No diga inquiokupa, diga pobre

La semana pasada, una mujer fue asesinada por su expareja, contra la que tenía una orden de alejamiento. La víctima vivía junto a sus dos hijos, menores, en un piso en la calle López de Hoyos de Madrid, y había dejado de pagar el alquiler. ¿Cómo lo sé? Porque su casera, una tal Jacqueline, lleva semanas girando por las televisiones, aireando sus desdichas de rentista.

Leí la historia de Petronila, que así se llamaba la víctima, en un artículo de El Salto. Agobiada por el hostigamiento mediático, las invectivas de su casera y el merodeo de su asesino, había acudido al Sindicato de Barrio de Hortaleza en busca de ayuda. El final de la historia ya lo conocemos: ni la administración, ni la justicia auxiliaron a Petronila, que tuvo que malvivir sus últimas semanas con un miedo indecible mientras los matinales asustaviejas defendían el sacrosanto derecho de una propietaria a arrendar (¡cuanto antes!) un zulo sin cédula de habitabilidad.

Si en el mundo hubiese justicia, uno esperaría el advenimiento de un Núremberg por el que desfilasen todos esos colaboracionistas que, a fuerza de acosar a los pobres, les arruinan la vida y los llevan a la muerte

"Son las diez y tres minutos de la mañana, seguimos en Buenos días, Madrid. Seguro que recuerdan el caso de Jacqueline: vean cómo ha quedado su vivienda en López de Hoyos. Durante un año y medio ha estado inquiokupada". Con estas palabras, la periodista Raquel Pina arrancaba la tertulia del magacín informativo de la televisión pública madrileña. A continuación, pinchaban un vídeo grabado por Jacqueline, quien, afectadísima, pululaba por la casa de una muerta brincando sobre los juguetes de unos huérfanos. Ay, ¡los desperfectos! Después, el más comprensivo de los reporteros le tendía el micrófono para registrar su estado de ánimo. "Es la peor manera en la que he podido recuperar mi vivienda".

Si en el mundo hubiese justicia, uno esperaría el advenimiento de un Núremberg por el que desfilasen todos esos colaboracionistas que, a fuerza de acosar a los pobres, les arruinan la vida y los llevan a la muerte. Lo imagino y me engolosino: una corte severísima y vengativa y, frente a ella, un banquillo repleto de presentadores, vendedores de alarmas, legisladores, columnistas, voceros apoltronados y ministros que, pudiendo hacer algo, se contentaron con pedir comprensión a los grandes tenedores y buena fe a los fondos buitres. Y que, tras un justísimo veredicto, no se permitiese que ninguna de esas víboras se marchase de este mundo sin probar unas cuantas paladas de la desdicha que causaron.

Conozco a demasiada gente (con carrera, tres másteres y dos idiomas) que está a un retraso en la nómina de caer en la inquiokupación, neologismo asqueroso (letra escarlata para quien lo pronuncia) en el que se concentra lo más nocivo de nuestro tiempo: la criminalización del vulnerable, la desidia de nuestros gobernantes, la mercantilización de los derechos fundamentales y la rentable espectacularización de la desgracia. Releo las noticias sobre este episodio y me asombra una coincidencia: la constatación de una "falta de empatía". Emoción deseable, quién lo duda, pero triste sucedáneo del derecho. Requerimos justicia, no buenas intenciones. Y si asumimos que las leyes no van a defendernos, entonces que arda el cielo y que la violencia nos alcance a todos con un terror tan desaforado que siente precedente: que, de puro miedo, nadie quiera atreverse a mercadear con la vida, la salud o la dignidad de nadie.

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