Izquierdistas, uníos

Últimamente empiezo a convencerme de que he muerto y me han mandado al purgatorio. Y que como castigo no me ha tocado empujar ninguna piedra hasta una cumbre ni padecer una sed inaguantable, sino asistir al infinito intento de coalición entre las izquierdas.

Gabriel Rufián y Emilio Delgado se juntaron el otro día en la sala Galileo de Madrid para decirle a la izquierda del pe so e (vamos, a la izquierda): oye, a ver si nos juntamos. Me gustaría contarles que explicaron cómo, pero no tuvimos esa suerte. En la charleta, que si no fue improvisada es que son actores del método, se nos advirtió del auge de la extrema derecha (breaking news!), de lo peligroso que podría haber sido Albert Rivera (¡extra, extra!) y de que a Rufián lo llaman «gordo» en nosequé artículo. Para ser la lanzadera de un proyecto político multimarca, demasiada autobiografía. «Hablé con Anguita quince días antes de morir», aham; «leo más de lo que la gente cree» (cáspita) y otros fundamentos ideológicos incuestionables. Entre tanto, Delgado apuntillaba: camaradas, hay que meterse en lo del fitness, el estoicismo y los videojuegos para arrebatarle ese espacio al fascismo. Desde la toma del Palacio de Invierno no se conoce ambición igual.

«Tres o cuatro puntos programáticos». Vamos allá: antifascismo, autodeterminación, dignificación de las condiciones de vida y vivienda. La idea, según entiendo, es no pisarse: rifémonos las circunscripciones, mira que nos comen los fachas. «Ciencia, método y orden». Tonillo soviético, ¡bien jugado!, pero a saber qué significa. «¡El burka está fatal!», que sí, Gabriel, ¿pero no estábamos con lo de las confluencias?

Ando deseandito de encontrar una marca electoral a la que votar sin arrastrarme a mí mismo por las solapas hasta la urna. Me contento con poco: siquiera necesito ilusión

Un quinquenio largo campaneando con que viene la ultraderecha y, por lo que sea, la ultraderecha no deja de llegar. Como estrategia, convendría descartarla. En el acto galileico («eppur si muove») Rufián hacía autocrítica. Hemos fracasado, no hemos sido capaces de atajar el principal problema de este país, que es la crisis de la vivienda: votadnos ahora, que esta (de verdad, pinky promise) es la buena. «Nosotros haríamos un pe so e mejor». Chico, qué apasionante.

Querido lector, no me malinterprete: ando deseandito de encontrar una marca electoral a la que votar sin arrastrarme a mí mismo por las solapas hasta la urna. Me contento con poco: siquiera necesito ilusión. Pero si la piedra fundacional del nuevo engrudo llamado a estrellarse en las nacionales comienza con dos ponentes contando batallitas y discutiendo sobre si se presentan para ganar las elecciones o para «someter» a los socialistas utilizando —como artefacto legislativo— «un grupo interparlamentario coordinado común» (supersónico, califragilístico, federal)… agárrate, que vienen curvas.

Curioso por cómo habría sentado la propuesta en ese fraternal avispero al que llamamos «espacio progresista», compruebo que fenomenal. En las redes sociales, arrobaReplicano1931 le mienta la madre a PodemitaCírculodeAlbacete. Los retuitea ObreroEnfurerido14deJulio, enlazando un vídeo en el que la Pasionaria recita La tierra baldía. Los líderes de los partidos aludidos declaran que la están peinando, que la cosa no va ni de siglas ni de nombres, pero que puestos a haberlos, mejor los suyos que los de al lado. Rufián insiste en que le encantaría defender los intereses de un tipo de Algeciras, y que, aunque aún no sabe cuáles son, está dispuesto a averiguarlo. Por todas partes proliferan aquellas declaraciones cariñosísimas del diputado catalán: ¿por qué tienen que ir mis impuestos a pagar el comedor de mis primos de Jaén?

Más sobre este tema
stats