El cielo y las ruinas. Guerra, fascismo y revolución (de 1914 a la guerra de España)
Entre 1914 y 1936, Europa experimentó una guerra de consecuencias devastadoras, una oleada revolucionaria y un fenómeno novedoso, el fascismo, que idealizaba la guerra y vino para ajustarle las cuentas a la revolución. De 1936 a 1939 la península ibérica atrajo y produjo a escala (y a su modo) estos conflictos globales. En España, entonces, se condensó una época. Este libro es una historia de Europa que acaba en España.
La trama se hilvana con personas de carne y hueso, hombres y mujeres protagonistas de aquellos acontecimientos europeos que luego llegaron a la guerra de España como asesores militares, diplomáticos, brigadistas, intelectuales o periodistas: vidas que atravesaron la historia y vidas atravesadas por la historia. Esta obra compone el gran friso de un pasado, de cielo y ruinas, que ayuda a pensar nuestro tiempo.
El cielo y las ruinas. Guerra, fascismo y revolución en Europa (de 1914 a la guerra de España) es un recorrido por la convulsa historia de Europa a través de personas excepcionales que llegaron a la guerra de España. Un título que acaba de llegar a las librerías de la mano de Akal y del que, por su interés, reproducimos en exclusiva a continuación un fragmento escogido por el propio autor, Juan Andrade, para nuestros lectores.
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Extracto de la Introducción.
INTRODUCCIÓN
Cielo y ruinas
En 1914 arrancó la Gran Guerra, un cataclismo de proporciones hasta entonces desconocidas. El camino a la contienda pudo sortearse, pero luego no se encontró terapia a sus secuelas. En 1917 estalló en la Rusia de los zares una revolución social que prometía un horizonte de igualdad y emancipación. Tras una guerra civil devastadora, aquella revolución se acabó haciendo Estado. Como toda revolución, tuvo causas endógenas y singulares, pero fue también la manifestación de un fenómeno global. De 1918 a 1921, una oleada revolucionaria se extendió por Europa, anegando países derrotados en la Gran Guerra. Fue aplastada, contenida o drenada, según los lugares. No llegó a tumbar la arquitectura de aquellos Estados, pero se filtró a sus instituciones y amenazó con volver. Su reflujo abrió espacio a un nuevo movimiento político, el fascismo, que idealizaba la guerra y prometía acabar con la revolución social para siempre. Se propuso, además, acabar con los derechos y libertades fundamentales; a sus ojos, una oportunidad para la corrupción y una vía expedita a la revuelta. En un contexto de crisis el fascismo prometió su propia revolución: el renacimiento de la nación por medio de la fuerza.
Sin embargo, tanto en Italia en 1922 como en Alemania en 1933, llegó al poder por medio de pactos con las derechas tradicionales. En España, en el verano de 1936, una parte del ejército se sublevó contra el régimen constitucional de la República con el respaldo de las derechas viejas y nuevas. Desencadenaron una revolución y provocaron una guerra que ganaron gracias al apoyo de Hitler y Mussolini, mientras construían un régimen que se fascistizaba sobre la marcha. En la guerra de España intervino también la URSS, el Estado surgido de la revolución de 1917, y a España llegaron miles de voluntarios “a luchar contra el fascismo”. Muchos habían combatido en la Guerra del 14, habían protagonizado las revoluciones de postguerra y se habían exiliado de países fascistas. Como tantas veces se ha dicho, la Guerra de España reprodujo a escala un conflicto global y fue, a la vez, su principal escenario. En España, entonces, se concentró el mundo. Como se ha señalado con menos frecuencia, a España llegaron las experiencias de los últimos 25 años. En España, entonces, se condesó una época.
Este libro es una historia de Europa que acaba en España. Atraviesa varios escenarios continentales: las trincheras de la Primera Guerra Mundial en Francia; las calles de Petrogrado y las estepas rusas donde se enfrentaron rojos y blancos; las barricadas de la revolución en Berlín, Múnich o Budapest; las fábricas ocupadas de Turín y los barrios en huelga de Londres; el paredón, la cárcel y el exilio a los que fueron condenados aquellos revolucionarios; los despachos de la Komintern en Moscú donde gestionaron su derrota; la marcha de Mussolini sobre Roma; los desfiles nazis en Nuremberg. Y esta historia se ubica en varios lugares de España que a la postre se solaparon con aquellos escenarios: el paso del Estrecho, la Ciudad Universitaria de Madrid, las colectividades en Barcelona, las sedes de los partidos del Frente Popular en Valencia, las visitas al despacho de Franco en Salamanca, los teatros donde los intelectuales lazaron sus arengas, la base de las Brigadas Internacionales en Albacete, la cárcel de Sevilla, una carretera perdida de Huesca, una cala en Ibiza, tantos pueblos y ciudades bombardeados.
Este libro es una historia de agentes colectivos y nombres propios, una historia de vidas atravesadas por la historia y de personas que atravesaron la historia. Las personas que hemos seleccionado van apareciendo en todos esos escenarios europeos hasta llegar a España […]
Gran Guerra
La Gran Guerra no fue la explosión inevitable de una atmósfera ciertamente inflamada, ni la detonación del polvorín de Europa por efecto de una chispa puntual. Hubo una cadena de decisiones que los gobernantes trenzaron con su ideología y sus cálculos de oportunidad, con los automatismos de los protocolos de asistencia mutua y con reacciones improvisadas a las decisiones de sus adversarios. Atisbaron en algún momento el cataclismo que se les podía venir encima, pero pensaron que podían conjurarlo o no se lo creyeron del todo. Tenían elementos de juicio para deducir racionalmente la dimensión de la catástrofe, pero esa dimensión sobrepasaba la capacidad asimilativa que suele proporcionar la experiencia pasada, y se confiaron a ella. Para llevar a sus países a la guerra tuvieron que seducir a los desconfiados y reprimir a los disidentes, anticipar la guerra dentro de sus países con propaganda y fuego. El asesinato en París del socialista Jean Jaurés puede leerse como el pistoletazo de salida. Su asesino, Raoul Villain, aparecerá y reaparecerá en esta historia […]
Revolución
De 1917 a 1921, con coletazos importantes hasta 1923, una oleada revolucionaria cubrió buena parte de Europa. La influencia de lo acontecido en Rusia sobre estos procesos resultó notable, pero la revolución no fue un fogonazo que vino de oriente, sino una sustancia presente en toda Europa, sobre la cual los hechos de octubre en Petrogrado, o las interpretaciones que de ellos se hicieron en cada lugar, funcionaron, en todo caso, como levadura o reactivo. La revolución fue el gran fenómeno global de la Europa de posguerra, atravesó fronteras nacionales y produjo experiencias homólogas. Entre los distintos escenarios hubo contagio y sobre todo simultaneidad, emulación y sincronía. Un fenómeno común fue la autoorganización de obreros y soldados en Consejos, instituciones autónomas que combinaban la democracia directa con la representativa en distintas esferas de la vida social. Sin embargo, estos procesos revolucionarios acabaron revelando el peso de la historia en cada lugar, difiriendo en su derrota: la República de Weimar en Alemania, la dictadura reaccionaria de Horthy en Hungría o la Italia fascista de Mussolini. En España la impugnación social al régimen de la Restauración se clausuró con la dictadura de Miguel Primo de Rivera […]
Fascismo
El fascismo surgió como nostalgia de guerra cuando la guerra había acabado; como deseo de revertir sus resultados; como sublimación de la guerra en la política; como recreación a escala de sus ideales, procedimientos y estética. La guerra atravesó al fascismo como inercia, simulacro y horizonte. Tuvo su origen en la guerra y encontró en la guerra su destino. El fascismo conectó con los estados de ánimo de un tiempo de crisis, del miedo al odio, de la necesidad de protección a la de redención. Ofrecía seguridad frente a los mismos temores que azuzaba, y descargaba la frustración general sobre varios estereotipos: el especulador, el degenerado, el bolchevique, el judío.
El fascismo demostró una extraordinaria capacidad comunicativa. Combinó la violencia con la seducción. Nació entre las trincheras y las rotativas. Se lanzó a un activismo propagandístico frenético, amplificado por medios de comunicación propios y privados, que lo naturalizaron. Luego, donde llegó al poder, puso el aparato del Estado al servicio de la propaganda. El fascismo inventó emblemas, cánticos y gestos, y se apropió de algunos de la izquierda para disputarle sus bases. Puso en marcha rituales cohesivos de iniciación, homenaje a los mártires y culto al líder. En la conocida expresión de Walter Benjamin, el fascismo produjo una “estetización de la política”, mucho más que una escenografía atractiva. Los mítines y desfiles ofrecían una experiencia virtualmente integradora que prefiguraba un horizonte de grandeza; generaban en sus participantes sensación de comunión y elevación. Era una forma de restañar a nivel simbólico la desigualdad material del capitalismo y de proporcionar una vivencia sublime en un tiempo de crisis. Tenían, además, un efecto performativo capaz de crear la realidad escenificada: los desfiles paramilitares por las calles de Nuremberg enlazaron con la movilización militar hacia los frentes de la Segunda Guerra Mundial […]
España
Hitler quería atenazar a Francia y disuadirla de cualquier aproximación a la URSS, pero de cara a impulsar un programa de dominación en Europa conforme a parámetros ideológicos, que necesitaría de regímenes afines y colaboracionistas. Goebbels justificó su apoyo a Franco con la baza ideológica de la lucha contra el comunismo internacional, que, insistía, acababa de poner una pica en España. El comunismo funcionó en el discurso nazi como un espantajo, respondía a una paranoia y expresaba una sinécdoque. Hitler agitó el miedo al comunismo para acercarse al mundo conservador británico; se sugestionó con el fantasma del comunismo que tanto invocaba; y nombró con el término comunismo un peligro real y más amplio del que éste formaba parte: la existencia de coaliciones antifascistas que pudiera cundir de ejemplo en otros lugares y traducirse a escala internacional en alguna forma de avenimiento de la URSS con otros países. Intervino por razones añadidas: probar sobre el terreno el armamento y las técnicas que emplearía en la guerra de Europa y obtener beneficios por la ayuda militar concedida a crédito a cambio de explotaciones mineras y relaciones comerciales preferentes. España fue un laboratorio y una inversión.
Alfons Cervera: "Las derechas en España no son antifascistas, y así es muy difícil ser demócrata"
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El apoyo militar de la URRS resultó crucial para que la República pudiera resistir. La intervención militar de Italia y Alemania fue determinante para la victoria de Franco. Si se compara la ayuda recibida, la desventaja resulta patente. En resumen, el armamento italioalemán llegó antes, lo hizo con más facilidad y regularidad, se mantuvo hasta el último momento y, aunque la calidad fue similar, fue superior en cantidad. La desventaja aumentó porque el ejército de Franco, unido y formado por militares profesionales, supo sacarle mayor rendimiento. La España de Franco funcionó al contrario que la fragmentaria y caótica rusia de los ejércitos blancos.
En las Brigadas Internacionales había mujeres como nuestras protagonistas Lise London y Teresa Noce. Representaban dos perfiles de mujeres del movimiento comunista. Lise era una trabajadora de su aparato administrativo: gestionaba, traducía, organizaba. Estaba a entera disposición de la causa y decidió venir a España embarazada. Teresa Noce era una mujer de poder, una dirigente comunista. En España editó el periódico de los brigadistas italianos, trasladó directrices, apaciguó conflictos, reprendió disidencias e insufló ánimo. Como veremos, en las Brigadas internacionales se cruzaron las vidas de varios protagonistas de este libro, algunas vidas extraordinarias que se resisten a la pose descreída o la asepsia fingida de ciertas narrativas académicas.
La Guerra de España produjo debates ricos acerca de la función de la palabra en la guerra. En un extremo, estaba la esperanza en la palabra como arma en sí misma de transformación. En el otro, la conciencia de que al fascismo no se le derrotaría con manifiestos y poemas, sino con aviones y tanques. Entre medias un sinfín de mediaciones y sublimaciones: la escritura como arenga o como mira telescópica del fusil. Bertolt Brecht escribió Los fusiles de la Madre Carrar, una obra de teatro sobre la guerra de España para demostrar que no había otra opción que empuñar las armas, pero no llegó a poner un pie en España. Ludwig Renn dejó la literatura para combatir en España, pero pidió a los intelectuales que hicieran lo que mejor sabían hacer, escribir. La guerra generó una ansiedad extrema en los intelectuales revolucionarios. En los que escribieron provocó sensación de impotencia y miedo a salirse del texto, una forma de “malestar en la cultura”. En los que combatieron, dejó un anhelo por la palabra en ese mundo de violencia que despreciaban, un malestar en la guerra.