Sobre la (in)coherencia española en la guerra de Irán Alejandro López Canorea
Como si León XIV negara la existencia de dios, así cayó la frase de Ursula von der Leyen en el corazón de Europa. La presidenta excedió sus competencias (no las tiene en Exteriores) pero, sobre todo, abrió un debate de calado que debía ser contestado. Lo hicieron su homólogo en el Consejo, António Costa; su número dos, Teresa Ribera; o el propio José Manuel Albares. Si Europa no puede ser “la guardiana del orden mundial”, entonces ¿qué es? Si no es salvaguarda, ¿para qué sirve? Si damos ese mundo por muerto, ¿no debería dar la presidenta alemana un paso atrás?
Bienvenida la rectificación de Von der Leyen –”compromiso inquebrantable” ha llegado a decir– y más todavía el hecho de colocar la discusión en su sitio. Hemos escuchado a conservadores de España y Europa afirmar que la ilegalidad de la guerra en Irán está avalada por su legitimidad. Un axioma imposible. Alguien puede merecer la muerte por sus crímenes, y matarlo nunca sería legítimo. La legitimidad sin legalidad no existe. O sí, es la barbarie.
Si la presidenta de la Comisión cae en la capitulación del orden mundial basado en reglas tiene un camino más rápido, dar la razón a los ultras. Porque asumir esa desaparición es rendirse a la ultraderecha. A la antipolítica del ‘pueblo salva al pueblo’ en ausencia del Estado. El mantra de Vox, los Patriots, AfD y tantos otros propagandistas del sistema podrido. Agitan el descontento con el ‘no hay nada que hacer’ para recogerlo en votos –y subvenciones, esas que en campaña dicen rechazar–.
Si Europa no puede ser “la guardiana del orden mundial”, entonces ¿qué es? Si no es salvaguarda, ¿para qué sirve? Si damos ese mundo por muerto, ¿no debería dar la presidenta alemana un paso atrás?
Si frente a un Trump que apela a su moralidad como único límite de su poder hay una presidenta de la Comisión que renuncia al orden del derecho en Europa, el resultado a medio plazo es el hundimiento de la Unión. Es de suponer que Von der Leyen pretendía hacer cierto guiño a Estados Unidos e Israel, y su declaración se le fue de las manos en toda su literalidad. Primero, porque dar por muerto el orden y sus reglas es dar luz verde a quien lo ha demolido. Segundo, porque nadie “llora” la caída del régimen en Irán, como llegó a decir. Ahí otro guiño. Es una buena señal el revulsivo que ha despertado la frase desafortunada que encierra una tensión real en Europa. Pero que la defiendan los más descreídos, no puede arrastrar a la élite de las instituciones. Si ellos no son garantes, sobran ellos. Titulaba El Mundo en su portada “La división de Europa estalla con el No a la guerra de Sánchez”, como si fuera malo para España y Europa ese “no” como dique de contención a la decisión unilateral de Trump y Netanyahu.
Más allá de que Francia, Italia e incluso Alemania se han movido hacia esas posturas de contención, Europa es quien más necesita esas reglas. Y además es mentira que ese orden haya muerto. Lo fuerzan las grandes potencias pero lo limitan sus contrapoderes. Entre ellos, el de las democracias europeas. Para los conservadores, Europa no puede caer en el buenismo de las Naciones Unidas. Como si la UE pudiera entenderse fuera de la ONU. Hay numerosos tratados europeos vinculados directa e indirectamente al cumplimiento de sus resoluciones. Desde el Tratado Fundacional al de Lisboa, en materia de Exteriores, cooperación y seguridad es donde más opera ese vínculo de las instituciones comunitarias con las resoluciones del Consejo de Seguridad. EEUU abrió una guerra ilegal en Irak y todavía lo está pagando por saltarse ese mismo engranaje.
Doce días después de que comenzara el ataque contra Irán, está claro que los posicionamientos de los países europeos cuentan. No hay potencias pequeñas o medianas si el impacto trasciende, como el de España. El silencio o la complicidad sí empequeñecen. Porque, al contrario de lo que dijo Von der Leyen, saltarse ese orden internacional te hace más débil. Vivimos un momento político donde cualquier tibieza y debilidad será aprovechada por el más fuerte. Sin el “No a la guerra” de España, no sabemos qué revulsivo habría tenido el amago de capitulación de Von der Leyen.
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