El golpe que dio la democracia Pedro Vallín
Parecen dilemas pero son una trampa. Falsas dicotomías que, con un uso interesado del lenguaje, emergen en la conversación pública, generalmente de manos de la ultraderecha. Enormes trampas de las que los demócratas, y en especial las izquierdas, no consiguen zafarse. El brutal ataque de la alianza Israel-EEUU contra Irán va a ser la siguiente, pero ha habido otras, muchas otras, y todos las recordamos. En no pocas de ellas hemos caído.
Es posible estar contra el régimen iraní, una república islamista que acaba de aplastar a sangre y fuego la mayor ola de protestas ciudadanas desde 2009 –como refleja aquí Shlomo Ben Ami–, y al mismo tiempo condenar con toda la fuerza el ataque a ese país. Y, de paso, constatar que, una vez que estalla la guerra, nunca se sabe ni cómo continúa, ni hasta dónde llega, ni cuándo termina. Basta con señalar que en estos momentos unos y otros gobiernos se alejan de forma nítida de los mínimos estándares democráticos. El pueblo de Irán acaba de ser masacrado en las calles por sus temibles gobernantes, y ahora ha de padecer los daños colaterales que producen esos bombardeos supuestamente “quirúrgicos” que de repente se desvían y acaban arrojando un misil en una escuela infantil.
De la misma forma, es posible rechazar cualquier símbolo de opresión contra las mujeres, como el burka y el niqab, y defender el pluralismo cultural y la libertad religiosa. Basta con situar el debate en el marco de los derechos humanos y el laicismo. En ninguna aleya del Corán está escrito que las mujeres deban ser sometidas, señaladas, ocultadas ni aprisionadas en una celda de tela.
También es posible defender los derechos de la familia propietaria de un apartamento alquilado frente a unos caraduras que no cumplen su obligación como inquilinos, y simultáneamente proteger a los vulnerables para que no queden en desamparo. Para empezar, llamándoles pobres y no inquiokupas, como acertadamente señala aquí Joaquín Jesús Sánchez.
Es posible estar contra el régimen iraní, una república islamista que acaba de aplastar a sangre y fuego la mayor ola de protestas ciudadanas desde 2009 (...) y al mismo tiempo condenar con toda la fuerza el ataque a ese país
Ni siquiera fue cierta esa falsa dicotomía entre diversidad e igualdad, como señala Sandel en su conversación con Piketty transcrita en Igualdad. Qué es y por qué importa (Debate): “De ahí que piense que los fundamentos morales de la fiscalidad progresiva y la redistribución son inseparables de esas cuestiones de identidad, pertenencia, adhesión, comunidad o solidaridad”.
Cada vez asistimos de forma más clara a acontecimientos que se definen en la conversación pública mediante marcos y lenguajes manejados por la ultraderecha que acaban convirtiéndose en falsas dicotomías que ponen en aprietos a unas izquierdas demasiado cómodas en argumentaciones lineales y espacios binarios, conmigo o contra mí. Con los ayatolás o con Netanyahu y Trump; con el fundamentalismo islamista del burka o con la diversidad; con los propietarios o con los inquilinos; con la diversidad o con la igualdad. Habrá quien desearía que la realidad fuera así de simple, pero avanzar hoy supone asumir que este pensamiento binario dificulta sobremanera entender la realidad y dar una respuesta.
Para conseguir ver y saltar estas trampas es necesario resignificar los debates y reconceptualizarlos bien. Empezar por asumir la complejidad, reconocer los desafíos –como hizo Emilio Delgado al señalar que hay barrios en los que los chavales tienen miedo de salir a la calle, pese a las críticas que ha recibido–, y buscar respuestas dentro del marco, valores y paradigmas progresistas, con referencia en los derechos humanos, o en las banderas clásicas de libertad, igualdad y –la gran olvidada– fraternidad. Unos valores que necesitan hoy ser repensados a la luz de las necesidades actuales, sin abandonar ninguna bandera. ¿Por qué no se piensa la seguridad, la libertad, el poder o el dinero, desde marcos progresistas?
Acaba de estallar una guerra en Oriente Medio que, no por esperada, es menos dolorosa. Nadie sabe hasta dónde puede llegar. Es posible que el estrecho de Ormuz se bloquee y el precio del petróleo, y con él el del coste de la vida, empiece a subir. Una oportunidad –otra más– para que Europa compruebe hasta qué punto depender de fuentes de energía fósil de las que carecemos nos hace más pobres y más vulnerables. La izquierda tiene aquí una nueva oportunidad para ofrecer un programa político del que la derecha carece, pero para ello, antes, ha de esquivar muchas trampas. Las primeras, las que le tiende la ultraderecha: con unos o con otros. Son tiempos complejos, y por eso, precisamente, son tiempos de oportunidades… para quienes sepan verlas.
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