Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde
Balones dentro. Con una autoestima futbolística sin precedentes, Dylan Thomas dijo: “La pelota que lancé cuando era niño, todavía no ha tocado tierra”. Pues ya os digo que la mía ni siquiera fue lanzada. Y es que, cuando era niño, mi padre decretó que el fútbol era el opio del pueblo, y también un placer pequeñoburgués (nunca me quedó claro cuál de las dos cosas era). Y, aunque yo siempre fui de tocar las pelotas, en aquel momento desaproveché la ocasión de hacerme futbolero. Craso error. Porque muchos años después de que mi padre no me llevase a conocer… el fútbol, cada fin de semana, él, mi suegro, mi cuñado, un sobrino y mi hijo mayor (tu quoque!) ven el partido juntos como un pelotón de fusilamiento. Tanto es así que, durante mis primeros cien años de soledad futbolística, no vi ni un solo partido entero y, durante el milenio que duró mi cursus horrorum en el precariato universitario, lo único que me interesaba de los partidos era quién era titular y quién no. Pero nunca es tarde. Porque la vida es un partido infinito, cuya prórroga está en todas partes, y el final en ninguna. De ahí estas páginas con sabor a partido de vuelta.
Valga como saque inicial la creencia de que un poco de distancia siempre es buena para pensar acerca de cualquier tema. Eso es lo que significa, después de todo, theoria. No puede ser casualidad que la mayoría de los filósofos y escritores que han hablado sobre fútbol jugasen como porteros. Pienso en Camus, en Derrida, en Barnes y en Nabokov, quien, en un arranque, quizás desesperado, de automitificación, llegó a decir que el portero “es el águila solitaria, el hombre del misterio, la muralla última”… Recogiendo mi autopase, diré que la mirada distanciada del lateral, del defensa, del portero, e incluso del desterrado, o desterrenado, como yo, se parece mucho más de lo que puede parecer a primera vista (claro, están tan lejos), a la mirada filosófica. Ya en la Ilíada Homero presentó a los dioses observando las vicisitudes humanas de un modo no muy diferente a como los humanos siguen un partido de fútbol. Digamos que sine ira et stadio (sic). Y Epicteto presentó al filósofo como un espectador de espectadores, que no contempla la arena del circo, sino las gradas en las que él mismo se halla sentado.
Pero, como la filosofía nunca fue una actividad fundamentalmente teórica, sino práctica, una filosofía del fútbol no puede limitarse a ser una teoría del fútbol, esto es, un modo de verlas venir (una futbalística), sino que debe ser, tal y como le dice el maestro de filosofía al señor Jourdain, en El burgués gentilhombre, de Molière: “Un modo de recibir las cosas”. Esto es, un modo de controlar el balón de las circunstancias. Idea que Albert Camus recibe y controla en el citadérrimo artículo “Lo que le debo al fútbol”, publicado en France Football, en 1957, donde dispara: “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”.
Los Monthy Python captaron bien el extríngulis práctico de la filosofía futbolística cuando, en el cuadro de los Juegos Olímpicos de la XXª olimpiada en Múnich, organizaron un partido entre un equipo de filósofos alemanes y otro de filósofos griegos. Tras los primeros 88 minutos, que todos los filósofos habían dilapidado absortos en sus reflexiones, sin hacerle ningún caso a la pelota, Karl Marx saltará al terreno de juego, marcando, de este modo, el paso de la comprensión del mundo a su transformación, tal y como él mismo postuló en la undécima tesis sobre Feuerbach. Si bien, en el minuto 89, Arquímedes despertará al equipo griego gritando “¡Eureka!”, después de haber comprendido que, en vez de vagar por el campo, perdidos en solitarias especulaciones metafísicas, los jugadores pueden hacer algo con el balón. El partido se anima entonces, de golpe, nunca mejor dicho, y el equipo griego acaba marcando el gol definitivo del único modo en que este podía ser marcado, esto es, de cabeza. Titular: “El fútbol sin filosofía es ciego, y la filosofía sin fútbol, coja”.
El toque de Sísifo. Volvamos a Albert Camus. Pero no ya al artículo “Lo que le debo al fútbol”, que no da para mucho más, sino a uno de sus libros fundamentales, como es El mito de Sísifo. ¿Acaso soy el único que ve en la roca esférica, una pelota; en la cumbre, una portería; en la subida, el ataque; en la bajada, el contraataque; y en la sucesión de subidas y bajadas, el ir y venir de un partido de fútbol? Más allá del parecido formal, existe un parecido existencial, pues tanto el fútbol como Sísifo se enfrentan, en el fondo, o en la cumbre, pues nunca se sabe en su caso, al mismo rival: el absurdo.
De hecho, parece que sea el mismo Pascal quien le haya dado la idea a Camus, al afirmar, en sus Pensamientos, que “corremos sin pensar hacia el precipicio después de haber puesto alguna cosa ante nosotros que nos impida verlo”. Pues, ¿qué hace la pelota de fútbol si no protegernos del absurdo que nos ronda los domingos por la tarde, cuando se paran máquinas, e intuimos el carácter fútil de la vida? Es justamente en esos melancólicos momentos, cuando el deporte rey instaura su propio reino de sentido, y la futilidad se transforma en footilidad.
Pero ¿cuál es el origen de esta transubstanciación milagrosa? Aunque creo, con John Keats, que no es posible destejer el arcoíris, arriesgaré tres explicaciones. Primero, en tanto que juego, el fútbol tiene la habilidad de crear un espacio, un tiempo y un sentido propios, capaces de imponerse al sentido cotidiano, que, en tantas ocasiones, experimentamos como absurdo. Basta colocar estratégicamente un par de chaquetas en el suelo, y hacer una bola de papel de plata, para que un descampado polvoriento (por ejemplo, en Argelia), en el que unos niños se aburren a muerte (entre los que se halla, por ejemplo, un joven Albert Camus), se convierta, como por arte de magia, en un espacio pleno de sentido. Creo que esa confianza en la capacidad del ser humano para electrizar y significar un mundo absurdo, sin apelar a ningún tipo de instancia trascendente (ya sean dioses o ideas platónicas), sino por un mero acto de voluntad, individual y colectiva, es lo que Camus –ahora sí– le debe realmente al fútbol. Como diría Nietzsche: “O fútbol o nihilismo”.
La segunda explicación del milagro reside, cómo no, en la palabra. Esto es, en el logos o el verbo del fútbol. Porque, aunque, en tanto que juego, este sea capaz de generar sentido por sí mismo, necesita de la palabra para ser algo más que un simple juego (y lo digo con todo el respeto del mundo por los juegos). Y es que la palabra lo dota de sentido (hasta el punto de que algunos exégetas futbolísticos, hipnotizados por sus propias elucubraciones, pueden llegar a olvidarse del partido); de permanencia (pues la rememoración de los goles, las temporadas, las anécdotas o las estadísticas, en eso que llaman “el tercer tiempo”, permite que el partido se extienda más allá de sus límites); y de trascendencia (porque, gracias a la palabra, podemos dotarlo de un significado más profundo, existencial o filosófico, que es lo que, más o menos, estamos intentando hacer aquí).
Tercero, en virtud del paso del paradigma religioso-dinástico (en el que cada unidad política se definía por su fidelidad a una religión y a un rey) al paradigma nacional (en el que la cohesión social ya no podía ser garantizada por la unidad religiosa, que había desaparecido tras el cisma religioso, sino por el culto a un pueblo supuestamente homogéneo, para el que, digamos: “París bien vale una misa”), se produjo un trasvase simbólico desde el ámbito religioso al político. En un proceso que muchos se precipitaron a tildar de “secularizador”, cuando se trataba, esta vez sí, de una verdadera resurrección: los himnos religiosos se transformaron en himnos nacionales; los mártires, en próceres; las insignias, en banderas; los sacerdotes, en filólogos; y los rituales, en esas tradiciones inventadas en serie, ya en el siglo XIX, tal y como nos enseñó Hobsbawm. Pues, entre las muchas expresiones pseudo o más bien neorreligiosas que surgieron en esta época, se halla, claro está, el deporte. Sin duda (o con fe), no es casual que un partido de fútbol sea una especie de eucaristía laica, en la que una comunidad se reúne a comer y a beber ante un objeto a veces blanco y redondo, que es transubstanciado por el ritual del juego en el cuerpo místico del gol que quita el pecado del mundo, que es el absurdo.
Punto pelota. Pero el fútbol no sólo nos protege frente al absurdo, sino también frente a la incertidumbre, o la incerteza, que nunca he sabido cómo debe decirse. Pues, ¿quién no llega al sábado agotado por el hecho de haberse pasado la semana teniendo que tomar mil decisiones inciertas basándose en cantidades inasumibles de información contradictoria? Entonces llega el partido del sabbat, que supone una deliciosa simplificación, en virtud de la cual la madeja multifactorial de lo real queda reducida a un rectángulo unánimemente verde y deliciosamente compartimentado sobre el que progresan en perfecta armonía una veintena de puntitos que giran alrededor de una esfera, que hace las veces de sol.
Pero en el fútbol las cosas no son sólo sencillas, sino también evidentes. Pues, durante el partido, el ciudadano de ese ágora simplificada y electrizada que es el estadio, el bar o el comedor, puede ejercer un dogmatismo compensatorio, que le permite descansar de las desgastantes inseguridades que lo trabajan durante el resto de la semana. De ahí que, para muchos, el partido sea el paraíso de su cuñado interior, gracias al cual pueden disfrutar de la agradable ersatz de seguridad que le ofrecen las afirmaciones rotundas, las frases repetidas in crescendo, los golpes en la mesa, los chasqueos despreciativos, las ráfagas de órdenes dirigidas a los jugadores, los silbidos y los gritos. Además, el fútbol genera a su alrededor una atmósfera de erudición, en la que las fechas, estadísticas, nombres, anécdotas, declaraciones y tecnicismos producen una agradable sensación de conocimiento y de control, que trasciende el ámbito meramente deportivo. No, no puede ser casual que una de las muletillas típicas del dogmatismo sea: “Y punto pelota”. Y punto pelota.
Por si esto no fuese suficiente, el fútbol nos anima a suspender nuestras propias capacidades críticas. No importa que el árbitro lo haya visto, no importa que todo el mundo lo haya visto, no importa siquiera que uno mismo lo haya visto. Los sentidos y la razón nada pueden contra el sentimiento futbolístico. Somos libres de construir una realidad a nuestra medida, y de clamar al cielo si la realidad la contradice. Se trata de una pequeña psicosis pasajera, tan gratificante como, quizás, necesaria. Un poco como el hombre que fue al psiquiatra porque cada noche soñaba con hormigas que jugaban al fútbol y, cuando el psiquiatra le recetó unas pastillas que debían acabar con esos sueños, exclamó: “¡Sí, hombre, ahora que se acerca la final!”. Al fin y al cabo, los 9.990 minutos restantes de la semana, es la realidad la que siempre lleva la razón.
1 X 2. Pero a veces lo que necesitamos no es sentirnos totalmente seguros frente el mundo, sino relativamente liberados de la obligación de comprenderlo y controlarlo. Lo que necesitamos, en fin, es un cierto abandono cognoscitivo, o qué sé yo. Pues, cuando decimos que “el fútbol es así” (de claras resonancias bíblicas, yah vé usté), estamos reconociendo su carácter incognoscible, ante el cual no podemos hacer más que acatar la realidad, como el santo Job, o suspender el juicio, como el sabio Pirrón. ¿E po’ khé? Porque, cuando renunciamos a saber, y aceptamos las cosas tal y como vienen, que es como viene la pelota, tal y como notó Camus, toda aquella energía que solemos gastar en tratar de predecir y controlar el mundo queda liberada para que podamos dedicarla a asentir y a disfrutar el momento presente.
Que es lo que sucede, precisamente, durante los 90 minutos que dura un partido, en los que la concentración en el instante, el aislamiento lúdico y la sumisión al azar nos permiten suspender todas aquellas desaforadas preguntas con las que solemos amargarnos la vida: “¿Quién soy?” “¿Cuánto valgo?” “¿Realmente me quieren?” “¿Tiene sentido lo que hago?”. Como dijo Oliverio Girondo: “La variedad de cicuta con la que se envenenó Sócrates se llamaba Conócete a ti mismo”. En el fútbol, en cambio, la concentración extrema de los jugadores o la entrega pasiva de los espectadores propicia una ligereza cognoscitiva enormemente placentera. ¿Por qué? Ya veis lo difícil que es resistirse a la tentación de comprender…
Según Roger Caillois, todos los juegos participan en mayor o menor medida de cuatro factores: el azar o alea, la competición o agon, el vértigo o ilinx y la imitación o mimesis. Cada juego respondería a una combinatoria particular y cambiante de estos cuatro elementos. Pues, en lo que respecta al fútbol, el azar cumple un papel fundamental. Apostaría que todos los partidos se inician con el ritual de lanzar una moneda al aire para recordarnos que, a pesar de la habilidad, la fuerza y la resistencia, que van a entrar en juego, todo va a estar condicionado por el azar. Al fin y al cabo, cuando se está absolutamente seguro de que uno de los dos contrincantes va a ganar, cuando no existe ni la más mínima posibilidad de que David le gane a Goliat, entonces no hay juego, sino ejecución, lo cual ya es otro género de espectáculo. Por eso gustan tanto los partidos de Copa del Rey, donde los equipos pequeños tienen la oportunidad de enfrentarse y de ganar a los equipos grandes. Algo semejante sucede con la imprevisible dialéctica que existe entre la primera y la segunda parte de los partidos. Pues una buena primera parte no asegura una buena segunda parte. Ni una mala primera parte impide que el equipo pueda reaccionar. Todo es desconexión, incongruencia e impredictibilidad. Parece que no haya relación de causa y efecto. (Humm, oigo que dice Hume con escepticismo.) Por no hablar del balón, que entra un poco cuando quiere, pudiendo llegar a ser un símbolo del azar trágico en una película como Match Point, de Woody Allen, aunque sea en forma de pelota de tenis. ¿A alguien le extraña que una pelota de caucho simbolizase el cosmos en el juego ritual maya del pot-a-tok? Pero, como decimos en Cataluña, poc a poc.
Drink team. Pero el fútbol no sólo pone en juego nuestras formas de conocimiento, sino también nuestras formas de relacionarnos con la realidad. Para empezar, todo partido es una especie de derby entre las dos grandes fuerzas que estructuran la realidad. De un lado están las fuerzas cósmicas, apolíneas u olímpicas, que definen y contienen, como las líneas que delimitan el campo, las reglas que ordenan el juego y el árbitro, que, vestido de negro, como un juez o un cura, vela por su cumplimiento; por no hablar del esfuerzo deportivo, dietético o psicológico que los jugadores deben realizar.
Del otro lado, están las fuerzas caóticas, dionisíacas o tartáricas, que disuelven y liberan, como son las pulsiones y compulsiones físicas o psicológicas que cada jugador debe aprender a controlar; la liberación de las pasiones reprimidas durante toda la semana, que se desborda en insultos, exclamaciones, llantos, aplausos, risas o golpes; el regreso al estadio preverbal del grito y el cántico desarticulado; o la embriagadora promiscuidad de los cuerpos, los olores, las formas y los ruidos, que transforman cada mónada individual en una de las múltiples gotas que constituyen la (nunca mejor dicho) ola humana que los arrastra. Y aunque el espectador televisivo no es poseído por la omnipresencia sublime de la masa, sí que dispone en el bar o en la casa de un ambiente relajado en el que la compañía festiva, las cervezas, los gritos, los saltos, los abrazos, y el hipnótico ir y venir de los ataques y contraataques, también le permiten liberarse, por un momento feliz, de todas las restricciones que normalmente lo atenazan.
A la vez, casi ningún encuentro acaba en pelea o en orgía, como habría deseado Dioniso. Porque, en el fondo, todo está bajo control. Como en las tragedias griegas, lo apolíneo y lo dionisíaco se complementan estupendamente como una silla de montar sobre una vaca suiza. Lo que importa es que, tras la catarsis futbolística (¿nos estará permitido soñar una tercera parte de la Poética de Aristóteles, dedicada al deporte, y una última novela inédita de Umberto Eco, titulada El nombre del césped?), todos pueden abandonar el campo, y regresar, reconciliados, al banquillo de la normalidad, donde pronto echarán de menos poder volver a tirar al campo.
Todos estamos atravesados por dicha escisión. Pero no en la misma medida. Por eso podemos distinguir, tal y como hace Fernando Iwasaki, en Del sentimiento trágico de la liga (2019), entre jugadores apolíneos y jugadores dionisíacos. Los primeros juegan siempre para ganar, como Oliver y Benji. Por eso no les gusta arriesgar la jugada genial y peligrosa. Los segundos, en cambio, lo hacen para divertirse, y el espíritu creativo, riesgoso y gratuito del juego predomina sobre el de la producción. No tienen miedo a experimentar y a fallar, porque la esperanza de una jugada admirable vale más que la seguridad de un resultado mediocre, o medio gris. Son artistas, no oficinistas. Recordemos, por ejemplo, a Ronaldinho, quien, en una ocasión en la que el Barça tuvo que jugar a las 24:00, exclamó: “Genial, esta es mi hora”. Lo suyo era el regate, no el regateo. Para Spinoza siempre debe primar el amor por la vida sobre el miedo a la muerte. Pues en el jugador dionisíaco siempre prima el amor por el juego sobre el miedo a la derrota. Y, pase lo que pase, esa será siempre su victoria.
Ontología del pie. Más. Si sospechamos que lo apolíneo representa nuestra parte humana, y lo dionisíaco nuestra parte animal, y aceptamos, con Anaxágoras, primero, y los etólogos, después, que la mano hizo al hombre, concluiremos que la prohibición del uso de las manos en el fútbol (el saque de banda no deja de ser una especie de gesto de despedida) supone un regreso voluntario a lo dionisíaco o lo animal. Casi unas vacaciones de humanidad. Y es que, quizás en mayor medida que otros juegos y deportes, puede que incluso más que la caza (sobre la que Ortega y Gasset escribió páginas muy interesantes), el fútbol nos permite regresar a ese estadio prehumano, casi puramente animal, en el que nuestros ancestros aún no sabían utilizar las manos. Este hecho es gratificante, porque sucede que nos cansamos de ser hombres, como diría un nerudito…
Por su parte (o por sus partes), Hegel realizó una ontología de la mano, que concebía como un órgano racional, productivo y humanizador, y a la que opuso una ontología del pie, que vio como algo sucio, oculto e inútil. De hecho, quién sabe si el nacimiento y el éxito del fútbol en la Inglaterra industrial no responde al hartazgo de los proletarios, en tanto que trabajadores de la mano. Desde esta perspectiva, el fútbol puede ser visto como el anti-trabajo. (Consúltese en el diccionario etimológico de guardia el origen del término alirón).
Rosebud. Sócrates solía decirle a sus interlocutores: “Habla para que te vea”. Pues los juegos, en general, y el fútbol, en particular, dicen: “Juega para que te vea”. En su novela autobiográfica Infancia, Coetzee evoca cómo “la bola, mientras silba y desciende en el aire hacia él”, le dice: “Déjanos ver de lo que estás hecho”. Y es que cada jugada es una “situación límite”, que es como Karl Jaspers llama, en su Filosofía de la existencia, a aquellas situaciones excepcionales, en las que nuestro ser se pone al rojo vivo, y, golpeándose, con mayor o menor constancia y coraje, contra el límite frío de lo real, adopta su forma más auténtica (sea lo que sea que eso signifique ahora). Son situaciones extraordinarias y extremas, como la aventura, la enfermedad, la creación, el accidente, la revolución, la creación o el juego… Situaciones en las que nos conocemos realmente, o quizás sería mejor decir, para no sonar demasiado esencialistas, que nos producimos realmente. Porque no se trata de una cuestión cognoscitiva, sino también ontológica. De ahí que Jaspers diga: “si quieres ser, ponte en disposición de ser”. Que, en nuestro caso, significa: “Ponte a jugar”.
Sin duda (y no tengan problemas en reírse de este servidor, que lleva 20 años estudiando el escepticismo, para que se le acabe pegando la coletilla “sin duda”). Sin duda, digo, el fútbol comparte con la aventura, el juego y las experiencias religiosas, estéticas o eróticas, la capacidad de crear una isla o burbuja de sentido separada del océano de la cotidianidad. Dentro de esa isla, a la que se accede y de la que se sale mediante un salto, simbolizado por el silbato del árbitro, predomina un estilo específico, tanto en el ámbito cognoscitivo (sabemos quiénes somos realmente), como en el ontológico (somos más plenamente) y el ético (sentimos una mayor felicidad).
De un lado, los jugadores seguramente la sienten con mayor intensidad, porque todo su ser está, nunca mejor dicho, en juego, y todas sus potencias físicas y psicológicas se despliegan al máximo. En un partido no hay aplazamientos, esperas, nostalgias, arrepentimientos o tiempos muertos. Incluso “dormir la pelota” es una acción tan exigente como chutarla. Todo es ahora. Y todo es acción. Porque, aunque cada jugador no tenga la pelota más de tres minutos de media, lo más importante, tal y como decía Cruyff, es lo que hace durante los 87 minutos restantes, cuando se esfuerza por desmarcarse y propiciar el pase perfecto, la ocasión oportuna, el hueco inesperado. La plenitud ontológica del jugador se demuestra también por la vía negativa. Pues, cuando un jugador retorna al banquillo o abandona su carrera, le invade una triste lasitud existencial, de la que difícilmente se repondrá. Pues es difícil ser sólo a medias cuando se ha conocido la plenitud. Algunos logran hallar otras formas de volver a ser, como es el caso de aquellos que, finalizada su carrera como jugadores, se convierten en entrenadores. Pero la mayoría viven en un estado permanente de nostalgia y melancolía.
También los espectadores tienen sus momentos épicos, que les gusta recordar de forma recurrente, en tanto que hechos fundamentales de su propia identidad. Aquella remontada histórica, la temporada de las cuatro o cinco copas, las hazañas de un equipo de ensueño, o el haber sido testigo de los inicios de un jugador que luego hizo historia. Súmenseles también los viajes para acompañar a su equipo al extranjero, las aventuras de estadio, los triunfos futbolísticos de un hijo o un nieto, aquella vez que casi hicimos pleno al 15, o los partidos históricos vistos con familiares y amigos. Todas estas experiencias y relatos, cuya rememoración nos dota de fundamento y sentido, son importantes seguramente porque están relacionados con la idea que nos hicimos de nosotros mismos en la niñez, que es una idea a la que nos sentimos especialmente vinculados, ya sea por una especie de impronta ontológica, ya sea porque los niños poseen una profunda intuición existencial.
Según dice Marina Garcés en El tiempo de la promesa, hay un momento en la infancia o la adolescencia en el que todo el mundo se hace, de forma explícita o implícita, una promesa acerca de lo que quiere ser. A partir de ese momento, el resto de nuestra vida es un vaivén entre cumplirla y traicionarla. Por eso, para Alain, “existir es olvidar, más de una vez al día y más de una vez por hora, lo que nos hemos jurado ser”. Pero si la olvidamos tantas veces es porque hemos vuelto a recordarla otras tantas. Esa es, en fin, la historia de Odiseo, que, a pesar de las tentaciones del olvido, se mantiene leal a la promesa de regresar. Así que un partido no es sólo una isla, como decíamos, sino que es la isla por excelencia: Ítaca. De ahí, quizás, lo del tiqui-Itaca.
La cuestión es que el fútbol, que es una pasión directamente conectada con nuestra infancia, nos reconecta cada vez que jugamos o vemos un partido con aquella promesa infantil que debemos tratar de realizar (cosa que evoca tan bien Eduardo Sacheri en sus cuentos y novelas de tema futbolístico). Una promesa que está ligada con los valores de la resistencia, el coraje, el compañerismo, la elegancia o la justicia, así como con la conexión, no siempre fácil, con los familiares, como el padre o el abuelo, y los lazos no siempre eternos de la amistad. De ahí que la parte más interesante del artículo “Lo que le debo al fútbol”, de Albert Camus, no resida tanto en esa vaga enseñanza “acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”, sino en la manifestación de su deseo por preservar la imagen que se hizo de sí mismo cuando era niño: “Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes”. Quizás Camus pensase, al escribir estas palabras, en el proverbio árabe que nos exhorta a que el niño que fuimos no se avergüence del adulto que somos. Sin duda, para muchos (para mí no), ese niño sigue vestido de equipación en el patio del colegio, o está viendo un partido con su padre sentado en el comedor de su infancia.
Porque no es que seamos leales a un equipo, ni siquiera a un deporte, somos leales a la idea que nos hicimos de nosotros mismos en ese contexto específico. En cierta ocasión, Baudelaire dijo, y Savater desarrolló magistralmente, que la literatura es la infancia al fin recuperada. Pues el fútbol también lo es. Todos los balones deberían llamarse “Rosebud”.
Prórroga. Y ya que tenemos las agujetas de mañana aseguradas, acabemos con una última serie de reflexiones. Más aún. Si es cierto que la filosofía es quitarle la silla a lo que damos por sentado, caigamos en la cuenta de que una de las principales causas (no la única) de nuestra infelicidad es nuestra incapacidad para darnos cuenta de que ya somos, de hecho, felices. Me explico. Dejando a un lado las situaciones dramáticas, normalmente escasas y puntuales, en la mayor parte de las ocasiones se dan las circunstancias mínimas para que seamos más o menos felices, o felicinchis. Y, si no lo somos, es porque vamos demasiado deprisa, porque dirigimos mal nuestra atención y también porque nuestras expectativas desaforadas, inspiradas normalmente por nuestro propio “idealismo”, nos llevan a fijarnos y a enredarnos en las pequeñas incomodidades, insatisfacciones y frustraciones. De este modo, lo que no deberíamos considerar más que manchas al sol, se transforma, por nuestra propia culpa, en un eclipse total. Canguilhem definió bellamente la salud como el silencio del cuerpo. Pero, ¿y si una de las fuentes de nuestra infelicidad fuese nuestra incapacidad para oír la música de la salud? Porque esa bendición nos resulta, por lo general, inaudible, y sólo reparamos en ella cuando toca repararla. Y eso mismo nos sucede con la felicidad, en general, que la ignoramos cuando está, y sólo la reconocemos, como dice Jacques Prévert, por el ruido que hace al marcharse.
Se trata, sin duda (argh), de un problema de la desatención, conectado en parte con la revolución digital, y su extractivismo atencional. Pero, ¿qué decía? Sí, que el problema de la desatención es mucho más antiguo de lo que pensamos. De hecho, coincide con la historia misma de la metafísica. Porque aquello que desatendemos, en verdad, no son los estudios, el trabajo o los amigos, sino la vida misma. Una vida que está siempre ahí dispuesta, como los zapatitos rojos de Dorothy, en El mago de Oz, que los tuvo siempre a mano, mejor dicho, al pie. Que es, precisamente, donde está también el balón. Y es que no hay mejor metáfora que el balón (también exagero un poco) para entender que atender o no atender es la cuestión…
Un joven poeta llamado Homero pensó sobre este asunto en un poema titulado la Ilíada, que narra una especie de partido de fútbol entre dos grupos de personas con las piernas al aire, que se empujan entre dos porterías, representadas, de un lado, por las murallas de Troya y, del otro, por los barcos de los griegos. Pero, para mí, el verdadero balón de la Ilíada no son las cabezas cortadas, ni el frente de batalla, que avanza y retrocede, tratando de llegar a la portería contraria, sino el escudo de Aquiles, que es un objeto esférico, que se desplaza rápidamente por el centro del campo, después de que Hefesto se lo entregue a Tetis, y Tetis se lo pase a Aquiles, quien, a su vez, se lo deja a Patroclo, al que se lo arrebata Héctor, si bien Aquiles lo recupera, y avanza con él hacia la muralla defensiva del equipo rival… Zzz…
Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo
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Más allá del parecido dinámico, lo más interesante es que ese escudo, igual que el balón de fútbol, encierra un secreto. Y el secreto que cifró en él Hefesto, a modo de “magnífica ironía”, como diría Borges, es que ese escudo, que es el centro móvil de la guerra de Troya, que es, a su vez, símbolo de todas las demás guerras (entre las que debemos incluir también las laborales, las sentimentales, las políticas y las familiares); digo que ese escudo muestra, y a la vez oculta, a la vista de todo el mundo, el secreto de la vida feliz. ¿Por qué? Porque en él están grabadas varias escenas de la vida sencilla, libre, frugal y pacífica, que, según Homero, está al alcance de cualquiera, porque es poco lo que se necesita para darle alcance, que es, precisamente, soltar ese escudo, que no nos protege y libera del ataque de los enemigos, como promete, sino que nos encierra y enreda en una guerra absurda, hasta que la mete, digo la muerte. La ironía reside en que ese gesto radical, que parece tan sencillo, es, a la vez, el gesto más difícil de realizar, porque estamos como hipnotizados por la inercia de la lucha, el miedo a la muerte y la adicción a los falsos valores. Por eso la vida es, a la vez, lo más accesible, y lo más inalcanzable.
Pues, en el fútbol, la pelota también encierra un secreto semejante. ¿Cómo no ver en ese centro móvil del partido, que no puedes quedarte, sino que debes alejarlo a base de patadas y de pases, y a la vez seguirlo corriendo para no perderlo de vista, el símbolo de una vida, que debemos impulsar y luego perseguir en una dirección determinada? La pelota es como el conatus de Spinoza. Esto es, la fuerza que nos empuja a permanecer en nuestro ser, y a aumentarlo. A conservar la pelota y a hacerla avanzar. A perderla y a recuperarla. Hasta que suene el final del partido, y podamos soñar eternamente con la final de las hormigas futbolistas.
*El último libro de Bernat Castany es ‘Una filosofía de la risa’ (Anagrama, 2026).