Fantasías de amor derrumbadas
Irene está pasando un ocioso mes en Grecia. Hoy se ha bañado en las aguas de la isla de Icaria, dicen que brota agua termal y quiere probar a ver si le calma el dolor que siente en la rodilla izquierda y que arrastra desde hace tiempo. Hace más de treinta años que su vida se caracteriza por las quejas físicas, aunque las mentales se llevan la mayor parte. Cuando la idea del mar es más fuerte que su pesadumbre, Irene se marcha con exceso de equipaje a alguna costa mediterránea y en su piso abarrotado de recuerdos se queda todo aquello que continúa aplazando y que no logrará resolver.
En Naxos pasa un par de días, antes de coger el ferry que la llevará a Koufonissi, una isla pequeñísima que se puede recorrer en pocas horas y en la que las aguas transparentes la continuarán acompañando. Irene recogerá las simpáticas flores con filamentos lilas de la alcaparrera que crece en las grietas de los muros y las colocará en un vasito con agua, sobre la mesa de la terraza del hotel. Ella nunca desestima la armonía preciosa que encuentra en las flores y las plantas, uno de sus refugios más preciados.
En el islote de Palatia, cerca del puerto de Chora, se encuentra la Portara, que forma parte del templo inacabado de Apolo. Estamos a principios de junio y con Irene ya hay al menos cien personas fotografiando la belleza que el sol del atardecer dibuja sobre el mar, las montañas y la imponente puerta de mármol que rodean los visitantes. El astro crea sombras serenas a juego con la fragancia de la brisa salada.
Irene carga con la idea del abandono desde muy temprana edad y con setenta años no la va a dejar escapar. Forma parte de su yo y nunca se ha prestado a analizarlo, optando por resguardar su relato y su educación sentimental en las óperas y en la mitología. Subida a una piedra irregular mientras graba unos segundos de esta puesta de sol rojiza, le aparece el drama de Ariadna.
Cuenta la tradición que fue aquí, en Palatia, donde Teseo la abandonó después de huir de Creta, antes de seguir el viaje hacia Atenas. A la pobre Ariadna nadie la saca de la canallada que le hizo Teseo, piensa Irene. Luego llegó Dionisio para quererla, pero a Irene le parece una solución falsa y de mínimos. Como todas las que ha tenido ella desde que acabó su segunda y última historia sentimental, cuando se dejó llevar por un amor desbocado que le exacerbó la perturbación. Convirtió al hombre en el centro de su vida y con él intentó llenar el vacío existencial.
En la ópera Ariadne auf Naxos, en el monólogo de Ariadna que empieza con: ¡Ay! ¿Dónde estoy? ¿Muerta? , Harlekin, Brighella y Truffaldin las describen bien a las dos: ¡Qué joven tan bella y tan desmesuradamente triste! ¡Y difícil, imposible de consolar, para mí!. A Irene la tranquilidad le durará lo que dure este mes en Grecia y aún así, la soledad tejida al pasado respirará en cada paseo, en el pescadito frito que comerá y en la arena que pisará cada vez que se levante de la agradable hamaca. Será una anhelada y breve calma en un sitio bello y remoto.
Irene entiende la vida como el decorado de una ópera que esconde y confunde sus emociones mientras lee y susurra arias frente al paraíso. La ópera, como la vida, está alimentada por la turbulencia y a los amores que en ella empiezan sencillos siempre les llega algo (como el veneno) o alguien (déspota, tal vez) que los estropea. Por eso es tan importante saber salir de escena a tiempo y no quedarse atrapado.
Irene ha llegado a Koufonissi y le molestan los todoterrenos que encuentra por los caminos y el restaurante mexicano con una pizarra chillona. Piensa que dentro de dos días esto se convertirá en Ibiza. ¿Qué quieres? Todo aquel que se lo puede permitir busca la misma exclusividad. En el instante en que Irene se redescubre las calles de la isla y se encuentra con alguna cala rocosa vacía, su hijo Carlos descubre unas cartas. Se trata de la correspondencia que Irene le envió a aquel segundo y último amor mientras este realizaba el servicio militar. Era el año 1985.
“Si tú estuvieras aquí, todo sería bien distinto. Hasta el piso que, por cierto, está muy limpio, me parecería más bonito. Nunca más quiero viajar sin ti”.
“Hoy es el último día para apuntarse a alemán. Supongo que me conviene mucho vivir pendiente de algo más que de tus peripecias, aunque no estoy del todo segura de que las clases o cualquier otra ocupación me puedan distraer de esto. No puede ser que me sienta morir cada vez que te ponen cinco días de castigo. Te quiero y querría que pasara, a cámara rápida, esta pesadilla inacabable”.
“Si no te he escrito antes, es por culpa de estos celos enfermizos y feroces, estúpidos y todo lo que les quieras llamar. Tienes que perdonarme. Ya comprendo que es una exageración no ser capaz de soportar que ni un destello de tu pensamiento salte hacia un lugar que no sea yo. Perdóname, pequeño. Ya sabes que el día que te fuiste no pude ir a dar clase. Me sentía hasta enferma, como perdida, incapaz de nada”.
“No rascabas, pero la cara la tengo bastante enrojecida y el pecho lleno de puntitos rojos. Pero ¿quién pensaba en esto?… Ya podrías llamar ahora mismo. ¿Cómo crees que se puede vivir con esta locura? Llámame mañana, amor mío. Llámame. Te quiero y te deseo como cuando estamos juntos”.
Estas cartas confirmaban lo que Carlos ya sabía. El tormento acompañó la historia entre su madre y su padre desde el primer hasta el último día. Los momentos de relativa calma fueron únicamente aquellos en los que se iban de vacaciones. Por eso ella sigue haciéndolo. Irene se va. Y siempre ha puesto fuera de sí la responsabilidad emocional, intentando cobijarse en un amor miraje que era más bien su necesidad de que alguien la salvara del pozo de su soledad donde se acompañaba de jerseys de cachemir, libros, óperas y langosta.
“Mientras desayunaba en la cama, me perdía pensando en la librería de la que hablamos. En el baño que construiríamos en la bodega, la piscina que imaginabas, etc., etc., pero todo muy poco a poco, lo pensaba, como si el corazón estuviera muy cansado y no diera para más. Qué intenso este fin de semana juntos. Qué sueño tenía esta mañana cuando el despertador sonó a las nueve para ir a clase de alemán. Me he girado y, media hora más tarde, aún estaba en la cama. Mamá ha entrado y me ha preguntado: “¿Sabes qué hora es, preciosa?”. Me he levantado, pero parecía que el cuerpo me pesaba cien kilos y no cincuenta. No me has llamado tal como habíamos quedado y lo he hecho yo, pero no me han dado ninguna novedad. Espero que me llames luego. Sufro por todo: por si te dormiste en el autocar y nadie te avisó, por si no te dejaron entrar, por si perdiste la cinta de vídeo y yo qué sé, por todo. ¿Y si te dejaron entrar pero no te has despertado a diana? Esta noche he soñado que aún estábamos juntos. Muchos besos, pequeño”.
“Empieza a pensar qué haremos en Semana Santa. Voto para irnos al extranjero. A Venecia, por ejemplo, o a Múnich. ¿Aunque fueran solo cinco días, eh, pequeño? Si te apetece, también podríamos ir a Holanda, ¿no? Muchos, muchos besos”.
La pasión que sentía por este hombre joven se confundía con la historia que había armado a su alrededor. La fantasía perfecta. El padre de Carlos era el objeto de todas las alegrías y de todas las tristezas de su madre. Irene le dio un peso que ningún hombre podría cargar, aunque, a la vez, uno que casi cualquier hombre, incluido su padre, se vería capaz de abordar. Un hombre que quiere probarse ante una mujer imponente. Otra quimera.
“Ayer cuando me iba a dormir hacia las dos de la madrugada escuché, viniendo de no sé dónde, el mismo toque de campanas que hacen las horas en el reloj de Castellón, bajé las escaleras corriendo, abrí la puerta de la calle, pensando si tu estarías fuera y habrías orquestado aquel montaje, pero sólo encontré frío, lluvia y niebla. Más bien me entró el miedo y volví para arriba. Más tarde, leyendo, iba oyendo el toque de los cuartos, de las medias, de los tres cuartos y, de nuevo, de las horas. Así toda la noche. No sabía si soñaba o qué. ¡Pero no, estaba despierta y lo sentía; más que soñar es que ya me había vuelto bien loca como Lucia di Lammermoor! Al final resulta que han puesto un reloj igual que el de la plaza de Castellón. Ni en el pueblo me dejarán en paz estas musiquitas que solo me hacen pensar en soledad, deleite, angustia y la falta de ti. Mañana tengo que plegar todas las toallas y nuestras sábanas que el otro día escaldé y lavé. Y también, cómo no, ordenar la habitación, perpetuamente hecha un caos”.
Y así como Ariadna queda fijada en el delirio del abandono y no quiere seguir viviendo, Lucia de Lammermoor enloquece porque la realidad se vuelve insoportable. Ella está enamorada de Edgardo, enemigo de su familia, y su hermano la manipula para que se case con otro hombre. En la noche de bodas rechaza violentamente el matrimonio impuesto y mata al hombre. Luego reaparece, sin poder distinguir ya entre lo ocurrido y la ilusión de reunirse con Edgardo, de quien cree que oye la voz. La razón se ha extraviado asegura el capellán.
Es entonces cuando Lucia, en la escena “¡Oh, justo cielo!”… El dulce sonido…, habla de una voz que le ha bajado al corazón. Se imagina que su enamorado la llama y asegura: ¡Edgardo! Edgardo! Vuelvo a ser tuya. Solamente está en su cabeza, cuando Edgardo acaba llegando en carne y hueso, el coro le cantará: “Funestas fueron para ella las bodas... el amor la arrancó de la razón... se acerca a sus últimas horas, y te reclama... por ti gime...” Lucia continúa agonizando y muere. En este caso, él irá detrás y se suicidará esperando reencontrarse con la amada.
La que pasea por Koufonissi este atardecer se ha cruzado con unos que sí han logrado unirse en matrimonio. La pareja caminaba desde el yate del que habían bajado hasta un restaurante situado en unas terrazas de piedra frente al mar. Ella lucía un vestido largo de color verde y el novio vestía una americana negra y unos pantalones blancos cortos, igualmente elegante. Otras embarcaciones grandes llegaban al diminuto puerto para unirse a las nupcias. La fiesta y los fuegos artificiales retumbarán por toda la islita la noche entera. Irene sigue fastidiada por los ricos que se apoderan de su escondite como si fueran dioses, aunque, con seguridad, le gustaría ser la madre del novio.
Para las tres mujeres de esta historia la fantasía amorosa se derrumba. Sin contar con la del vestido verde; aún es pronto para descubrir su porvenir. Podemos sacar en claro que la turbulencia amorosa nos puede acompañar hasta la tumba, pero es que la llevamos dentro y nos separa de la comunidad si no conseguimos pactar con la cordura. Es necesario el perdón, hacia uno mismo y hacia los otros y así podremos aspirar, al menos, a un feliz desenlace.
Llegamos así a Mozart y a la clemencia y al autocontrol de las pasiones, tan presentes en el imaginario ilustrado del XVIII. Herramientas perfectas para cerrar el caos. En Le Nozze di Figaro la condesa Almaviva perdona al conde por haber querido seducir a otra mujer. Yo soy más benigna, y digo que sí, asegura la condesa cuando él le pide que le perdone. Todo acaba en una gran fiesta y todos juntos cantan: “Este día de tormentos, de caprichos, de locura, en contento y alegría sólo el amor puede concluir”. Claro está, es una ópera.
En la historia de Irene, ni ella ni él reconocen jamás su responsabilidad y podría ser que no exista nada, ni siquiera las bellísimas olas del mar griego, que logre tranquilizar sus almas turbulentas.
*Laura Calçada Barres es autora de ‘Fucking New York. Història dels meus límits’ (Destino, 2023).