Ni Cristo que lo fundó

Si este inminente domingo de Pascua, Jesucristo resucitara y escuchara la intervención del presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, el pasado lunes con ocasión de la firma del acuerdo con el Estado para el resarcimiento de las víctimas de violaciones y abusos sexuales de la Iglesia Católica, se liaría a latigazos como hizo con los mercaderes del templo o directamente le daría un soponcio y volvería a su sepulcro.

La paciencia que han debido tener el ministro Bolaños y el Defensor del Pueblo, y las tragaderas de las víctimas con los jefes de la Iglesia son antológicas. Recordemos que esos señores jefes de la Iglesia católica han ocultado sistemáticamente la conducta asquerosa de los sacerdotes, empezando por los propios papas y terminando por los compañeros de parroquia de los criminales. Escondieron a los guarros. Les dieron cobijo a los pederastas. Negaron sus crímenes. “Solo son pequeños casos”, dijo el propio Argüello hace cinco años. Se negaron a entregar la documentación necesaria para esclarecer los casos conocidos. Dilataron los procesos o los obstaculizaron. Si el infierno existiera, los encubridores arderían eternamente en su fuego.

La respuesta al escándalo de los casos de abusos de niños por parte de miles de sacerdotes depravados de la Iglesia Católica es la constatación más siniestra de los desafueros de una institución reaccionaria, la Conferencia Episcopal. Basta con oír un cuarto de hora su emisora de radio, la COPE, o ver un rato alguno de los programas de su canal de televisión, 13TV. Sin embargo, la Conferencia Episcopal sobrevive sin sobresaltos notables. ¿Cómo es posible?

Los vestigios históricos de la existencia de Jesús son escasísimos y discutibles. A penas un par de anotaciones en escritos de la época. La versión más verosímil es que probablemente existiera un predicador judío rebelde que llamara a levantarse contra el poder romano. Y que a partir de ese momento, décadas después, fuera generándose el relato mítico de su vida y organizándose en la práctica la religión más exitosa del mundo: la más llevadera, la más adaptable, la que admite ocho y ochenta, la que ensalza la pobreza y justifica la riqueza, la que puede inspirar a los seguidores del Che Guevara tanto como a los de Trump.

De ser una institución normal, centralizada, digamos que con un solo NIF y una única responsabilidad, la Iglesia Católica se habría disuelto o habría cambiado de nombre ante las aberraciones conocidas

Esa paradigmática plasticidad del cristianismo y su enorme descentralización, que admite liturgias y creencias tan heterogéneas como la de los coptos, los ortodoxos o los calvinistas, permite a la Iglesia Católica superar barbaridades como la de los curas violadores sin apenas sufrir rasguños. De ser una institución normal, centralizada, digamos que con un solo NIF y una única responsabilidad, la Iglesia Católica se habría disuelto o habría cambiado de nombre ante las aberraciones conocidas. Pongamos por caso que se supiera que miles de funcionarios de la ONU hubieran violado a menores en sus misiones por el mundo. No uno ni dos, sino miles. Reconocidos e identificados con nombres y apellidos, hay unos 1.500 casos, pero la encuesta promovida por el Defensor del Pueblo calculó que son unos 440.000 los españoles que han sufrido algún tipo de abuso de sacerdotes. Ni la ONU ni ninguna otra organización que tuviera los reaños de la Iglesia Católica aguantaría tamaño escándalo.

Pero con la Iglesia hemos dado. Ahí en las pantallas puede aparecer ufano Argüello con su alzacuellos, posando junto a las autoridades y a un representante de las víctimas, para pedir perdón y anunciar la penitencia, y ponerse a los pocos días en la cabecera de las procesiones de la Semana Santa, delante del Cristo clavado en la cruz. Y sin que se les caiga la cara de vergüenza.

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