Las iglesias no eran blancas Lucila Rodríguez-Alarcón
A lo largo del año tenemos varias celebraciones que nos recuerdan y permiten visibilizar a la mujer y todo el trabajo que queda por hacer para una sociedad igualitaria. Son celebraciones que permiten dar pasos muy importantes. Esos días se repiten mensajes que, siendo importantes, no son suficientes por sí solos. Son, en realidad, de las celebraciones que más me gustan y considero necesarias. Como hombre quiero y demando una sociedad justa e igualitaria. En algunas de las reclamaciones se habla de brechas, de vocaciones, de referentes. Se publican listas apresuradas de nombres femeninos ilustres. Pero no es suficiente. Se queda en el entorno de esos días y … quizás, hasta la siguiente. Estoy hablando en general de la sociedad, no de las muchas entidades y mujeres que trabajan todos los días del año, obviamente.
Por este motivo, he pensado que sería bueno hablar del fondo de uno de esos temas y fuera de esa fecha. Hablamos del papel y reconocimiento de la mujer en la ciencia y la innovación. El fondo del problema sigue ahí: no solo faltan mujeres en la ciencia; faltan mujeres en el relato que hacemos de la ciencia.
La historia científica que hemos aprendido —en los libros, en los documentales, en los medios— es una historia incompleta. No porque los datos sean falsos, sino porque están mal contados y peor repartidos. Durante siglos, el conocimiento producido por mujeres ha sido ignorado, minimizado, atribuido a otros o directamente borrado. Y ese silencio no es neutro: tiene consecuencias que llegan hasta hoy.
Uno de los ejemplos más reveladores —y más incómodos— es el de Eunice Newton Foote. Su nombre no suele aparecer cuando se habla del origen de la ciencia climática. No está en los manuales escolares. No suele citarse en los debates públicos sobre el cambio climático. Y, sin embargo, fue la primera persona que demostró experimentalmente la relación entre el aumento del CO₂ y el incremento de la temperatura atmosférica.
Corría el año 1856. El carbón impulsaba la revolución industrial, pero nadie hablaba aún de calentamiento global. En ese contexto, Eunice Foote realizó un experimento sencillo y brillante: utilizó cilindros de vidrio, termómetros y distintos gases para observar cómo reaccionaban al calor solar. Su conclusión fue clara y escrita con una lucidez asombrosa: una atmósfera con mayor concentración de dióxido de carbono sería más cálida. No era una opinión. Era ciencia empírica.
Ese hallazgo es, ni más ni menos, uno de los pilares sobre los que hoy se sostiene toda la comprensión del cambio climático. Y, sin embargo, durante más de un siglo su trabajo fue relegado al olvido, mientras otros nombres —masculinos— ocuparon el lugar de pioneros.
Las mujeres no eran consideradas sujetos científicos plenos, aunque hicieran ciencia de primer nivel. Este no es un caso aislado ni una injusticia anecdótica. Es un patrón
¿Por qué ocurrió esto? La respuesta es incómoda, pero necesaria: porque Eunice Foote era mujer. En su época, no podía presentar sus propios trabajos en congresos científicos. Su estudio fue leído por un hombre en una reunión de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. No por casualidad, sino por norma. Las mujeres no eran consideradas sujetos científicos plenos, aunque hicieran ciencia de primer nivel.
Este no es un caso aislado ni una injusticia anecdótica. Es un patrón. La invisibilización de las mujeres científicas no es una excepción histórica: es una constante estructural. Y cuando ese patrón se prolonga durante generaciones, acaba creando una idea profundamente errónea pero muy arraigada: que la ciencia es cosa de hombres, y que las mujeres llegaron después, como invitadas tardías.
Ese relato es falso. Y, además, es peligroso.
Es falso porque las mujeres han estado presentes en todos los ámbitos del conocimiento: astronomía, medicina, química, biología, matemáticas, física… desde siempre. Y es peligroso porque condiciona el presente. Si no nombramos a las mujeres del pasado, las niñas del presente no se ven reflejadas en el futuro.
Cuando una niña aprende ciencia sin mujeres, no solo aprende contenidos: aprende límites. Interioriza, muchas veces sin darse cuenta, que ese no es su lugar natural. Que puede estar, sí, pero como excepción. Como rareza. Como alguien que tiene que demostrar el doble para ser considerada la mitad.
Reconocer a figuras como Eunice Foote no es un gesto simbólico ni una corrección cosmética. Es una cuestión de rigor intelectual
No debemos limitarnos a motivar vocaciones futuras en las niñas, aunque sea importante. Debemos revisar críticamente nuestra memoria científica y preguntarnos a quién hemos dejado fuera y por qué. Para entender que la falta de referentes no es un accidente, sino el resultado de decisiones culturales y sociales muy concretas.
En el caso de la ciencia ambiental y climática, esta reflexión es especialmente urgente. Nos enfrentamos a uno de los mayores retos colectivos de la historia humana. Y, paradójicamente, seguimos explicándolo desde un relato incompleto, donde las voces femeninas aparecen tarde, poco o nada.
Reconocer a figuras como Eunice Foote no es un gesto simbólico ni una corrección cosmética. Es una cuestión de rigor intelectual. Si hablamos del origen del conocimiento climático y omitimos a quien primero identificó el papel del CO₂, estamos contando mal la historia. Y contar mal la historia tiene consecuencias: distorsiona nuestra comprensión del presente y empobrece nuestra capacidad de imaginar soluciones.
Además, hay una ironía difícil de ignorar. Durante décadas, la ciencia climática fue desoída, minimizada o ridiculizada. Y una de las primeras personas que advirtió de ese problema fue una mujer a la que tampoco se escuchó. El silencio se superpuso al silencio.
Hoy sabemos que el exceso de CO₂ altera el clima, intensifica fenómenos extremos, amenaza ecosistemas y compromete el futuro de millones de personas. Lo sabemos gracias a una acumulación de conocimientos científicos. Pero también deberíamos saber quién empezó a hacer las preguntas correctas y quién tuvo el valor intelectual de mirar más allá de su tiempo.
Visibilizar a las mujeres científicas del pasado no es un ejercicio de nostalgia ni de corrección política. Es una herramienta poderosa para cambiar el presente. Porque cuando ampliamos el relato, ampliamos también las posibilidades. Cuando mostramos que la ciencia siempre fue diversa —aunque no se reconociera como tal—, desmontamos la idea de que la diversidad es una concesión moderna.
La ciencia no necesita cuotas de talento: necesita justicia narrativa. Necesita contar su historia completa, con todas sus voces. Necesita asumir que ha perdido tiempo, ideas y avances por haber excluido sistemáticamente a la mitad de la población.
Y, sobre todo, necesita entender que el futuro de la ciencia —y del planeta— pasa por no repetir los errores del pasado. No solo en términos de emisiones o de consumo, sino también en términos de reconocimiento, igualdad y memoria.
Si hoy queremos más mujeres investigando el clima, la biodiversidad o la energía, empecemos por nombrar a las que ya estuvieron allí cuando nadie las miraba. Porque cada nombre recuperado no es solo una deuda saldada: es una puerta que se abre.
Y quizá, cuando una niña escuche que una mujer habló del CO₂ y del calentamiento global en 1856, deje de pensar que llega tarde a la ciencia. Y empiece a entender que forma parte de una historia que siempre fue suya, aunque durante mucho tiempo no se lo contaran.
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Miguel Aguado Arnáez es Divulgador Ambiental, docente en la Universidad Europea y Socio director de la consultora en comunicación y sostenibilidad B LEAF.
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