Raúl del Pozo, el triunfo del jugador Víctor Guillot
En el limbo han debido de montar una buena zambra a cuenta de su último inquilino, Raúl del Pozo. Uno se despeñó en este oficio de impostores leyendo las columnas del periodista al que la vejez le había cincelado el cráneo blanco de un cónsul que asomó la luz por primera vez bajo un cielo de pastores, en la serranía estrellada de Cuenca. Su astucia y su instinto político bailaron todas las mañanas un chotis con aquel estilo silvestre y montaraz, dispuesto a hacer levitar a los muertos o iluminar un Madrid de sables vibrante, lírico y hambriento. Esa era la naturaleza última de su magisterio escrito a diario en las columnas de El Mundo por las que circulaban periodistas, políticos y escritores del gremio junto a todo el cante jondo del Madrid profundo y folclórico del uno al otro confín.
Escribía en la lengua de germanías, como un dios desterrado del cielo caído en las butacas del Congreso, bastardo y confeso de todos los pecados de un Madrid D.F. que sólo dejaba un reguero de cadáveres políticos y recuerdos que se perdían en los pliegues de las sábanas. No habría dedicado mi vida a este oficio si no fuera por la admiración que le tenía cuando uno comenzó a percibir que también le nacían los pelos en los huevos y le gustaba contar cosas. Con él aprendí que escribir la crónica política exigía la picardía de los trujamanes, la complicidad de los gariteros, la alegría de los gitanos y el misterio de los asesinos.
Uno, aquellas tardes adolescentes y febriles, se las pasaba buscando la firma de Raúl Júcar en los anaqueles del Mundo Obrero que guardaba algún camarada en la vieja sede del Partido, cuando la izquierda era esa mole granítica de tiempo, inapelable como lo es siempre un manual de historia, llamada PCE. Entonces Raúl era el eco de toda una clase obrera que se manejaba en el sermo vulgaris de la fábrica que llegaba a todas las esquinas, incluso a los palacios y los casinos que el mismo Raúl frecuentaba en su llegada al todo Madrid. Pero la admiración llegó realmente cuando forjó su batalla personal contra la guerra de Irak, Bush, Felipe González y todo el planeta americano en aquella aventura que fue El Independiente. Después quedó galvanizada con el juego de tahúres parlamentario que dejó impreso en sus relámpagos literarios y políticos que fulguraban intermitentemente en la primera hora de El Mundo de Pedro Jota.
Aprendí de Raúl del Pozo que escribir la crónica política exigía la picardía de los trujamanes, la complicidad de los gariteros, la alegría de los gitanos y el misterio de los asesinos
El gran acierto de Pedro Jota fue construir un periódico de derechas con las mejores firmas de izquierdas. Hubo un tiempo de gloria y poder, que diría Gay Talese, en el que un mismo periódico congregaba al dream team del columnismo español: Umbral, Del Pozo, Rigalt, Ortiz, Villena y, en la última hora, Montero Glez y Ángel Antonio Herrera.
Fue Umbral quien me dio una clave de este siglo poco antes de morir: este era un tiempo de compraventa. Decía Umbral que se sentía un hombre tan compra-vendido como tantos otros que están en el juego del periodismo, la literatura o la política. “Yo soy de los que opinan que se está o no se está dentro de este juego y que aquí no caben medias tintas. Si no se está es porque no se ha querido o porque no se ha podido”.
De Raúl del Pozo, su sucesor en la columna, me contaba Umbral que tenía una prosa privilegiada, propia, personal y con una fuerza que casi nadie ha tenido. No es una voz exquisita, sino de gitanos y de toros, llena de hallazgos líricos. A medida que pasaron los años, uno fue descubriendo que la sabiduría de Raúl era puro instinto de zahorí, olfato de zorro rodeado de corderos. Era un oráculo estupendo capaz de ver el futuro de un país en el reflejo de un cubito de hielo. Hubo un tiempo en que la política, la literatura y la noticia se hacían siempre en los bares. Hoy parecen disolverse en las pantallas de los móviles. Quiere uno decir que con del Pozo se va una manera de hacer columnismo, el que principió con Quevedo, pues qué era si no don Francisco sino un periodista que escribía sus columnas contra Felipe IV en sonetos.
Efectivamente, retirarse y vivir fuera de la literatura, el periodismo o la política, o sea, ir a trabajar a una oficina tranquilamente y luego estar en casa con los niños pudo ser una opción, lo que pasa es que a nosotros esa vida no nos va. Nos ha tocado un tiempo (todos lo fueron) en el que el escritor lo pasa muy mal. Pero sabemos que hay que estar, que debemos aceptar el juego, apostar y, como Raúl, conseguir ganar. ¡Que viva el vino!
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