Así se está comiendo Uber tu futuro

Un coche Uber pasa junto a un cartel que dice 'Uber = Ilegal' en Berlín.

Timothy Mitchell (Mediapart)

Vivimos en una época en la que la riqueza extraordinaria parece provenir de fuentes misteriosas e insondables. Cuando la empresa estadounidense Uber salió a bolsa en 2019, el mercado fijó su valor en 82.000 millones de dólares, una cifra enorme para una compañía de transporte a domicilio con diez años de antigüedad que no tenía ni un coche y nunca había obtenido beneficios.

Para explicar este tipo de acontecimientos, los medios de comunicación se inspiran en la meteorología y a menudo describen las ganancias de los inversores como "estratosféricas". ¿Cómo explicar si no que la inversión de 5 millones de dólares de Goldman Sachs en Uber en 2011, por ejemplo, tuviera ahora un valor de más de 500 millones de dólares, un retorno de la inversión de más del 1.000% en solo ocho años? Algunos comentaristas más críticos se aventuraron a decir que el valor de la empresa había "caído del cielo". 

Pero la fuente de tal maná no debe nada al cielo. Y para entender esta forma de ganar dinero, hay que bajar a la tierra. Porque si Uber es un caso extremo, su método de adquisición de riqueza es bastante común. La empresa ha creado su valor utilizando una forma conveniente de consumir el futuro.

 Los métodos para extraer ingresos del futuro no son nuevos. El que utiliza Uber, la sociedad anónima, existe en su forma actual desde hace siglo y medio. Utilizamos palabras cotidianas para hablar de nuestro vínculo económico con el futuro: precio de las acciones, tipos de interés, tecnología y crecimiento económico. Pero ninguna de ellas explica cómo se pagará después la factura por los particulares. De hecho, el lenguaje financiero nos impide incluso considerar esta relación como lo que es: quiere hacernos creer que estas existencias futuras no son la fuente de las ganancias actuales, sino sus beneficiarios. 

Hoy en día, ante el problema del clima, debemos entender cómo se fabrica esta ceguera. La emergencia climática exige que actuemos teniendo en cuenta las condiciones futuras. Pero los gobiernos parecen incapaces de tener en cuenta el largo plazo y sus acciones parecen a menudo impotentes frente a las fuerzas del capital global. E incluso si fuera posible hacer frente a estas dificultades, las consecuencias ya parecen insuperables. El capitalismo, cueste lo que cueste, pretende habernos traído el crecimiento. Entonces, ¿cómo podríamos sobrevivir en una temporalidad diferente, en la que el futuro no esté definido por un principio de expansión económica? 

Desde que organizamos la vida colectiva en torno al principio del crecimiento económico, se ha intentado mostrar sus límites: este crecimiento es insostenible y está mal medido, sus costes sociales y ecológicos son demasiado elevados, etc. Estas críticas son, por supuesto, importantes, pero podemos considerar nuestra relación con el futuro de otra manera: el crecimiento no es la lógica de la modernidad capitalista, sino su coartada. 

En el pasado, hablábamos de la modernidad en términos de expansión física. Los historiadores definen el capitalismo como un proceso que comenzó en Europa, desde donde se extendió gradualmente hasta abarcar todo el mundo. Ahora sabemos que se trata de una descripción parcial y sesgada de unos cambios que nunca se limitaron a una zona geográfica. Los cambios en el comercio y el crédito, la explotación de la tierra y la mano de obra, la destrucción de poblaciones y culturas siempre se han producido a nivel transnacional. Considerarlo como la "expansión" espacial de Occidente ayudó a explicar algunos aspectos, pero fue el producto de métodos de medición y análisis del cambio que tanto observaron como oscurecieron el fenómeno.

¿Podría haber una forma similar de revisar nuestra comprensión del tiempo? No sólo para criticar las concepciones de la historia como crecimiento, como hacemos con la geografía como expansión, sino para desarrollar el mismo tipo de perspectiva poscolonial. ¿Se trataría de integrar no sólo el punto de vista de los humanos cuyas tierras y medios de vida han sido colonizados, sino también el de aquellos a los que se les ha robado su futuro? Para ello, debemos comprender los mecanismos de extracción de futuro que se esconden tras la coartada del crecimiento.

Valor por encima de todo

Cuando una empresa sale a bolsa, las acciones puestas a la venta representan una participación en la propiedad de sus futuros beneficios. Como estos beneficios no están disponibles de forma inmediata, cada año se actualiza el valor de los ingresos para tener en cuenta el tiempo que transcurrirá hasta su devengo. El "valor actual" de los beneficios futuros, como se utiliza el término, produce la valoración de la empresa.

En el caso de Uber, la empresa aún no tenía beneficios cuando salió a bolsa. El precio de los viajes en coche se fijó por debajo de su precio real para expulsar a los competidores del negocio. Estas operaciones subvencionadas estaban perdiendo miles de millones de dólares cada año. Para valorar la empresa, los analistas financieros supusieron que Uber seguiría creciendo hasta alcanzar el "dominio del mercado". 

Al eliminar a los competidores, Uber y Lyft, su rival estadounidense, podrían seguir sacando una tajada de cada viaje que cobran sus conductores, una media del 20%, mientras utilizan su cada vez más poderoso duopolio para limitar la tajada que se paga a los conductores y aumentar el coste para los pasajeros. Estos supuestos prometían que Uber dejaría de perder dinero seis años después de su salida a bolsa y que diez años más tarde estaría obteniendo unos beneficios anuales de casi 5.000 millones de dólares.

La sociedad anónima no sólo ofrece la promesa de beneficios futuros. También es un mecanismo para adquirir esa renta prometida en el presente. Al ofrecer acciones al mercado, los inversores propietarios de la empresa están vendiendo una forma de propiedad, la propiedad hoy de una renta obtenida en el futuro. Este proceso se denomina "capitalización" de los ingresos futuros. La ganancia inesperada cosechada en el momento de la venta no cae del cielo, sino que proviene de la solidez política de la capitalización, un método de monetización y mercantilización de las demandas privadas sobre el futuro. 

Esta ganancia representa el valor de una carga impuesta a los futuros empleados y clientes de la empresa. Los beneficios de la empresa, y por tanto los dividendos de sus accionistas, se basan en el mantenimiento de esta carga a lo largo del tiempo. El valor de la acción y el dividendo que depende de ella tienen prioridad sobre cualquier otra demanda de los empleados (mejores salarios) o de los clientes (precios más bajos), gracias a la fuerza creciente de la empresa en relación con la de los empleados y los clientes: es esta fuerza la que se expresa en la fórmula política del "dominio del mercado". 

La sociedad anónima es una máquina del tiempo

Esta carga no es un coste necesario para hacer negocios, sino un recargo –la llamada renta– que la posición dominante de la empresa le permite imponer. La valoración de mercado de Uber, de 82.000 millones de dólares, representaba el valor actual de esta relación de poder. Y son sus conductores y pasajeros los que tendrían que devolverlo, con el tiempo, de su propio bolsillo. 

La sociedad por acciones es una máquina colonizadora del tiempo. Proporciona un medio para enriquecer a un grupo de empresarios y financieros en el presente imponiendo una carga adicional a decenas de millones de usuarios en el futuro. La ganancia obtenida hoy por las personas que establecen los mecanismos de control y las líneas de crédito a partir de las cuales se construirá esta máquina se financiará con los ingresos de los individuos dentro de 5, 10 ó 20 años, o incluso tan lejos en el futuro como el mecanismo de captura pueda extenderse.

No hay nada único en Uber. El método utilizado por las empresas para captar ingresos ha surgido en los últimos 150 años, ya que la sociedad por acciones se ha convertido, como dijo Thorstein Veblen en 1923, en "la institución maestra de la vida civilizada". Además de enriquecer a sus creadores, la empresa capitalista es una fuente de ganancias para los inversores individuales y los fondos de inversión que compran sus acciones. 

Diez años después de la declaración de Veblen, surgió una segunda "institución maestra" para captar los ingresos futuros, la sociedad de crédito hipotecario, con su mercado de la vivienda. Poco utilizada en Estados Unidos hasta la llegada de las garantías federales a mediados de los años 30, la hipoteca convirtió la vivienda en otro modo de capitalización. Los constructores especuladores podrían vender ahora las viviendas, no al coste de construcción, sino al valor capitalizado de la ocupación de una vivienda durante 30 años.

 Los sectores inmobiliario e hipotecario alcanzaron entonces una dimensión económica que les permitió competir con la sociedad anónima como mecanismos para endeudar el futuro y captar rentas futuras en el presente. En los últimos veinte o treinta años, el préstamo del coche, la tarjeta de crédito, los gastos de enseñanza, sobre todo matrículas universitarias, y muchos otros instrumentos han surgido para transformar la vida humana en un calendario de pagos. 

Dirigir los beneficios

Lo sorprendente de nuestra relación con el futuro es que hemos perdido la capacidad de ver cómo lo hemos empobrecido. Hace un siglo, un economista como Veblen comprendió muy bien cómo funcionaba este "método de sabotaje", como él lo llamaba. Los economistas de hoy hablan un lenguaje diferente. Transponen el método de vivir a costa de la gente que tendrá que pagar la deuda de lo que se llama "crecimiento". 

En lo que respecta a la empresa capitalista, son necesarias dos cosas para cambiar el empobrecimiento por el crecimiento. La primera es atribuir el valor creciente de la empresa no a la explotación del futuro sino al progreso de la tecnología. La segunda es considerar la ganancia inesperada obtenida en el presente y los gastos –mediante los cuales esta ganancia inesperada será devuelta en el futuro– como contribuciones equivalentes a un bien mayor: el crecimiento de lo que llamamos "la economía". 

Por lo tanto, la ganancia debe atribuirse primero a la tecnología. ¿La alta valoración de las empresas de éxito no se debe a la innovación que las hace más eficientes? ¿No serán los futuros empleados y clientes de la empresa los beneficiarios de esta eficiencia y ahorro de costes adicionales? 

Volvamos al caso de Uber. Su éxito, dice Hubert Horan, no puede atribuirse a ningún avance tecnológico. Puede que su aplicación para teléfonos inteligentes haya hecho más eficiente la conexión entre conductores y pasajeros, pero Uber no inventó el teléfono inteligente, Internet, el GPS, el pago electrónico ni ninguna de las otras tecnologías utilizadas por las empresas de transporte. El uso coordinado de estos sistemas se ha extendido a todos los ámbitos de la vida urbana, desde pedir una pizza hasta coger el autobús. Su uso en el transporte privado ha sido adoptado muy rápidamente por la mayoría de las empresas que comparten coche. 

La expansión de Uber se basó en gran medida en una estrategia de precios depredadora diseñada para expulsar del mercado a las empresas del taxi. Los capitalistas de riesgo que invirtieron en Uber dotaron a la empresa de un fondo de 13.000 millones de dólares, que se utilizó para fijar el precio de un viaje muy por debajo de su coste. Cada dólar ganado en el transporte de un pasajero le cuesta a Uber un dólar y medio. Las pérdidas se redujeron más tarde, pero sólo aumentando la cuota que Uber se llevaba de cada viaje y obligando a los conductores a aceptar una reducción de ingresos. En algunos casos, la cuota de Uber llegó al 50% o más. 

Como suele ocurrir, el núcleo del nuevo negocio no es nada original: se trata de un aparato centenario llamado "coche"

Esto no es tanto una nueva tecnología como una "sacudida al viejo mundo". Como suele ocurrir, el corazón de la nueva empresa no es nada original: es un aparato centenario llamado "coche". Ninguna otra máquina fue más importante en la construcción de mundos insostenibles en el siglo XX. El automóvil ha convertido la producción de petróleo en una de las mayores industrias del mundo, contribuyendo más al crecimiento de las emisiones de carbono que cualquier otra. 

El coche ha tenido un efecto paralelo en el modo de vida de las personas: representa hasta el 50% del uso del suelo en las ciudades y ha permitido la creación de suburbios, con sus viviendas de alto consumo energético, su uso del suelo y sus modelos de transporte individual voraces consumidores de energía. Y la propiedad de un coche, que es con diferencia el bien más caro de los hogares, dio lugar a las primeras y más importantes formas de crédito al consumo. La industria del automóvil desempeñó un papel pionero en la difusión del endeudamiento personal, que ha hecho de la vida cotidiana un sistema de financiación de pagos a los bancos por cuotas e intereses futuros. 

En lugar de desarrollar una nueva tecnología, estas empresas de transporte simplemente encontraron una forma diferente de ganar dinero con el uso de vehículos privados, uniéndose a las filas de las compañías petroleras, los promotores inmobiliarios y el mundo financiero. Unas pocas empresas mundiales de servicios de automóviles podrían ahora prometer un futuro en el que extraerían una renta de cada viaje en coche. 

Cómo les gustaría a los economistas que fuera la economía 

Durante décadas, los economistas han atribuido la extracción de rentas futuras a supuestos avances tecnológicos. En el caso de Uber, la empresa contrató a economistas internos que presentaron este proceso de extracción de rentas como un beneficio para el cliente. Su monopolio le permitió obtener datos que respaldaban estas afirmaciones. Al fijar el precio del viaje y los salarios de los conductores, Uber tenía el control exclusivo de la información recogida en cada viaje.

La empresa podía ajustar las tarifas mediante un algoritmo que calculaba hasta qué punto se podía bajar la paga o aumentar el precio de un trayecto, con el fin de maximizar la recaudación de la empresa en un momento dado. Conocida como tarificación dinámica (surge pricing), esta forma de eludir la regulación de las tarifas y el salario mínimo se promovió como la fuente tecnológica de creación de valor. Se utilizaron datos propios de millones de viajes facturados para construir el caso.

Los economistas de Uber publicaron un artículo en una revista académica para estimar el valor que estaban generando. Cada dólar pagado por un viaje en Uber, afirmaban, producía un dólar sesenta en valor, produciendo lo que imaginativamente llamaban un "excedente del consumidor" de seis mil ochocientos millones de dólares al año. La cifra era la diferencia entre el trayecto real cobrado por Uber y el precio máximo que los pasajeros habrían estado dispuestos a pagar, estimado sobre la base de sus reacciones a la tarificación dinámica. 

En otras palabras, la incapacidad de Uber para explotar al máximo su algoritmo de precios dinámicos y extraer el precio más alto posible en cada momento benefició a las personas que dependían de su servicio de transporte. La prensa económica presentó y promocionó estos resultados como prueba de las nuevas formas de valor creadas por la tecnología de Uber.

Un prestigioso economista de la Universidad de Chicago, coautor del documento sobre Uber, presentó a la empresa como "la encarnación misma de lo que a los economistas les gustaría que fuera la economía". Muchos economistas se esfuerzan por hacer que la economía sea fiel a sus ideas, incluida la idea de que un método de cobro más eficiente y coercitivo puede realmente crear valor. 

Lo que parece un avance tecnológico puede, por otro lado, ser una fuente de costes y de ineficiencia adicionales. Uber y Lyft se diferencian de las empresas locales de transporte en coche en un aspecto importante: no tienen vehículos propios. Al obligar a los conductores a utilizar sus propios coches, la compra y el mantenimiento de estos vehículos son más caros para los propietarios, que no pueden beneficiarse de las tarifas de una flota corporativa para la compra y el seguro. Uber y Lyft fijan el nivel salarial y las condiciones de trabajo de los conductores, pero se niegan a tratarlos como empleados con derecho a un salario mínimo y prestaciones por desempleo. 

Así, el hecho de no poseer coches permite a las dos nuevas empresas eludir la legislación vigente sobre el servicio de taxi. La normativa municipal, aunque imperfecta, permitía la selección de los conductores de taxi (mediante un examen y una licencia) y la adopción de normas que garantizaban determinados bienes públicos, como la obligación de aceptar a los clientes que viajaban a un barrio pobre o de adaptar el vehículo para acoger a pasajeros discapacitados, y la tarifa debía garantizar que los conductores ganaran un nivel salarial mínimo.

Esta elusión de la autoridad municipal supuso unos costes significativos para Uber que superaron los beneficios de cualquier mejora técnica. Sin embargo, el objetivo a largo plazo de la empresa era eliminar no sólo a las empresas privadas de transporte compartido, sino también al transporte público. Sus viajes subvencionados restaron pasajeros al transporte público, privando a los servicios públicos de ingresos. Un estudio muestra que el 60% de los usuarios de esos servicios en ciudades grandes y densas "habrían tomado el transporte público, caminado, ido en bicicleta o no habrían hecho el trayecto" si no hubieran existido estas nuevas empresas, lo que aumenta el uso del coche en las ciudades en un 160%.

Para construir su monopolio, las dos nuevas empresas hicieron hincapié en la disponibilidad inmediata de los vehículos, lo que obligó a un número excesivo de conductores a recorrer las calles a la espera de pedidos, atascando las carreteras con coches en detrimento de los peatones y ciclistas y aumentando la contaminación atmosférica. El estudio resume el impacto de este "nuevo automovilismo" de la siguiente manera: "Más tráfico, menos transporte público, menos equidad y menos sostenibilidad medioambiental". 

Los beneficios futuros de las dos nuevas empresas no provendrían de una mayor eficiencia técnica o de la mejora del bienestar público, sino de las oportunidades que se les brindaron para construir un poder de monopolio y de las campañas políticas para protegerlo. Uber planeó entonces ampliar su monopolio a un servicio de transporte general y lanzó un servicio de entrega de comida a domicilio: Uber Eats. Pero esta expansión no aportó ninguna innovación técnica ni formas de convertir una empresa que perdía dinero en una futura máquina de beneficios. Sólo sirvió para ampliar su poder de monopolio con el fin de extraer rentas de los futuros clientes y conductores. Lo que Uber está devorando es el futuro.

Crecimiento

Pasemos ahora al otro factor necesario si queremos transformar el empobrecimiento de nuestro futuro en "crecimiento". La captación de ingresos futuros en el presente es una anticipación de los beneficios futuros. Al crecer, la empresa crea "crecimiento económico". Así, los ingresos provendrán de un futuro seguramente más próspero. Desde este punto de vista, la actual ganancia inesperada es una recompensa para los empresarios que crean crecimiento y más prosperidad para todos.

En realidad, al igual que el progreso técnico, el crecimiento económico es una coartada que refleja el desconocimiento de nuestra relación con el futuro. Esta coartada tiene dos aspectos distintos: el crecimiento de la empresa capitalista individual y el de la sociedad humana en su conjunto. Hemos aprendido a ver lo segundo desde lo primero, a medir la colectividad humana como un conjunto de empresas capitalistas. Y el nombre que damos a esta empresa colectiva es "la economía". 

Empecemos por el primer aspecto de la coartada del crecimiento. Los empresarios fundadores venden acciones a otros inversores que adquieren la propiedad de los ingresos futuros de la empresa. Es poco probable que se beneficien de la ganancia inesperada obtenida por los fundadores, y pueden perder dinero si el mercado de valores decide que las estimaciones de ingresos futuros de los fundadores eran excesivas. Pero para que se animen a comprar, se les ofrecen anualidades futuras con descuento. 

Este descuento se calcula estimando lo que los compradores de acciones podrían haber ganado si hubieran comprado acciones de otras empresas. Por norma, se supone que el valor de estos ingresos "no percibidos" es igual al importe que los bancos cobrarían por prestar a una empresa: es el tipo de interés. El concepto de interés es una forma moderna de describir el valor temporal del dinero, que ahora pensamos que es una propiedad natural del dinero. Sería más exacto definirlo como el producto de diferentes dispositivos o arreglos. Por ejemplo, una empresa que difiere de forma fiable los ingresos hacia el futuro. Sin estos mecanismos fiables de aplazamiento no habría valor temporal del dinero. De hecho, ni siquiera habría dinero

Para ilustrar brevemente cómo funciona esto, supongamos que el tipo de descuento (o de interés) se estima en un 10%. Dado que las acciones generarán ingresos en el futuro, el coste de la compra de la renta diferida se reduce en un 10% anual. Así, el inversor compra 90 centavos por dólar de la cantidad disponible dentro de un año, 83 centavos por dólar disponible dentro de dos años, y así sucesivamente hasta el décimo año, cuando cada dólar se comprará al precio muy reducido de 39 centavos. En otras palabras, el inversor compra cada dólar de ingresos futuros a un precio que baja de 90 céntimos a menos de 40. 

Este método de devaluación y compra de ingresos futuros suele describirse a la inversa. El inversor ordinario no lo entiende como una compra de dinero con descuento, sino como una "inversión" en el presente cuyo valor "crece" con el tiempo. El término "crecimiento" sugiere una especie de expansión material. Pero para que se produzca ese crecimiento, no es necesario que algo crezca en tamaño o complejidad. Por el contrario, algo debe disminuir: los ingresos futuros se adquieren por una fracción de su valor. 

Esta disminución se consigue organizando una capacidad de arrastre en el tiempo. El dinero no posee de forma natural la capacidad de comprar ingresos futuros a un precio reducido. Esta capacidad proviene del hecho de que se puede controlar el tiempo, construyendo un aparato diseñado para capturar y colonizar el futuro de forma fiable. El mundo en el que vivimos se rige cada vez más por estas disposiciones o arreglos. Disminuimos el valor del futuro desarrollando mecanismos para adquirirlo barato en el presente y llamamos "crecimiento" al camino hacia ese futuro. 

El segundo aspecto de la coartada del crecimiento es que éste no se ve sólo como una característica de la empresa capitalista, sino como la trayectoria colectiva de toda la sociedad. Para poder controlar el tiempo, se ha construido un marco que ayuda a estabilizar la temporalidad, a veces precaria, de la empresa capitalista. Este marco, inventado a mediados del siglo XX, se llama "economía". 

Solemos concebir la economía en términos espaciales, como la suma de todas las transacciones monetarias en un territorio geográfico determinado. Pero la economía es también una especie de máquina del tiempo, una forma de organizar nuestra relación con el futuro. Al igual que el valor de una empresa capitalista, su naturaleza es crecer, aparentemente, y desarrollarse año tras año. Este crecimiento oculta el hecho de que cada vez se adquieren más ingresos futuros a un precio reducido. Su reembolso futuro, a precio completo, transforma lo que parece ser un aumento de tamaño o volumen en un patrón de consumo futuro. 

Cuando los hogares compran y consumen bienes materiales, estas compras y consumos se miden como parte de la economía. Pero cuando pagan las cargas impuestas por las empresas monopolísticas –los pagos de intereses que cobran los bancos y las sociedades de crédito hipotecario, las deudas contraídas para pagar la educación y la sanidad, y todos los demás costes asociados al uso de servicios cada vez más privatizados y monopolísticos–- todos estos pagos se incluyen en la medida del crecimiento. 

Vivimos en un mundo organizado para endeudar el futuro

De hecho, en EE.UU. como en muchos otros países, una parte importante del llamado crecimiento se compone hoy de esas rentas, tasas y recargos, que ya no guardan ninguna relación con el coste de producción de bienes o de prestación de servicios. Vivimos en un mundo organizado para endeudar el futuro: la renta la compra con descuento el acreedor y el deudor se la devuelve después a precio completo. La diferencia entre el descuento inicial y el reembolso futuro se mide como crecimiento de la economía y se considera erróneamente como una mejora del bienestar colectivo. 

Hay muchos análisis sobre los peligros del cambio climático que echan la culpa al crecimiento. Señalan, con razón, la insuficiencia de los esfuerzos para reducir el consumo de combustibles fósiles y detener la destrucción de la biosfera. Pero a menudo atribuimos estos fracasos a una relación general con el futuro que consideramos erróneamente como la lógica misma de nuestra historia. 

El crecimiento se nos presenta como el desarrollo de la trayectoria humana en el tiempo, impulsada por las fuerzas de la modernización. Utilizamos palabras como "capitalismo" y "globalización" para nombrar las fuerzas que nos impulsan. Estas palabras hacen que la idea de crecimiento suene natural e inevitable. Y nos impiden ver más allá: así, para evitar el problema del crecimiento, nos parece que debemos invertir el movimiento mismo de la historia. 

No podemos negar que se han desarrollado a un ritmo acelerado algunos procesos, como la extracción de carbón y petróleo. Pero también sabemos que otras cosas están decreciendo, como la superficie de los bosques tropicales o el tiempo de ocio de la gran mayoría de las personas. Tal vez haya llegado el momento de hacer un uso más limitado de la palabra "crecimiento", para que deje de ser el denominador común en nuestra relación con el futuro. 

Al hacerlo, descubriríamos que el uso más extendido de la idea de crecimiento en la política contemporánea, derivado de las finanzas y la teoría económica, no refleja el movimiento colectivo de la sociedad, sino sólo las oscuras normas de la contabilidad comercial. Esas normas describen una forma de vivir en el presente a expensas del futuro. Nos impiden ver que nuestro futuro está disminuido por ellas. 

Caja negra 

Este texto ha sido publicado inicialmente en el nº 15 de la Revue du crieur, co-editada por Mediapart y La Découverte. La traducción desde el inglés es de Christophe Jaquet.

Traducción de Miguel López

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