Topuria sí, Lamine y Salma no

Me alegra mucho que pese a que Ilia Topuria, hijo de georgianos y nacido en Alemania, haya roto su buena racha y perdido el combate contra Justin Gaethje, nadie le haya mandado a su país ni haya cuestionado su españolidad. Bueno, no solo me alegra, diría que hasta me parece un lujo que no se les concede a otras personas. A Lamine Yamal o a Nico Williams, uno nacido en Barcelona y el otro en Pamplona, no siempre les pasa. Y no por lo que implica ser catalán o navarro en este Estado, sino por su color de piel. En el caso de Lamine, que es moro y negro, se suma que es musulmán, que su abuela lleva velo y que no encaja con lo que se espera del migrante de segunda generación perfecto, ese término que nos encaloman para no llamarnos españoles. El tipo lleva con orgullo la camiseta de la roja y calza unas botas de fútbol con las banderas de sus también tierras, Marruecos y Guinea Ecuatorial. Y eso a algunos monopaís les parece un ultraje. Nos exigen a los mil leches que escojamos entre nuestras identidades nacionales cuando, miradnos, las llevamos puestas todo el rato y, lo creáis o no, podemos ser muchas cosas al mismo tiempo, comer cous cous y bravas, bailar bikutsi y, en mi caso, jotas segovianas. ¿Y qué pasa?

Por si no fuera suficiente, Lamine creció en Rocafonda, un barrio de Mataró de esos que algunos diputados del partido de las tres letras llamaría vertedero intercultural por contar con un porcentaje importante de población racializada, migrante o de ascendencia migrante. Y él, lejos de avergonzarse de sus orígenes, ha celebrado varios goles haciendo con los dedos la forma de un tres, de un cero y de un cuatro. Las cifras del final del código postal de su vecindario. Orgullo periférico ya que, aún tocando las estrellas, no solo no se avergüenza de venir de un entorno humilde sino que lo celebra y lo grita a los cuatro vientos. ¡Bravo!

Pero es que, encima, celebró la victoria del Barça en la Liga sacando la bandera de Palestina y denunciando así que estemos viviendo un genocidio en tiempo real y no hagamos nada. No le considero un Nelson Mandela; ahora bien, tampoco resulta tan habitual que un futbolista se posicione.

El caso es que a Lamine, con todo su recorrido vital más lo que lleva en el torrente sanguíneo, le quieren solo si es bueno. No, excelso. No, perfecto. Y para ello, le tiene que dar goles a España, da igual que le saquen casi al final del segundo tiempo. Solo así le dejan estar en el reservado del garito, en “la casita” del concierto de turno, en el club selecto de lo que quiera que sea ser español. Poco importa que su brillantez le haya llevado a ser uno de los futbolistas más jóvenes en jugar con la selección o que lo petara durante la última Eurocopa.

Salma Paralluelo pasó de ser celebrada a ser enviada a su país. A ella, que nació en Zaragoza, de un padre español y blanco y una madre negra ecuatoguineana, no la dejan ser maña

Pero Lamine o Nico no son los únicos sin apenas margen de error. En el fútbol femenino también ha sucedido. Lo vimos con Salma Paralluelo cuando falló un penalti en un partido decisivo frente a Inglaterra. Pasó de ser celebrada a, en una suerte de destierro, ser enviada a su país. A ella, que nació en Zaragoza, que tiene un padre español y blanco y una madre negra ecuatoguineana, no la dejan ser maña. Ni el ius sanguini ni el soli, que cumple ambos, bastan.

A mí me decían de pequeña, en los 80, que era ignorancia y falta de costumbre, y que cuando hubiera más gente no blanca en España, se acabarían los “vete a tu país” o el “de dónde eres” por delante del “cómo te llamas”. Sin embargo, la predicción solo se ha cumplido en parte. En efecto, somos más, pero en el imaginario de un montón de gente continuamos siendo especies extranjeras y hasta invasoras, como si fuéramos cangrejos rojos americanos o cotorras argentinas.

Todo lo anterior no solo habla de lo incompatible que resulta para muchas cabezas ser español, catalán, navarro o aragonesa y/o no blanco, sino también del no derecho a fallar, de normalizar el hecho de ser funambulistas y caminar siempre sobre la cuerda. Siempre.

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