Benjamín Prado: "Quedaba con Javier Marías y Vargas Llosa y podíamos estar horas riéndonos"
Las memorias de Benjamín Prado (Madrid, 1961) son un bestiario infinito. ¿Por qué se peleó como nunca con Joaquín Sabina y cómo se reconciliaron en la misma noche para salir todavía más amigos? ¿Cómo llegó a conocer y qué le dijo a Bob Dylan? ¿De qué poeta de leyenda eran los versos que recitó con Alberti para comprobar que estaban vivos, atrapados en un coche, después de una colisión de tráfico? Qué hago yo aquí (Alfaguara, 2026) es un cruce emocionado de recuerdos y reflexiones, marcado no solo por la amplia trayectoria de su autor, sino también por las incontables figuras célebres que se cuelan en sus páginas. ¿Tan divertidos eran Mario Vargas Llosa y Javier Marías? Mejor que nos lo cuente él mismo.
¿Por qué escribir unas memorias?
He escrito estas memorias no porque tenga muchos recuerdos, sino porque empezaba a tener algunos olvidos. He pensado que merecía la pena ponerlos a salvo porque, dejándome a mí al margen, si es que se puede dejar al margen en una autobiografía al autor, tuve la suerte de empezar a escribir en una época irrepetible en la que estaba viva toda la generación del 27, la del 36, la del 50, era la plena eclosión del boom latinoamericano...
Por eso, por estas páginas desfilan infinitas figuras irrepetibles.
Es que uno se podía permitir ser amigo de Rafael Alberti, ir a la calle Covarrubias a ver a Gerardo Diego o ir a Alberto Alcocer a que Dámaso Alonso te enseñase su biblioteca, ver a Vicente Aleixandre o Luis Rosales, o ser amigo de Jaime Gil de Biedma, conocer un día a Cortázar, otro a García Márquez. Era esa época en la que el trabajo más fácil del mundo era ser jurado del Premio Cervantes, porque la duda era dárselo a Onetti, a Vargas Llosa o a Borges. Entonces estaba chupado [risas], ahora ya no es tan fácil. Si uno ha tenido la suerte de vivir esa época, que es, como casi todo en la vida, cuestión de azar, y ha tenido la fortuna de estar ahí, claro, los personajes que te salen en la historia son apabullantes.
Es que hay tantos personajes que casi ni merece la pena preguntar por ninguno en particular.
Yo diría que hay dos vertientes en lo que cuento. Por una parte, están los mitos literarios, gente que parece recortada de un manual y echada a andar por la calle. Por otra, están las personas que había debajo, que nos enseñaron que se puede intentar ser, o en su caso serlo, excepcional en tu trabajo y absolutamente normal en tu vida. A mí me aburre y casi me irrita la solemnidad, y todos estos carecían de ella. Bueno, alguno tenía un poco más, como Octavio Paz, pero siempre hasta el segundo whisky.
Rafael Alberti se habrá muerto para los demás, pero para mí no, yo lo llevo dentro de la cabeza
Entabló una familiaridad que resulta prácticamente inaudita.
Para mí, es un privilegio haber conocido por dentro a todos ellos y convertirlos casi en una familia nombrada a dedo. Porque no es ya solamente leer Sobre los ángeles, de Rafael Alberti, o Tratado de urbanismo, de Ángel González, sino llevarles al médico y hacerles la compra si estaban mal. Poder haber atendido y cuidado a gente a la que admiraba muchísimo, y con el tiempo quise todavía más de lo que admiré, es un privilegio.
¿Hay un momento exacto en el que pasan de mito a persona?
Lo bueno es que eso no pasa, porque a mí nunca se me olvidaba quién era Rafael Alberti, como no se me ha olvidado nunca quién es Joaquín Sabina, ni siquiera escribiendo canciones con él. Lo que ocurre es que puedes ser al mismo tiempo amigo de Joaquín y de Sabina, de Rafael y de Alberti, que son cosas complementarias pero distintas.
Algo tendrá el whisky cuando no lo bendicen
La idea de que todo en su vida ha sido por casualidad se repite mucho.
La historia de este libro es cuál ha sido el camino, qué estoy haciendo aquí y, sobre todo, por dónde he venido. Contar la historia, a quién me he ido encontrando, quién iba de la mano, quién me perseguía [risas]. Toda esa es la historia que hay que contar en unas memorias, porque lo otro, que soy escritor, novelista, que he hecho de actor, ya lo sabe más o menos mucha gente. El cómo lo saben menos.
Los años de periodismo en Diario 16 son una mina de historias sin fin. Llegar de juerga sin dormir, pero aun así trabajar de sol a sol, los compañeros fumando y bebiendo en la redacción con botellas de whisky en el cajón.
Es que a Diario 16, donde también aparecí por casualidad y sin ser periodista, llegabas después de comer y, si había 150 personas, 119 estaban fumando. Era un periódico muy sui generis, nunca te explicabas cómo era posible que saliera ese día al kiosco. Tú te decías: "Hoy no, hoy esto es imposible". [Risas]. Estaba lleno de personajes fascinantes, a veces casi teatrales: desde uno que hacía las páginas midiendo con una cuerda, hasta el montador que solo trabajaba sobornándote si le comprabas tabaco y cerveza, y cosas por el estilo. No tenía nada que ver con el mundo de ahora, más sofisticado, digamos, más regulado. Era muy divertido, y por eso, yo al periodismo le debo muchísimas cosas.
¿Cómo que?
Le debo, por ejemplo, el vértigo de saber que las cosas hay que acabarlas. Yo puedo estar corrigiendo un poema o una novela 30 años, no lo soltaría nunca, pero el periodismo me ha enseñado que llega la hora de cierre y las cuatro columnas tienen que estar, tanto si te gustan como si no. También he aprendido algo que para mí es fundamental: escribir con ruido alrededor. Porque, al final, dedicarme a la literatura me deja muy poco tiempo para escribir realmente, porque estás todo el día metido en un tren, en un avión, en un hotel o en una conferencia, así que el periodismo de redacción me enseñó a abstraerme y escribir con otra gente al lado, pegándole gritos a algún subsecretario, mientras yo escribo un poema.
Un amigo de verdad es al que llamas porque no tienes nada que decirle
Han cambiado mucho las redacciones.
Yo soy de la época en la que los grandes columnistas, Umbral, Raúl del Pozo, Martín Prieto... que estaban en Diario 16, iban a escribir su columna a la redacción. Aparecían por allí, brujuleaban un poquito, iban de mesa en mesa, poniendo la oreja a ver de qué iba la cosa, y entonces escribían su columna. Eso hoy no lo hace nadie, evidentemente. Eso sí, por ejemplo, Umbral llegaba y antes de fisgonear se tomaba su whisky, que había que tenerlo allí preparado en una mesita [risas].
Lo que bebía toda la gente de la que estamos hablando.
Yo creo que los de la generación del 50 bebían contra Franco, de alguna manera. Se parecía mucho a aquella frase famosa de Jardiel Poncela: "Una dictadura es un sistema en el que todo lo que no esté prohibido será obligatorio". Pocos refugios tenían contra todo ese horror, aparte de juntarse a tomar copas con los amigos y reírse en medio del infierno, de alguna manera. Ángel González, a las seis de la tarde, siempre decía: "¡Es la hora Hemingway!"
Qué aburrido y qué pobreza solo poder tratar con gente que piense lo mismo que tú en todo
La amistad es un eje transversal de estas memorias. ¿Hay que tener mucha disciplina para mantener a tantos amigos y amigas?
Eso es básico. Siempre digo que las amistades son como las plantas: hay que cuidarlas, abonarlas y regarlas, porque, si las dejas, se mueren. En cuanto estoy una temporada sin ver a un amigo, me empiezo a preocupar, lo llamo y le digo: "Tenemos que vernos, aunque sea diez minutos, esto no puede ser". Eso es lo que delata a una verdadera amistad, porque un amigo de verdad es al que llamas porque no tienes nada que decirle. Si tienes que tener un motivo, ya no es tan amigo. Ahora, si es una llamada de "¿qué haces? Pues nada, ¿y tú? Nada. Pues venga, a ver si nos vemos". Ese es un amigo al que llamas para ver cómo está, para comprobar que está bien todo, y ya está. Por eso tienes toda la razón del mundo: las amistades hay que mantenerlas con un azadón en la mano.
Por cierto, ¿las amistades más bonitas empiezan siempre en los bares?
[Risas] Sí, es verdad. Yo mismo me sorprendí al darme cuenta de que a casi todos los había conocido así. Entro en un bar después de leer Sobre los ángeles y ahí está Rafael Alberti, y nos hacemos 15 años. Entro en El rincón del arte nuevo a tomar una cerveza y escuchar a algún cantautor, conozco a Sabina y nos hacemos amigos, hace 43 años a estas alturas ya. Me cojo una moto para ir a Granada a ver el circuito del martirio lorquiano, me siento en una terraza y a los cinco minutos se sienta en la mesa de al lado Luis García Montero, que es mi hermano del alma. Es verdad que todo ha empezado en los bares. Al final, Jack Kerouac decía que su sueño era recorrer el mundo hablando nada más que con los camareros. [Risas] Algo tendrá el whisky cuando no lo bendicen.
Fue un privilegio llevar al médico o hacerles la compra a Rafael Alberti y Ángel González
Volviendo a Alberti, recuerda como su principal consejo "no ser sectario", porque se puede aprender mucho de los que no piensan como uno. ¿Aplica eso en su condición de tertuliano televisivo y columnista de opinión?
Rafael Alberti se habrá muerto para los demás, pero para mí no, yo lo llevo dentro de la cabeza y me acuerdo de muchas de las cosas que me decía. Recuerdo aquello de "niño, para no ser un idiota, tú tómate siempre tu obra muy en serio y a ti mismo muy en broma". Y, efectivamente, en cualquier debate político me acuerdo de ese otro consejo: "No seas sectario y, sobre todo, escucha a los que no están de acuerdo contigo, porque aprendes más de ellos que de los que sí lo están, porque eso ya te lo sabías". Es una cosa que tengo presente antes de sentarme en una silla a debatir con la gente, y a lo mejor por eso me llevo bien con casi todo el mundo. Ayer me preguntaban si tengo enemigos y digo: "Que yo sepa, no". Hombre, cuando opinas siempre hay gente que no está de acuerdo, pero no tengo esa sensación, seguramente porque yo no tengo ideología, lo que tengo son ideas y, además, son muy básicas. No me llevo mal con la gente. Recuerdo también que a escuchar me enseñó Ángel González, que era un señor que tenías la sensación de que te escuchaba, no ya con las orejas, sino con todo el cuerpo, con una atención extrema. Y eso hay que aprenderlo de los que saben. De los que saben ser, sobre todo, buena gente.
Puedes ser al mismo tiempo amigo de Joaquín y de Sabina, de Rafael y de Alberti, son cosas complementarias pero distintas
¿A ser letrista de canciones le enseñó Joaquín Sabina? Cuenta en el libro muchas cosas bonitas de él, pero también la única gran pelea que han tenido, concretamente, por un adjetivo.
Nos peleamos muchísimo ese día [risas]. Recuerdo a Leiva entrando en el estudio donde estábamos encerrados, matándonos, y decir: "Chicos, ¿no podríamos llegar a algún tipo de acuerdo?". Y Sabina le responde: "¿Pero es que no ves que estamos a punto de darnos de hostias o qué?". Pero acabamos la pelea, naturalmente se hizo lo que él quería, como siempre, que para eso es Sabina y yo no, y lo solucionamos escribiendo otra canción esa misma noche a partir de unos versos que llevaba yo en el bolsillo. Aunque Joaquín no quería, porque decía que el disco ya estaba terminado, le convencimos y la canción se escribió, se compuso y se grabó a las 6 de la mañana; por eso se notan las copas, el sueño y los restos de la pelea. Así que de la discusión salimos todavía más amigos de lo que ya éramos con, para mí, la canción más bonita que hemos hecho: Por delicadeza.
'Diario16' era un periódico muy sui géneris, nunca te explicabas cómo era posible que saliera ese día al kiosco
No hay que elegir, pero: ¿Joaquín Sabina o Bob Dylan?
No hay por qué elegir en nada, esto no es una carrera de galgos [risas]. De hecho, en la vida lo más aburrido es elegir, porque cada cosa que eliges te quita otras diez posibilidades. Para mí, la vida consiste más en compartir que en competir. No soy competitivo, no quiero batir ningún récord. Puedo pasarme meses dándole vueltas a un poema y se lo enseño a Luis (García Montero), a Joaquín (Sabina), a Chus (Visor)... y ellos lo mismo. Así, luego leo un verso de un poema y me acuerdo de que me lo dijo Joaquín. Compartimos y eso es lo bonito.
¿Los poetas son las verdaderas estrellas del rock?
Joaquín me define como una estrella del rock sin ningún disco, que hace falta ser mal tipo [risas]. Yo me moriré con una gotita de rock and roll en la sangre, y siempre he intentado que todo lo que escribo tenga un poquito de música, porque es una parte importante de mi vida. Por eso me divierte tanto hacer giras con bandas, recitales mixtos de poesía y música, o escribir canciones de vez en cuando: porque me gusta que haya un carácter musical, pop, y eso se puede hacer dentro del poema más serio, el más profundo y riguroso estéticamente, ya que eso no abarata nada, sino que le añade un elemento más.
El periodismo me ha enseñado que llega la hora de cierre y las cuatro columnas tienen que estar, tanto si te gustan como si no
Obviamente, también está muy presente Almudena Grandes en estas memorias, al mando en esos veranos en Rota, todos juntos.
Me costó mucho escribir lo de Almudena, lo dejé para el final, cuando ya estaba todo escrito. Fue un momento muy duro para mí tener que recordar eso. Ella tenía una personalidad tan deslumbrante y arrolladora que, siendo casi la última que llegó al grupo, porque nos conocíamos de muchos años, a los dos minutos era la gran mamá grande de todo el mundo. Gobernaba la banda con una espumadera en la mano, a golpe de croqueta y de invitación a cenar, y se convirtió en una especie de centro de gravedad de todo el grupo. No era una virgen por lo civil, como ahora quiere alguna gente creer, tenía sus contradicciones y sus historias, pero era una persona de una generosidad extraordinaria y de una lealtad extrema a sus amigos. Yo siempre le gastaba la misma broma, y le decía que el día que se extinguiera la humanidad solo iban a quedar ella y Will Smith, porque es el que queda en todas las pelis. Y, fíjate, es la única que no está.
Lo más aburrido es elegir, porque cada cosa que eliges te quita otras diez posibilidades
Hay un momento en el que cuenta que, según los datos de Iberia, había volado con ellos más de 500 veces, como para dar 17 vueltas al mundo. La de kilómetros que hacen los escritores.
Esta semana estuve el martes en Barcelona; ahora, en Madrid; el viernes voy a Teruel; el sábado, a Valencia por la mañana y, por la tarde, a firmar a la Feria del Libro de Madrid. Esa es mi vida, pero yo siempre digo que me quejaré cuando no me hagan caso. Es verdad que empiezo a estar muy cansado y que, por ejemplo, he suspendido los viajes a América, porque yo me he pasado la vida allí, pero ya le he puesto freno porque no me da el cuerpo ni la salud. Por aquí sí me muevo mucho, con la gratitud de ir a los sitios y que haya gente por tus libros. Eso sí, ya no salgo a tomar copas después de la actividad, me acuesto pronto, intento que me lleven a cenar al mismo hotel para escaparme haciendo de nutria mojada un poco [risas]. Creo que lo echaría de menos si dejara de sonar mi teléfono y dejaran de proponerme cosas, pero, si me propusieran alguna menos, tampoco pasaría nada [risas]. Es que la gente me dice que soy un artista multidisciplinar, pero yo respondo que soy un pluriempleado, que es más nuestro.
Habla también del paso de los años, algo que inevitablemente trae de la mano la enfermedad. En el libro lo desliza, pero ya ha hablado abiertamente en las últimas horas de su diagnóstico de parkinson.
Me han obligado un poco, porque soy muy pudoroso y no me gusta. Cada uno elige en esta obra un papel, y el mío ha sido el de Benja el divertido. Entretengo a la gente, la hago reír, y me acuerdo siempre de lo que decía Azcona: "No le cuentes a tus amigos penas y desgracias, que los divierta su puta madre". Por eso, creo que es mejor contar lo divertido que lo triste, aunque está ahí, ya que, evidentemente, hay un yo melancólico, nostálgico y asustado, porque uno tiene ya 64 años para 65 y la biología existe más allá de la bibliografía. Pero no me quejo, he tenido una vida bonita, la tengo todavía, y espero tirar una temporada más. Ya veremos.
Para llegar a las diez novelas de Juan Urbano, por ejemplo.
Las memorias de Benjamín Prado: 'Qué estoy haciendo aquí'
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Pues mira, esa es una de las razones por las que no quería escribir mis memorias, por no interrumpir, porque luego las cosas se quedan a medias y da mucha rabia. Almudena murió torturada porque no pudo acabar la última de sus Episodios de una guerra interminable, por ejemplo, y yo me acuerdo, honestamente, de lo que eso le afectaba, de lo mucho que le dolía. Por eso, ya te digo, estas memorias las he escrito porque tengo muchas cosas que recordar, pero también porque he empezado a tener algunos olvidos, y he pensado en contarlas antes de que se borren. Y sí, me encantaría acabar las diez novelas de Juan Urbano.
Una frase final que le dijo a Mario Vargas Llosa: "A mis amigos no les pido que piensen como yo, sino que me quieran y se dejen querer".
Es tal cual. La gente se metía conmigo y me decía: "¿Pero cómo puedes ser amigo de ese facha?". Para empezar, no es ningún facha. En segundo lugar, es la persona con la que más te puede gustar no estar de acuerdo. Porque entra en la controversia con tal educación, con tal gusto por el argumento, nunca te aplasta ni te avasalla, siempre intenta razonar, y eso es un auténtico placer. Además, era uno de los tipos más simpáticos y divertidos que he conocido en mi vida, aunque le pasara como a Javier Marías, con ese aspecto circunspecto. Pero yo quedaba con Javier Marías y estábamos cinco horas riéndonos, y con Mario pasaba lo mismo, recuerdo hacer vuelos transatlánticos de 12 horas con él y estar descojonándonos de la risa todo el rato, porque contaba historias impagables de Cortázar. Hay una foto de la que siempre hablo, que estamos en La tertulia de Granada, en un cumpleaños sorpresa que me hicieron allí, donde se ve muertos de risa a Mario, a Joaquín, Almudena, Luis, Chus Visor, Leiva, Rubén Pozo... Gente de diferentes ideas que se lo están pasando muy bien en torno a un amigo al que le han hecho una fiesta. Esa felicidad que se ve en esa foto no tiene nada que ver con esas visiones que tiene a veces la gente de que sólo puedes ir a sitios y tratar con gente que piense lo mismo que tú en todo. Pues qué aburrido, chico. Qué pobreza estar de acuerdo en todo.