Madrid D.F. Confidential Víctor Guillot
LA GUILLOTINA
Fue un tipo disfrazado de cura el que accedió al domicilio de Luis Bárcenas, el mismo que, embozado en una sotana negra, intentó después secuestrar a su esposa y a su hijo. Nadie supo en ese momento si llamar a la policía o pedir la extremaunción. Cuenta Rosalía, la esposa del extesorero, que su chófer había cambiado de actitud en las últimas semanas. Ya no era el mismo hombre dispuesto a servir diligentemente a la mujer que veía cómo todos sus sueños se destruían. La cortesía del principio con la que el chófer trataba a Rosalía había dado paso a constantes muestras de falta de respeto y nerviosismo. Efectivamente, algo había cambiado. Bajo el uniforme de asistente se ocultaba un infiltrado. El día de su secuestro pudo haber cristales rotos y sangre en el salón de casa. Las grabaciones, los seguimientos, el falso cura, los pendrives, los discos duros, el secuestro fallido… Fuese todo y no hubo nada. Sólo miedo y un par de hits de Taburete.
Por la declaración de Bárcenas en la Audiencia Nacional de hace unas semanas, hemos conocido que el extesorero del PP, condenado a 29 años por Gürtel y con 8 años cumplidos en el penal de Soto del Real, afirmó que el abogado Javier Iglesias, vinculado al PP, trató supuestamente de sobornarle por 500.000 euros si lograba modificar la “contabilidad extracontable”. Después confesó ante la jueza Teresa Palacios que también intentó extorsionarle. Esto es el Madrid D.F., donde las balas decoran tanto como la bisutería en el cuerpo de un extraño y las sugerencias tienen la sonoridad sinfónica de un ultimátum.
Kitchen apesta desde el principio a cloacas. Parece claro que por ellas el comisario Villarejo operaba por encima, debajo o al margen de la ley en presunta defensa de Mariano Rajoy, María Dolores de Cospedal, Sáenz de Santamaría et alli, contra el independentismo catalán, Podemos, Bárcenas y cualquiera que amenazase a alguno de los poderes empresariales o financieros a los que el policía ofrecía sus servicios. Nadie sopesó entonces que eran demasiadas dianas para un solo peón con un parche en el ojo. Necesitamos saber quién le indicaba los órdenes. Se esperaba que Kitchen fuera el Watergate de este siglo. Acertaron: lo es.
La instrucción comenzó en 2018 y se cerró tres años después. Estos días se juzga a Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior, y a su secretario de Estado, Francisco Martínez, pero la relevancia del juicio parece estar siendo amortiguada por el paso del tiempo. Eso dicen en el Lex, el café donde se juntan a desayunar abogados, jueces y periodistas. Y es cierto. A este paso, la declaración de Fernández Díaz será la de un esqueleto esposado a un rosario. Pero la justicia de este país es un circo de dos pistas. Los digitales se han empeñado en que el cañón de luz ilumine el trapecio desde el que pendulea la melancolía de José Luis Ábalos y la roña de Koldo García. Los dos acuden al Supremo como dos paquidermos que jamás se equivocaron lo suficiente como para que su destino no tuviese remedio. Pesa más la brillantina de la Sala II del Tribunal Supremo que el caso que juzga el estado vital de la democracia en España.
Todos los implicados en el caso Kitchen actúan sumidos en una especie de placenta amnésica. Nadie recuerda nada. Todos ignoraban la profesionalidad de Villarejo y apenas hablaban de asuntos policiales con Jorge Férnández. Todos rehúyen hablar menos dos policías que se han presentado ante la Audiencia Nacional con la pulcritud de dos ciudadanos honestos sacados de un cuadro de Hopper. El inspector jefe de la unidad de Delitos Económicos de la UDEF, Manuel Morocho, y el inspector jefe de la Unidad de Asuntos Internos, Gonzalo Fraga, son los héroes discretos, observadores, tan medidos como quirúrgicos con los datos y las palabras, tan comprometidos con la verdad como ajenos a toda la morralla que les rodea. Cuando hablan escapan de los adjetivos. Sólo disparan sujetos, verbos, predicados. Sorprende su precisión, su memoria, literalmente blindada frente a la corrupción. Su vida aparenta ser tan limpia como aburrida. Son tan legales que uno podría decir sin exagerar que declaran a Hacienda las propinas.
Los investigadores de Gürtel y Kitchen ratificaron respectivamente en sus declaraciones los indicios de una operación policial financiada con fondos reservados. Fraga identificó a Mariano Rajoy como "el Asturiano" y "el Barbas" en las grabaciones de Villarejo y Morocho reconoció que le ofrecieron Guatemala como destino. Sus superiores vaciaron de personal la unidad que dirigía para impedir que escarbara en Gürtel. Llegó a estar tan solo que en su despacho se podría trabajar desnudo.
—No tienes sentido del humor. ¿Y no te puedes deshacer de esas gafas? Entorna los ojos, haz algo. Fuera de Thad Green, no conozco a ningún fulano de Detectives que use gafas. Se lo dice Art de Spain a Ed Exley, el teniente detective de Los Ángeles en la novela L.A.Confidential, pero se lo podían haber dicho también a Morocho. Gürtel y Kitchen podrían haber sido dos novelas escritas por James Ellroy. Los Ángeles como el Madrid D.F. tienen algo en común: son dos trituradoras de carne humana. En el relato construido por James Ellroy se describe una red de corrupción dentro del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD). La Operación Kitchen juzga una presunta trama parapolicial diseñada para espiar y robar documentos sensibles al extesorero del PP, utilizando fondos reservados del Estado. El teniente detective Exley terminó convertido en un paria por no seguir el código de silencio de sus compañeros y Morocho relató ante la jueza cómo había sufrido un "desmantelamiento" de su unidad y un destierro interno por su integridad.
'Kitchen' se está quedando en un teatro de sombras chinas, la pantomima mucosa de una hoguera cuyas llamas mojadas estuviesen a punto de apagar el fuego
Kitchen se está quedando en un teatro de sombras chinas, la pantomima mucosa de una hoguera cuyas llamas mojadas estuviesen a punto de apagar el fuego. Es muy posible que Gloria de Pascual, abogada del PSOE en la causa, pida la nulidad del juicio. De pronto, ninguna de las acusaciones presentes formula las preguntas adecuadas. Ni el abogado de Villarejo a Sáenz de Santamaría, ni la abogada de Bárcenas a Dolores de Cospedal. Alguien sugirió en el Lex que, por favor, los presentaran a todos antes de entrar en la Sala. A lo mejor con un par de copas encima, el abogado del Estado o el Fiscal también se animaban a preguntar. Aún quedan por declarar unos cuantos policías, el exministro Jorge Fernández Díaz y el chivo expiatorio que se acabará comiendo todo el marrón, su exsecretario de Estado, Francisco Martínez. Alguien debería aconsejar a ese tipo que se tome las cosas con la inquieta calma que se necesita para que el sudor le enfríe la cabeza. El número dos de Interior tiene en su declaración la llave para determinar si todo esto queda en nada o si, por el contrario, estamos ante el Watergate de la historia de nuestro país. ¿Tirará de la manta?
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