Las “listas negras” de cineastas muestran hasta dónde llegó la Hungría de Orbán
El director László Nemes se llevó una ovación en pie de varios minutos el 17 de mayo en la gran sala Lumière del Palacio de Festivales de Cannes, tras la proyección de su película Moulin, rodada en una antigua prisión de Budapest. Sonrisas, emoción y felicitaciones.
Pero el éxito del director húngaro, ya galardonado en Cannes en 2015 con el Gran Premio del Jurado por su película El hijo de Saúl, no debe ocultar el terreno ruinoso en que se ha convertido el cine en su país tras 17 años de “contrarrevolución cultural” liderada por la derecha nacionalista y conservadora de Viktor Orbán, una de cuyas primeras decisiones en 2010 fue suprimir el Ministerio de Cultura.
“El Estado nos ha asfixiado deliberadamente y hoy todo el mundo está sin aliento”, explica un productor que, junto con muchos otros, ha visto cómo sus proyectos eran descartados en favor de directores al servicio del ideal nacional cristiano ensalzado por el régimen.
“Nunca se ha demostrado, pero seguimos convencidos de que existía, en el seno del Instituto Nacional de Cine (NFI), una lista negra de directores y productores considerados incompatibles con el discurso nacional que Orbán quiere imponer”, explica la productora Julianna Ugrin, presidenta de la Asociación Húngara de Documentalistas (Madoke), que agrupa a unas cincuenta asociaciones profesionales.
“Personalmente, en general he podido trabajar a pesar de que me rechazaran algunos proyectos. Pero fue a costa de no expresar nunca públicamente la más mínima postura política, ya que, de lo contrario, no habría recibido financiación”, subraya.
¿Rehabilitación de los proscritos?
Numerosos directores húngaros que no ocultaban su oposición a la política de Orbán fueron, de hecho, proscritos por el NFI, que, al igual que el Centro Nacional del Cine y de la Imagen Animada en Francia, se compromete financieramente con proyectos y permite a los directores y productores encontrar otras fuentes de ingresos. Ante las denegaciones del NFI, a menudo por motivos ideológicos, varios directores magiares se vieron obligados a buscar financiación en el extranjero y han sido premiados en los grandes festivales, pero no en nombre de Hungría…
Ese fue el caso de la película de animación 27, de la directora Flóra Anna Buda, que ganó la Palma de Oro al mejor cortometraje en Cannes en 2023, a pesar de que el NFI le había denegado la financiación. El guion narraba la vida errante de Alice, de 27 años, asfixiada por su día a día y que cambia radicalmente de vida tras una fiesta psicodélica. ¡Dar una imagen así de Hungría era algo impensable para los seguidores de Orbán!
Otros cineastas húngaros, a pesar de ser mundialmente reconocidos y galardonados con múltiples premios, han tenido que financiar sus películas en el extranjero. Como László Nemes y Kornél Mundruczó (White God, Gran Premio de la sección Un certain regard en Cannes en 2014, Pieces of Women, película canadiense premiada en la Mostra de Venecia en 2020).
El nuevo ministro de Cultura promete transparencia en la financiación, "por méritos y no por lealtad política"
En este contexto, se ha visto especialmente afectada la producción de documentales: LGTBIQ+, refugiados, pobreza, integración de los romaníes… y tantos otros temas sobre los que ha sido imposible trabajar en la Hungría de Orbán.
Con la victoria de Péter Magyar y sus promesas de reformar el sistema, los profesionales del sector han recuperado por fin la esperanza. Como señal de los tiempos, una de las primeras decisiones del nuevo Gobierno fue suspender a Csaba Káel, un fiel de Orbán, al frente del NFI.
Durante su mandato, Káel dio prioridad a grandes producciones de corte patriótico que, en general, fueron fracasos de taquilla: una biografía del poeta revolucionario del siglo XIX Sándor Petőfi; otra sobre el primer ministro conservador József Antall; un thriller político sobre la década de 2000 de los social-liberales, etc.
Se estaba preparando una película espectacular y de gran presupuesto (140.000 euros solo para el guion) sobre la batalla de Mohács, que enfrentó a los magiares contra los otomanos en 1526, una fecha utilizada por los nacionalistas para justificar la represión contra la inmigración clandestina. Pero, sorpresa, pocos días después de la caída de Viktor Orbán, el 12 de abril, el NFI enterró el proyecto al anular la subvención de 2,5 millones de euros solicitada por el productor.
Colapso del “orbanismo”
Desde la dura derrota de Viktor Orbán en las elecciones legislativas del 12 de abril, las asociaciones de profesionales no han tardado en presentar sus propuestas al nuevo Gobierno de Péter Magyar. En el marco del proyecto Filmreform 2026, presentaron un libro blanco en el que abogaban por “un sistema de financiación más transparente, políticamente independiente y dirigido por profesionales en Hungría”, así como por una nueva ley de cine destinada a restaurar su competitividad internacional.
Por otra parte, doscientos jóvenes cineastas que asumen “un papel social emancipador” han planteado sus reivindicaciones en una carta abierta al nuevo ministro de Cultura, Zoltán Tarr, para refundar los “pilares de la producción cinematográfica en un país más libre, más solidario y más igualitario”.
Presionado por la sociedad civil para romper con los años de Orbán, el nuevo equipo de Gobierno y su ministro Tarr ya han hecho promesas al sector, lo que ha suscitado un optimismo prudente. En una entrevista concedida a la revista Screen publicada durante el Festival de Cannes, Tarr prometió devolver la autonomía a la industria cinematográfica y nombrar al frente de las instituciones del sector a personas elegidas por la industria y no designadas por el poder político.
También promete transparencia en la financiación, “por méritos y no por lealtad política. […] La industria debe ser abierta, y el único aspecto a tener en cuenta es el cultural”.
Tanto para los profesionales como para el Gobierno, se trata de enterrar definitivamente la batalla cultural librada en todos los frentes por el Fidesz desde 2010.
Batalla cultural
Viktor Orbán, quien en su juventud se interesó por la doctrina de la “contrahegemonía cultural” desarrollada por Antonio Gramsci, filósofo y cofundador del Partido Comunista Italiano, la declaró abiertamente en 2018 durante un congreso de su partido, el Fidesz, en la Transilvania rumana, precisamente donde cuatro años antes había decretado el advenimiento del Estado “iliberal”.
Había anunciado allí: “La estabilización de nuestro sistema político sobre sus bases nacionales y cristianas es un éxito. […] Nuestra victoria de 2018 es un mandato para construir una nueva era. Esta es la tarea que nos espera: asentar nuestro régimen político en una era cultural. Nos enfrentamos a grandes cambios”.
La batalla cultural se cristalizó en 2020 en torno a la Universidad de Arte Dramático y Cinematográfico de Budapest (SZFE), transferida del Estado a una fundación (como la mayoría de las universidades) y puesta bajo la tutela de un director de teatro talentoso pero muy conservador, Attila Vidnyánszky.
Este director anunció el fin de la autonomía pedagógica y el “reajuste ideológico” de esta institución, la escuela de cine más antigua del mundo, que ha formado a los mayores talentos húngaros, desde Béla Tarr hasta Ildikó Enyedi.
Los recién llegados a los ministerios descubren ahora la magnitud de los medios desplegados por el Gobierno saliente para poner la cultura al servicio de su poder
Fue necesaria la crisis sanitaria del covid para poner fin a diez semanas de ocupación de la universidad y cuatro meses de pulso con el Gobierno de Viktor Orbán. Ahora, los estudiantes piden al Gobierno que devuelva la autonomía a la SZFE.
El colapso sorprendentemente rápido de las estructuras de Fidesz tras el cambio político se extiende también al conjunto de la cultura. A principios de mayo, el mismo Attila Vidnyánszky, también director del Teatro Nacional, dimitió de su cargo en el comité del Fondo Cultural Nacional (NKA) después de que se conocieran las sumas astronómicas distribuidas justo antes de las elecciones a organizaciones y asociaciones cercanas al Fidesz, bajo el pretexto del apoyo cultural.
Los recién llegados a los ministerios descubren ahora la magnitud de los medios desplegados por el Gobierno saliente para poner —además del cine— la cultura al servicio de su poder. Un ejemplo entre otros: el violinista estrella Zoltán Mága percibió el equivalente a 1,4 millones de euros por hacer campaña a favor del Fidesz.
En concreto, se trató de una serie de conciertos justificados, según su productora, por el hecho de que “la izquierda busca deliberadamente seducir al mundo artístico y al gran público. Es crucial para el bando nacional ganarse el apoyo de ciertos grupos sociales, en particular los votantes romaníes, las personas mayores y los indecisos”.
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Pero no fue suficiente. Ironías de la historia, una película independiente rodada en el mayor secreto y a espaldas de toda la profesión pudo contribuir a derrotar el “orbanismo”. La película Tavaszi Szél (Viento de primavera), a medio camino entre documental y vídeo de campaña, que narra la marcha triunfal de Péter Magyar hacia el poder, acumuló 140.000 espectadores en las salas de cine y, sobre todo, 3,4 millones de visualizaciones en YouTube el fin de semana anterior a las elecciones. Esa es también la cantidad de votos que obtuvo el líder de Tisza el 12 de abril.
Traducción de Miguel López