Que alguien se lo explique a la derecha española Cristina Monge
El debate sobre la democracia se ha instalado en el interior de una realidad marcada por el desasosiego. Contemplar la realidad es convivir con la incertidumbre porque el mundo vive horas difíciles, muy difíciles. Junto a los problemas de siempre, situados en la existencia de dictaduras que mantienen la injusticia a través del autoritarismo, vemos también un desmoronamiento vertiginoso de los valores democráticos en las dinámicas sociales y en los comportamientos de la política internacional. Miramos al mundo y contemplamos el naufragio de la justicia, el descrédito de las instituciones y los acuerdos, el apoyo a los genocidios y la humillación de los derechos humanos.
Defender la democracia en este panorama puede convertirse en un ejercicio nostálgico o en una ilusión abstracta, una apuesta por bellos ideales que tienen poco que ver con el día a día. Por eso conviene ahora elegir una dirección contraria, tomar conciencia de que la descomposición de la democracia empieza con el día a día y que no hacen falta grandes catástrofes o viejos autoritarismos para imponer la desigualdad como norma. Merece la pena reconocer que la defensa de la democracia, más que un ideal abstracto de perfección, supone comprometerse con valores concretos, diarios, útiles para una convivencia justa.
Merece la pena pensar que la democracia es la defensa de una educación pública que posibilite la igualdad en la formación de la ciudadanía, evitando la separación entre ricos y pobres de una manera clasista.
Merece la pena pensar que la democracia es la defensa de una sanidad pública que se comprometa con los cuidados sin someter al dinero de cada familia las posibilidades de enfrentarse a la enfermedad y la supervivencia.
Merece la pena pensar que la democracia es un modo de regular el dinero para que un Estado equilibre las cuentas, los beneficios, y pueda contar con presupuestos para invertir en la sanidad y en la educación pública, más allá de los negocios particulares.
Merece la pena pensar que la democracia supone también un modo de regular las condiciones laborales, una manera de asegurar un trabajo decente y salarios que respondan a las condiciones de una vida digna.
Merece la pena pensar que la democracia, basada en los cuidados y en la convivencia, debe asegurar una pensión digna para las personas mayores, evitando que la jubilación suponga entrar en la pobreza y olvidando que los trabajadores han contribuido durante años a la financiación de la convivencia.
Merece la pena pensar que los impuestos, regulados según las posibilidades económicas de cada persona, no son un atraco, ni un robo político, sino un modo público de sostener la sociedad y una manera privada y personal de comprometerse con una comunidad, algo imprescindible para definir la propia identidad.
Merece la pena reconocer que la defensa de la democracia, más que un ideal abstracto de perfección, supone comprometerse con valores concretos, diarios, útiles para una convivencia justa
Merece la pena comprender que la cultura es un fundamento decisivo en los debates de la convivencia, porque nos ayuda a conocer y a conocernos, y que podemos elegir entre una ilusión colectiva que respete la diversidad y unas ideas que faciliten el desprecio a los otros, los discursos de odio, la deshumanización de los migrantes y el imperio del machismo y de los prejuicios sexuales.
Merece la pena comprender que la política es un debate social para tomar decisiones democráticas o antidemocráticas, un ejercicio indispensable para regular todos los valores de la convivencia, un diálogo necesario entro lo privado y lo público, y no un campo cerrado de odios, egoísmos y falsedades.
Merece la pena pensar que el respeto entre lo privado y lo público necesita en primer lugar defender un lugar: que la ciudadanía tenga derecho a una vivienda decorosa y accesible para organizar su propia vida en relación de vecindad con los demás.
Merece la pena comprender que la información es uno de los ejes decisivos de la democracia y que, para evitar la manipulación de las opiniones, los demócratas deben buscar formas de transparencia informativa que limiten el poder de los bulos, las mentiras, las noticias falsas y el enmascaramiento de intereses egoístas.
Merece la pena comprender todos estos asuntos para evitar que la libertad se convierta en la ley salvaje del más fuerte y la igualdad desaparezca bajo la hegemonía de las creencias que sustituyen la fraternidad por los discursos de odio.
Merece la pena saber que en un mundo globalizado las relaciones de justicia deben ser una aspiración internacional, sin que sea posible desentenderse de lo que ocurre más allá de una frontera. Nos construimos también en el exterior de nosotros mismos. Y a las personas que hablamos español nos duelen de manera especial los bombardeos y las violencias imperialistas de los EEUU sobre Latinoamérica.
Merece la pena abrir los ojos y ver que los peligros de la democracia no son una amenaza del futuro, porque hay políticas activas que están desarticulando ya la sanidad y la educación pública, que ven como una ofensa la mejora de los derechos laborales y que apuestan por financiar un pseudoperiodismo de carácter crispado y manipulador.
Y merece la pena, en fin, comprender que la democracia se funda en la responsabilidad de la propia conciencia. Merece la pena que los demócratas decidan reafirmar sus convicciones más simples, empezar con voz clara el nuevo año. Feliz 2026.
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