Las aldeas cristianas del sur de Líbano, atrapadas entre Hezbolá e Israel

En el sur del Líbano, los rescatistas salvan vidas en localidades casi fantasma.

Gwenaelle Lenoir (Mediapart)

En la sala parroquial de Kaukaba se han colocado filas de sillas de plástico. Frente a ellas, bajo la reproducción de La Última Cena, de Leonardo da Vinci, han tomado asiento monseñor Paolo Borgia, el nuncio apostólico, y otros prelados. Una estatua azul y blanca de la Virgen y un gran crucifijo aparecen como protectores del lugar. Las paredes grises y las pálidas luces de neón se ven animadas por pinturas bucólicas que representan paisajes de la región.

Han venido a unirse a los representantes de la Iglesia, en busca de consuelo, unas pocas decenas de habitantes del pueblo, que cuenta con trescientos, todos maronitas. Al igual que otros, Rita Abbas considera que la presencia del embajador del Vaticano, cuya autoridad reconoce la Iglesia maronita, les aporta “energía y baraka. “Nos viene bien verle porque vivimos bajo mucho estrés”, resume, reacia a contar más sobre su vida.

La baraka no ha abandonado Kaukaba por el momento, pero el pueblo corre el riesgo de necesitarla en los próximos días y semanas. A menos de 10 kilómetros de Khiam, donde aún se desarrollan combates entre soldados israelíes y combatientes de Hezbolá, al final de esta cuarta semana de guerra abierta con Israel, el pueblo se ha librado relativamente, por ahora. Pero el miedo es palpable y, para combatirlo, el nuncio apostólico acompaña, una vez más, a un convoy humanitario compuesto por Cáritas Líbano, la misión pontificia y L’Œuvre d’Orient, asociación francesa de apoyo a los cristianos de Oriente fundada en el siglo XIX.

Las organizaciones de ayuda católicas se desplazan al menos una vez a la semana a las ciudades del sur del Líbano para llevar ayuda material, alimentos, agua, productos de limpieza e higiene y apoyo espiritual. Pero solo a las localidades cristianas y mixtas. Las habitadas por chiitas están desiertas desde el inicio de esta nueva guerra. Todos, salvo los combatientes, se encuentran hoy desplazados al norte del río Litani.

Las aldeas chiitas son el blanco de los israelíes. Más bien los chiitas en general, ya que las aldeas cristianas situadas en los límites de la zona de combate que acogían a familias chiitas desplazadas recibieron la orden, por parte del ejército israelí, de expulsarlas, so pena de ser bombardeadas. El miedo les hizo acatar las órdenes recibidas por teléfono.

Tras asegurar a los presentes que el Papa piensa en ellos y sigue “muy de cerca” la situación, Paolo Borgia transmite el mensaje que importa: “Lo importante, asegura, es brindarles este apoyo para que permanezcan en su tierra.” El prelado añade: “Como el olivo, que resiste las tormentas”. La región es famosa por sus olivos plantados en terrazas en cada colina, y Kaukaba tiene ejemplares de troncos enormes y nudosos que, según dicen, tienen dos mil quinientos años.

Otra guerra más

Pierre Atallah, alcalde del pueblo de Rachaya Al-Foukhar, no se siente precisamente tan sólido como un olivo. Tiene el estómago tan encogido y la garganta tan oprimida que le cuesta hablar. Vestido con traje y corbata, ha venido en busca de consuelo, pero, más que apoyo, preferiría que el ejército libanés garantizara la seguridad de su pueblo, a 5 kilómetros de la frontera con Israel, es decir, en primera línea. “De ciento quince familias, ya se han ido cincuenta”, susurra. “Vivimos en guerra desde que los combatientes palestinos [la OLP, en los años 70 —ndr] comenzaron a instalarse aquí. Y ahora, con las políticas de Hezbolá, corremos el riesgo de perder todo el país. El Estado corre el riesgo de derrumbarse, la guerra civil acecha.”

De todas las personas con las que nos encontramos ese día en tres ciudades cristianas del sur del Líbano, Kaukaba, Marjayoun y Qleiat, ni una sola dice una palabra a favor de la “resistencia”. O bien se abstienen de mencionarla, o bien critican duramente a Hezbolá, al que consideran responsable del estallido de esta nueva guerra. Una más, mucho más dura que la anterior, la de 2024, según la opinión general, y que viene a añadir sufrimiento a los demás.

En todos se entremezclan los recuerdos, vividos o contados, de la guerra civil, de la invasión de 1978 y luego de la ocupación israelí, hasta el año 2000, de la milicia auxiliar de Israel, el Ejército del Sur del Líbano (ALS), formado por cristianos, cuyo cuartel general se encontraba en Marjayoun y que gestionaba la prisión de Khiam, de siniestra reputación. Fue allí donde Hezbolá se ganó sus galones de “resistencia”, obligando al ejército israelí a retirarse.

A pocos kilómetros de Kaukaba hacia el sur, una larga carretera recta y desierta, en la llanura, conduce a Marjayoun y a Qleiat. Al este, en una colina, Khiam ha pasado casi por completo a manos israelíes. Desde la carretera se ven edificios destruidos, que son como manchas grises en el tejido urbano. De madrugada reina el silencio. Los disparos de artillería y cohetes comenzarán más tarde, a última hora de la mañana.

Dominando la llanura, las dos ciudades limítrofes de Marjayoun y Qleiat contemplan el castillo de Beaufort hacia el sur y las suaves y verdes colinas hacia el oeste hasta Nabatieh. En ambas localidades, las calles son empinadas y poco transitadas en estos tiempos de “misiles Patriot, drones iraníes, cohetes de Hezbolá, bombardeos israelíes de artillería y aviación y balas de francotiradores israelíes, que llegan por todas partes”, enumera el padre Youssef Bassil, de Qleiat, director del colegio de los Padres Antoninos.

Estados Unidos, los países europeos e Israel no han dejado de exigir demostraciones de poderío de unas fuerzas armadas a las que han negado los medios necesarios para llevarlas a cabo

La vida se ha ralentizado. Boutros, carnicero de profesión en Marjayoun, pasa casi todo el día solo en su tienda. Pocos clientes y dificultades de abastecimiento, ya que la carne proviene de la Bekaa, más al norte, y las carreteras son peligrosas. Su casa, en el extremo este de la ciudad, ofrece unas vistas impresionantes de la llanura y de Khiam. Al caer la noche, el temor a ser alcanzado por un disparo es constante. “Lo único que podemos esperar es que el ejército libanés, que tiene una base aquí, no abandone el lugar. Pero, por lo general, cuando los israelíes avanzan, se retira. Lo sabemos por experiencia, nunca hemos sentido la presencia del Estado aquí”, lamenta Boutros.

El escaso equipamiento de las fuerzas libanesas lo explica fácilmente: los pocos tanques T55 obsoletos estacionados al borde de la carretera en el puesto de control justo antes de Kaukaba no pueden resistir al ejército super equipado del Estado hebreo. En ningún momento durante los quince meses de alto el fuego, entre noviembre de 2024 y el 2 de marzo de 2026, el ejército libanés ha recibido ayuda sustancial en equipamiento por parte de los gobiernos occidentales, a pesar de que estos le exigían que desarmara a una milicia bien equipada.

En resumen, Estados Unidos, los países europeos e Israel no han dejado de exigir demostraciones de poder a unas fuerzas armadas a las que han negado los medios necesarios para llevarlas a cabo.

Los cristianos del sur del Líbano tienen la sensación de estar abandonados a su suerte, atrapados entre Hezbolá por un lado y los israelíes por el otro. “Ambas partes son responsables, y la víctima es la población libanesa”, constata Najwa Dibba, directora de estudios del colegio de las Hermanas de los Sagrados Corazones de Marjayoun, que en circunstancias normales acoge a unos cuatrocientos alumnos de toda la región.

Patrullas ciudadanas para impedir la entrada de “intrusos”

Najwa, que ha acudido a escuchar al nuncio apostólico en el auditorio del centro, supervisa la descarga de las 25 toneladas de ayuda transportadas por L’Œuvre d’Orient, que posteriormente se distribuirán entre las familias más necesitadas.

Ella también reclama la presencia del Estado: “Tiene que actuar, nuestros soldados deben garantizar la seguridad, queremos que el ejército libanés se quede aquí y haga cumplir la ley. Por ahora, no podemos salir de Marjayoun, ir por la carretera es demasiado peligroso”, afirma.

“Ni siquiera podemos salir a nuestros balcones y terrazas que dan a Khiam, porque los israelíes disparan en cuanto ven a alguien. Creen que aquí hay combatientes, cuando no es así”, confirma por su parte el padre Youssef Bassil, en Qleiat. Por la tarde y parte de la noche, vivimos un infierno. Es mucho peor que la última guerra, la de 2024.”

Los cristianos del sur están dispuestos a conformarse con la ocupación israelí

Desde el inicio de esta nueva guerra ya han resultado dañadas cuatro casas. Allí fue donde el 9 de marzo mataron al padre Pierre al-Raï, el sacerdote de Qleiat, por un disparo de un tanque israelí Merkava, según testimonios recogidos por Libération cuarenta y ocho horas después de la tragedia y no desmentidos por el ejército israelí. A los pocos chiitas que vivían en Qleiat se les pidió, sin mucha amabilidad, que abandonaran el pueblo. Sin decirlo abiertamente, muchos habitantes cristianos han llegado a equiparar a sus conciudadanos chiitas con Hezbolá.

“Este drama nos marca profundamente”, cuenta Nancy Hajj, miembro del comité de crisis de Qleiat, frente a uno de los camiones fletados por Cáritas Líbano que se está descargando. «Pero el padre Pierre se ha convertido en mártir y su muerte ha llamado la atención de los cristianos. El ejército está más presente y se organizan rondas para impedir que intrusos penetren en la ciudad”.

El padre Youssef Bassil se encarga de estas rondas nocturnas, con un centenar de jóvenes repartidos por los alrededores de Qleiat para impedir que los combatientes de Hezbolá vengan a disparar desde las laderas de la localidad. Hay que proteger a toda costa los pueblos cristianos y mantenerlos al margen de los enfrentamientos. El sentir general en estas localidades cristianas considera a Hezbolá como único responsable de estas nuevas desgracias. “Fueron ellos quienes desencadenaron la guerra. El acuerdo firmado en noviembre de 2024 [acuerdo de cese de hostilidades entre Israel y Hezbolá – ndr] concedía a Israel el derecho a disparar si se sentía amenazado. No era realmente un alto el fuego. Y Hezbolá lo había aceptado. No reaccionó hasta que mataron a Jamenei. Están haciendo la guerra por Irán”, prosigue el padre Youssef Bassil.

Boutros está preocupado por un acuerdo confesional que anhela, aunque siempre haya sido débil. “Lo más problemático para la cohesión”, continúa, “es que los pueblos cristianos pidan a los desplazados chiitas que se vayan. Eso me preocupa. He oído decir, aunque no sé si es cierto, que algunos desplazados han jurado volver y pagarnos con la misma moneda”.

Algunos cristianos se preocupan menos por una ocupación israelí —que ya han vivido y a la que, al final, muchos se han acostumbrado— que por Hezbolá. “Quedarnos en nuestra tierra será nuestra forma de resistir”, afirma el padre Youssef. “No reclamamos la ocupación israelí, pero impedirla es competencia del Estado libanés, no nuestra. Si tenemos que aceptarla, la aceptaremos.”

Caja negra

El reportaje se realizó el 27 de marzo de 2026. Por razones de seguridad, Mediapart se desplazó al sur del Líbano con el convoy fletado por L’Œuvre d’Orient.

Las personas de las que solo se cita el nombre de pila no han querido dar su apellido.

Ascienden a más de 1.100 los muertos por los ataques de Israel contra el Líbano

Ascienden a más de 1.100 los muertos por los ataques de Israel contra el Líbano

 

Traducción de Miguel López

 

Más sobre este tema
stats