El camino

José María Barrionuevo

Cuando en la política se ha usado el nombre de la Virgen del Rocío y el capote que nos puede echar para llevarse a la gente de calle hacia las mesas electorales, marcando tendencia, o el de otra virgen cualquiera, como en las últimas elecciones, o se habla con una vaca blanca y negra para mover los sentimientos, precisamente humanos, haciendo dejación de propuestas, de proyectos, de programas y de verdaderos compromisos, amparándose sólo en la fuerza, como una sospechosa vis cómica que puede caracterizar a nuestra gente, nos huele peor que aquel tinao de nuestra niñez, que el boyero tenía que limpiar a diario, para aumentar el abono ecológico que se iba transformando en un poderoso fertilizante con el paso de los días y días, cara al sol, sin reparar en el paso del tiempo, en la corraleta de al lado.

La gente de nuestra tierra quiere vivir en paz y hacer el camino del Rocío sin problemas, porque es la fiesta y la tradición quien la mueve y la promueve.

Todos y todas se tiran a las inclemencias del camino, sin más pretensiones que sentirse unidos y, en llegando, sentirse reunidos.

No importa ni cómo ni cuándo comenzó todo, porque sabemos desde hace algún tiempo que “se hace camino al andar”.

No importa saber que en los antiguos tiempos, con todo el Imperio Romano a su favor, la religión se contagiara de supremacismo y considerara a la gente de los pagos como paganos, ya que seguían con sus devociones antiguas, con preferentes fervores hacia deidades femeninas, que seguían alimentando la religiosidad del pueblo llano.

El decálogo se resume en dos consideraciones del pueblo, ya demasiado añejas, que de siempre hemos escuchado y que nos decían así: “Yo ni robo ni mato!

Tampoco importa si las vírgenes eran blancas y patrias o de color y prestadas, ya que la reunión y el encuentro con todos eran lo que producía y regeneraba ese bienestar sin tacha, que no se contamina de dicotomías ni maniqueismos barriobajeros, como puede verse en las competiciones deportivas, preferentemente hijas de la pérfida Albión, que nos hipotecan tiempos nuestros de los días de descanso.

Tampoco importa si es verdad que “la Virgen lleva en el hombro una salamanquesa de plata y oro”, porque viene de muy lejos la función de ese animalito totémico de civilizaciones antiguas, como podría ser la tartésica, que sentaron plaza en estas latitudes y que los tiempos se han negado a ocultar y olvidar.

Tampoco importa si la festividad de la Virgen oscurece totalmente la fiesta del mismísimo Espíritu Santo, porque la preferencia popular haya abierto el baúl de los recuerdos y no la caja de los truenos de aquellas palabras del profeta, poco irénicas, que nos aclaraban que “fuego he venido a traer a la Tierra y no quiero otra cosa sino que arda”.

Quizás lo que importa es que el decálogo se encierra en dos propuestas tan populares, que hemos escuchado hasta la saciedad, porque el Rocío es amistad y vida. Así se resume en dos consideraciones del pueblo, ya demasiado añejas, que de siempre hemos escuchado y que nos decían así: “Yo ni robo ni mato”.

La complejidad política de este mundo tan moderno está tirando por la borda con los prejuicios modernos cifrados en posverdades

La honradez y el respeto a la vida de los demás, aunque sigan siendo otros, y que nos parecen casi ancestrales, tan antiguos y remotos, pero que pueden seguir moviendo conciencias, son joyas de la convivencia humana que la complejidad política de este mundo tan moderno está tirando por la borda con los prejuicios modernos cifrados en posverdades y crímenes de los desaprensivos, tan modernos y tan ricos y tan poderosos ellos.

Sin embargo, el tanto hacer un camino más que trillado no nos vale si no se ve con claridad que no se puede repetir el paradigma de seguir confiando en aquellos que nos engañan y siguen robando y matando, porque así “de nada nos sirve rezar”.

Una vez más el camino nos recalca la voluntad de seguir adelante y de mejorar cada vez la tierra donde pisamos. Al regreso podemos no tenerlo en cuenta, porque, de todos modos, no nos enseña nada.

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José María Barrionuevo es socio de infoLibre.

José María Barrionuevo

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