¿Quien insulta, pierde?

El arte del insulto ha generado mucha literatura. Los recelos, las sospechas, las envidias entre escritores tienen como exponente un elemento común desde el que insulta y ante aquél que es insultado: un poso de inteligencia e ingenio. Góngora, Quevedo, Lope, eran grandes insultadores, con una pericia mayúscula para descargar sus iras sobre un adjetivo, una sentencia o un verso que rasgaba las vestiduras del enemigo, arañaba la piel del otro, profería un golpe de excelencia en cualquier herida.

Pero los tiempos han cambiado. Ahora el insulto es atropello, improvisación, bilis, desde los que atacar desnudos de ingenio, desprovistos de astucia y, desde luego, de inteligencia.

La presidenta de la Comunidad de Madrid lanza un “hijo de puta” en la tribuna de invitados del Congreso como una pedrada, un resorte de su falta de oratoria que tiene que ver más con poca contención que con dominio del verbo. Cuando se mezcla la activación del odio con la poca preparación, casi siempre sale el eructo y el ruido, y, en ellos, una desesperada acción sin cimientos en el conocimiento, sin poso.

La concejala del PP que lanza un “hijo de puta” en un mitin de Sánchez está afirmando una voz de tribu entre los suyos, una destreza singular para atacar un debate ponderado y cuerdo, con la dimensión real de un “hijo de puta”.

Pero el problema viene cuando el insulto fácil se convierte en argumento de un partido, cuando la voz desgarrada de un “hijo de puta” es juicio suficiente del interlocutor político. Porque aquí podemos evidenciar dos elementos fundamentales.

El problema viene cuando el insulto fácil se convierte en argumento de un partido, cuando la voz desgarrada de un “hijo de puta” es juicio suficiente del interlocutor político

El primero es pensar que mediante esos improperios se activa la maquinaria de captación del voto, que tras un “hijo de puta” se encuadra la dimensión moral de una nueva política que favorece a quien lo profiere, que abre las puertas a aquello tan nuestro de “bien dicho” o al “así sí”, que marcan un camino abierto a la aceptación y al refuerzo de la actitud.

El segundo es pensar que el territorio de la política no se entiende desde la oratoria y la capacidad de convencer, desde el acercamiento de valoraciones, juicios racionales y análisis de estrategias, sino más bien desde las acometidas verbales al centro del estómago de los electores, allí desde donde lo irracional puede ser la llama que encienda el recurso más oportuno para alcanzar el poder.

El primero tiene que ver con la clase política en general, el segundo con la masa que compone la sociedad en su conjunto. Preocupante, ¿verdad?

Si hemos llegado a situarnos en un modo de hacer política en que un “hijo de puta” tiene la fuerza de un argumento, pongamos a preparar nuestras vidas para acudir a cualquier cita electoral protagonizada por el insulto en los púlpitos de la oratoria, por los faltones en las homilías, por la bilis en los consejos de dirección.

Y después de este análisis, parémonos a pensar cómo los aires de la política americana del norte están llegando a la cuna del conocimiento y la inteligencia, de qué manera Europa es asaltada por la verborragia del trumpismo, atenta sólo a la descalificación para consolidar discursos de odio, afrentas, reyertas y juicios sumarísimos desde ese tan recurrente “hijo de puta”.

Trump insulta a la prensa, a los países de la OTAN, al entramado societario que no baila su música, a los migrantes que tratan de defender sus vidas ahora en peligro por la existencia de una asociación criminal llamada ICE, a los que investigan su conducta sexual. Insulta como forma de vida porque su argumento no requiere mucho más en la destreza de su maquinaria de poder. Nadie le para los pies porque sus índices de aceptación después de determinados comportamientos se elevan satisfactoriamente para sus intereses.

Con todo, me temo que esto no ha hecho más que empezar. Y podemos afirmar que, además de nuestra lengua, también sufre nuestra democracia. Además de nuestra inteligencia, empieza a sufrir España como país, como entidad política, como ejemplo.

No nos dejemos llevar por un “hijo de puta”. Hablemos de las cosas que preocupan y ocupan a la clase social que activa los resortes del desarrollo real de un país, y hablémosle a la cara para decirles que nunca un insulto puede ser la llave para defender las capacidades futuras de España, su contexto general real. 

Quien insulta, pierde. ¿O no?

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Javier Lorenzo Candel es poeta.

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