde.
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Ana Martínez Rus es profesora en la Universidad Complutense.
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