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Carta sobre Cataluña a un amigo que vive en el extranjero

Franklyn Raúl Estruch Fernández

En España lo que más suena y acapara medios es el problema catalán, y no sin razón. Ha llevado a un plano casi imperceptible la corrupción y la desigualdad social que se esconde tras la recuperación económica actual; y ha venido también a desplazar la constante alusión a Venezuela (tal parece la provincia de ultramar de España) por los medios de difusión (los de aquí no son presos políticos, los de Venezuela sí). El otro tema, muy de moda hoy en día, es la rusofobia (cuando no hay enemigo, hay que inventarlo). Ahora resulta que los rusos y el Kremlin, sin distinción, son los que manipulan y definen todas las elecciones en el mundo. Como chivo expiatorio no tienen precio, ¡eh! El abanderado de esta campaña en España es El País.

El problema catalán es muy complejo y, aunque se salga de esta crisis institucional nacional, volverá a reaparecer cada vez que haya crisis, y en mayor dimensión mientras sigan en el poder los miopes del PP. Realmente existe un sentimiento independentista sustentado en diferentes acontecimientos históricos. Guerras vinculadas a la sucesión al trono en España terminaron en enfrentamientos nacionales; la declaración de independencia durante la República, para supuestamente evitar la llegada del franquismo a Cataluña; y la reacción mediática y política catalana ante la supresión de algunos artículos del Estatuto de Cataluña (es como una constitución autonómica) por el Tribunal Supremo, a instancias del PP. Más recientemente, solicitaron el mismo tratamiento fiscal que tienen los Vascos y Navarra (al que habían rehusado en su momento), y les fue negado, por la causa que sea. Este sentimiento ha sido y es cultivado en la prensa local catalana y en las escuelas con toda intención. La crisis económica no superada aún para los de a pie potenció ese sentimiento, estimándose de un 43-47% los partidarios de la independencia. No hablamos de un grupito de intelectuales o burgueses, o extremistas de izquierda.

Sea bajo las condiciones que sea, y de la mano que sea, el movimiento independentista es legítimo, pero no lo suficientemente convincente hoy como para declarar la independencia por cualquier vía. Obviamente, creo que es un problema muy serio como para aceptar un 50+1, y siempre habría que negociar los por cientos y las preguntas. Como demócrata, creo que si se dieran esas condiciones habría que pactarla y aceptarla, aunque no veo a Cataluña fuera de España, ni a España sin Cataluña.

Los independentistas catalanes han insistido una y otra vez en unas elecciones plebiscitarias y en un referendo por el derecho a decidir, que en teoría sólo sería posible si se modificara la Constitución del 78, que refrenda que la integridad territorial radica en el pueblo español; es decir, el referendo tendría que ser votado por todos los españoles. La base de cualquier democracia verdadera descansa en el sufragio universal directo y secreto para la elección de todos los cargos y poderes públicos importantes y para la aprobación de la Constitución; que hasta que no se modifique o cambie, rige toda la vida política, jurídica, económica y social de una sociedad en un periodo determinado. El gobierno, el PP y Ciudadanos, y el PSOE por pasiva, se han estado escudando detrás de la Constitución, sin ofrecer nada a cambio; ni siquiera la modificación del modelo de autonomía en busca de un nuevo encaje con mayor aceptación por parte de los nacionalistas; y digo nacionalistas porque no todos son independentistas. Estos partidos constituyen la mayoría en el Congreso y en el Senado, deciden; y esas son las reglas de la democracia; lo contrario es la anarquía y el caos.

Obviamente, se produjo lo que ya muchos preveíamos, un choque de treneschoque, porque en ningún momento se abrió una línea alternativa para la negociación. Ambos se posicionaron en los extremos. El Gobierno y el Parlamento catalán, con una prisa y desespero infundado e irresponsable, pues no se dan en Cataluña ninguna de las condiciones y características usualmente existentes entre una colonia y una metrópoli que pudiesen llevar a un pueblo a saltarse la legalidad, se lanza a la empresa de un referendo ilegal, y a la aprobación de una ley de desconexión de España. Con sólo la argumentación nacionalista de “España nos roba”, y la usurpación de la representatividad de una mayoría que no votó por ellos, aunque tuvieran mayoría de escaños, el Gobierno catalán y el Parlamento institucionalizan la ruptura de la sociedad catalana, y retan al Gobierno.

Claro que el Gobierno no iba a cruzarse de brazos, teniendo de su lado la Constitución y el apoyo del PSOE y Ciudadanos. Se dieron orientaciones expresas para confiscar urnas y boletas antes del día del “referendo”. Hasta ahí bien, pero también le ordenaron a la Guardia Civil no permitir que abrieran los colegios electorales. ¿Acaso alguien pudo pensar que no hubiese enfrentamientos? Ante la resistencia en algunos colegios, hubo violencia y represión. Policías vestidos de uniforme, y con órdenes expresas, tenían que tratar de hacerlas cumplir. Por suerte fueron casos aislados y no hubo muertos. Otra justificación más al independentismo, por la torpeza y falta de visión del Gobierno. Se acudió al Supremo para ilegalizar las actuaciones del Gobierno y del Parlamento catalán y se llevó al Senado la aprobación de la aplicación del 155, la intervención parcial o no de la autonomía.

La disolución del Gobierno de Cataluña fue acompañada de la convocatoria inmediata de elecciones autonómicas para restablecer la normalidad democrática (una jugada maestra), lo que neutralizó muchas reacciones y quitó hierro a la intervención. Era de esperar que los actores principales fuesen llevados ante las leyes, pero hubo sobreactuación y falta de visión política por parte de la jueza en el caso de los exmiembros de Gobierno enviados a prisión sin fianza (los otros se fueron para Bélgica, y ya se solicitó su extradición). Con una fuerte fianza, retiro del pasaporte, y una vez juzgados, la multa y la invalidación para ocupar responsabilidades políticas por un tiempo, hubiera sido suficiente. Hoy son víctimas, y una nueva razón para los independentistas.

La aplicación del artículo 155 y la convocatoria de elecciones el próximo 21 de diciembre frenó la desbocada independentista pero no es la solución. Ha hecho sólo un alto y permitiría ganar tiempo a favor de los partidos constitucionalistas y de la población no independentista, sólo si lo saben aprovechar. Estas elecciones no dejan de ser un referendo plebiscitario, aunque no lo llamemos así. El 21 de diciembre, de todo seguir igual, los independentistas podrían ganar esta vez con respaldo en votos; y entonces cabría preguntarse, y si ganan, ¿se aplicaría de nuevo el 155? ¿Qué haría el gobierno central? ¿Cómo reaccionarían los lideres independentistas y sus electores con la legitimidad real de los votos? Si no hay propuestas concretas y tentadoras que satisfagan a un sector nacionalista que no necesariamente es independentista, podría hacerse realidad.

Desgraciadamente, los resultados de la comisión parlamentaria creada a solicitud del PSOE para tratar de encontrar un nuevo encaje para Cataluña, ajustando el modelo autonómico, no llegarán a tiempo y las declaraciones de líderes del PP no dan ninguna esperanza. Antes del 21 de diciembre hay que abrir una vía de negociación o lanzar una declaración pública con el compromiso del Gobierno y de los partidos no independentistas de modificar el modelo de las autonomías y propiciar un nuevo encaje fiscal, máxime si las cifras económicas macro revelan una recuperación económica. La modificación de la Constitución para permitir el derecho a decidir (a la escocesa o canadiense/Quebec) es más compleja y más a largo plazo mientras haya un Gobierno de derechas y un Unidos Podemos que la vincule con una reforma general a la constitución que, aunque necesaria, dilata mucho la solución definitiva al problema catalán.

Por otro lado, no creo que los independentistas hayan calculado bien el caos y el retroceso económico (al menos por un buen tiempo) que representaría para Cataluña una declaración unilateral de la independencia. La parte de la población que los sigue, y creo que tampoco la población pasiva o que piensa diferente, ha entendido la verdadera repercusión social, las serias afectaciones que habría en su nivel de vida. Nos guste o no, discrepemos o no, Europa aceptó y apoyó el desmembramiento de Yugoslavia porque era terreno de nadie y la prefería divida y sin riesgo. Este no es el caso de España y Cataluña. España y la Unión Europea (con problemas latentes de nacionalismo, y de movimientos independentistas), castigarían fuertemente a Cataluña, para desanimar cualquier otro intento en la Unión. Doblegarían la voluntad de los independentistas catalanes, como doblegaron la voluntad de izquierda de Tsipras en Grecia. De entrada, una República catalana por vía unilateral sería declarada fuera de la UE y del euro, encareciendo todas las exportaciones. Muchas producciones catalanas perderían sus mercados tradicionales y muchas empresas emigrarían no sólo social, fiscal, sino también físicamente, al ver disminuidos sus beneficios, y poderse acoger a los estímulos del Gobierno de Madrid. Y en primer lugar se irían los bancos, que perderían el acceso a los beneficios del BNE y el BCE. Se devaluaría la moneda catalana, se dispararía la inflación, bajaría el nivel de vida y emigrarían muchos profesionales y trabajadores acogiéndose a su ciudadanía española. Hoy, en Cataluña, hay mucha opulencia en contraste con el crecimiento de la precariedad y la carestía de la vida. El desgobierno social de estos últimos 5 años bajo los gobiernos de la burguesía catalana (CiU, después CDC (ahora PDeCat) con Esquerra republicana de Cataluña) han profundizado esta brecha, que se ahondaría aún más en caso de una declaración de independencia unilateral; y, como siempre, los que viven al día, los que no tienen un colchón, asumirán el costo mayor.

No sé si se puede esperar racionalidad, pero me quedo con la esperanza de que en algún momento pueda aflorar el sentido común, y se imponga el diálogo y la cordura. _______________

Franklyn Raúl Estruch Fernández es socio de infoLibre

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