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Confesiones de un español algo mayor

César Moya Villasante

La que sigue es la historia personal de un español, nacido en el 41, que recoge retazos del libro de mi autoría, titulado 'España, del jurásico al futuro' , editado en Amazon.

Cuando acabo la guerra, me di cuenta de que había dos grupos exclusivos: los nacionales y los rojos. Eran dos partes muy distintas. O sea, que unos eran españoles y otros no, más o menos. Los nacionales eran aquellos que habían ganado y que eran los dueños del país. Como tales, eran los guardianes de las esencias patrias, con su himno y su bandera incluidos, la roja y gualda. Los rojos eran el enemigorojos, aquellos que luchaban contra España y la querían destrozar en pedazos bajo la denominación republicana que también originó en mí muchas dudas sobre lo que significaba. Llevaban otra bandera, la republicana actual y eran malos, muy malos. Incluso casi tan malos como los rusos, que era un pueblo malvado que iba contra nosotros para insertarnos en el comunismo que era una ideología teórica, obviamente y como todas, que trataba de que todos los hombres fueran iguales, cosa que yo descubrí hablando entre amigos porque nadie me lo explicaba. Para mí, aquello era difícil de entender porque siempre he pensado que la igualdad entre las personas en cuanto a poder económico u oportunidades no era mala, sabiendo como supe después que casi era un imposible. Pero como idea no estaba mal. Pero resulta que gente que yo conocía ya mayor consideraba aquello la mayor maldad. Y conste que sigo pensando en esa utopía como algo deseable para un bien común. Pero utopía al fin. Independientemente que la ideología encubre otras acciones inconfesables, como puede ser el deseo de dominar el mundo, que en esos países tan enormes como Rusia o EE.UU. nunca la han abandonado. Con eso me fui configurando mi pensamiento (no os lo querréis creer, pero ya con más de 20 años). Era lo que había entonces, chavales que no crecimos hasta ser un poco mayor y que no tragábamos con todo. Hoy sigo con aquellas dos definiciones. Los nacionales, como he dicho, eran los victoriosos de aquella batalla desigual por medios y ayudas externas, que entendí que había sido una chapuza de unos y una victoria en la que ambos perdieron y los que vinimos después, mucho más. Y los rojos que fueron castigados y perseguidos muchos años después en fusilamientos, cárceles, etc. Y aquello si me configuró mi mente ya con cierta personalidad por lo que mi enfrentamiento con mi padre, falangista y franquista en todos los sentidos de su cuerpo, se acrecentó. Pero quiero contar algo que fue determinante para mí en aquellos años de posguerra.

Es, simplemente un nombre de mujer, Gregoria. Pero una mujer que después de muchos años la recuerdo siempre con casi el amor de un hijo. Era la asistenta de mi casa de después de la guerra que venía a ayudar a mi madre un par de días por semana. Porque mi familia era de las que tenían “posibles” como se denominaba entonces a quien disponía de algo, no mucho. Nunca me gustó la expresión de “criada”, que se usaba para denominar a estas personas, pero en esa época había señores y criados porque se había gestado en esos trágicos años anteriores. Pero yo no me di cuenta hasta que tuve más años, no cuando murió aquel general de todos conocido, porque sería exagerado decir que hasta mis 34 años no me entere de nada, pero sí es cierto que, entonces, me di cuenta de que empecé a pensar en muchas cosas en las que, quizás, no había reparado...

Gregoria era algo así como mi segunda madre, intimaba con mi madre biológica, dentro de un cierto respeto porque se habían conocido muy jóvenes. Mi madre era una gran mujer sacrificada en algunos casos por su manera de entender la vida, con un esposo machista, entonces existía de verdad el machismo a lo bestia, y guapísima, por cierto, y con una educación exquisita, derivada del Liceo francés, y sé que ayudaba en lo que podía a Gregoria, que comía en la cocina porque era roja y sirvientaroja, algo extraño para mí, que era aún un jovenzuelo y no entendía aquellas cosas. Y su marido padeció la cárcel sin que yo llegara a conocerle nunca. Cuando murió aquel ser tan bajito pensé que Gregoria me hizo nacer mi verdadero pensamiento vital. Porque nunca entendí que comiera en la cocina, separada de nosotros y a la misma hora, que mi madre le ayudara a escondidas con comidas hechas con amor que, sabía que irían a parar a aquel hombre encarcelado, porque pensaba como ella, en el fondo, sin poder expresarlo, porque en la sala comía mi padre sin preguntar por los rojos ni por aquel esposo encarcelado no sé dónde, porque nunca lo supe. Eran seres inexistentes y yo no conocía ninguno. Quizá ahí se generó mi ideología de entonces por acciones externas o bien por mi modo de entender las cosas. Nunca entendí aquello y, lo peor, es que sigo sin entenderlo. Pero, por desgracia, veo que volveremos a comer unos en la cocina y otros en el comedor. Es algo que está volviendo en este descubrimiento nuevo del sistema neoliberal. La verdad es que la vida era de sombras, de silencios, de cinismos por no poder hablar claro.

He de decir que cuando murió mi madre empecé a valorarla en lo que fue. Además de una mujer bellísima, tuvo siempre un gran corazón para las personas y sufrió mucho viendo el enfrentamiento de su único hijo con mi padre. La valoré por muchísimas cosas, pero entre ellas por su sentido de la vida con humildad y soportando un machismo imperante en la época. Nunca quise tener en mi casa la foto de su boda en la que mi padre se obligó a una ceremonia con el uniforme de Falange, cosa que sé que en la familia de mi madre y a ella misma, no le gustó nunca. Pero soportó todo estoicamente para limar asperezas dentro de la familia, entre ellas, conversaciones de mi padre hiriendo a la que es mi mujer por ligarla, sin razón, al sentimiento del terrorismo solo por ser vasca con esos ocho apellidos que la definen y que, en su modo de pensar jamás estuvo ni está la simpatía por los terroristas. Ello fue causa de disgustos en alguna ocasión por no poder dialogar y no aceptar insultos por mi parte. Porque para entonces mi personalidad ya estaba estabilizaba y no era el jovenzuelo que tenía que tragar con lo que me contaran.

Pero sigo con el tema de este párrafo, que me pierdo en ideas. Y esto de los nacionales y de los rojos, me viene a la memoria porque en este país siempre estamos con la misma historia. Quizá se le llame facha al que ondea la bandera española con motivo de esa historia pasada que no acaba de pasar. Seguimos con el facha, antes nacional, y el socialista, antes rojo, enfrentados de mejor manera, pero al fin sin tratar de escucharnos unos a otros. Y hay que entender de alguna manera que haya gente que no se sienta identificada por la bandera de España actual pues representa algo que muchos no querían. Aquellos que les gustaba más la tricolor. Y así años y años hasta llegar aquí que estamos en lo mismo, en un país algo jurásico en mentalidad política, al menos en los que mandan actualmente, y que no avanza lo suficiente por culpa de casi todos. Y con ello no quiero expresar que estamos como en aquellos tiempos que relato, ni mucho menos, pero puede que algo lejanos de una Europa que se quitó de encima muchos sinsabores provenientes de una guerra mundial tan asfixiante.

Quizá de ahí venga la historia de vascos y catalanes. Aunque sabemos que el tema viene de más atrás. No sé quién empezó primero, pero en estos años últimos vividos me he sentido más cercano a ellos que a ese mundo de los nacionales que siguen defendiendo a España ante los ataques de tanta gente, según dicen. Aunque ese acercamiento se ha acabado recientemente por culpa de un independentismo catalán de chapuza y mentiras. Pero es que después de negarles casi todo en cuanto a la ilusión de manejar su propia bandera o su idioma no me extraña que a los “de Madrid” nos tengan alguna distancia. Y es injusto porque en Madrid hay gente de todas las regiones y se confunde la capital con el gobierno, pero nada tienen que ver. Porque, al menos, habría que generar una situación en donde casi todos estuviéramos aceptados y aceptando lo que otros quieren sin caer en el desprecio hacia sus ideas. Porque el nacionalismo es un sentimiento que también sienten esos españoles que rechazan a los otros, los llamados periféricos, debe ser, por estar cerca del mar. Es vital para todos crear tolerancia, que es lo que falta a raudales en este país para todo. Y la política es para eso. Los sentimientos no son tan complicados de canalizar para que cada uno se sienta cómodo en su silla. Lo único que hace falta es no quitarle alguna pata. Pero es que son precisamente los políticos nacionales los que se han aprovechado de esa palabra para ganar votos, porque hacen entender a mucha gente que aquellos podrían destruir España, o sea, lo mismo que se decía entonces. Pero ahora dicho de forma demasiado dirigida al voto. Y es muy triste que después de tantos años se hable igual. Sé que después de escribir esto alguien me calificará como lo que no soy porque aquí o eres del Madrid o eres del Barça y yo precisamente soy del Athletic y no estoy en contra de lo español, ni mucho menos, porque lo soy de nacimiento y de sentimiento. Pero sin exagerar esos atributos que nacen de circunstancias derivadas de tu nacimiento, de tu lugar de vida o de tu infancia. Puedes ser español sin ser ese facha que cito antes y pensar que todos lo podemos sentir igual.

Por esto creo que ser español es algo que aún no está muy definido en algunas partes del país. Y es que los conceptos nacionales o de gobierno están muy caricaturizados. No se puede identificar como facha a uno que defiende el país, aunque quizá debería entenderse como un país variado en que el pensamiento único que impuso aquel señor bajito no es posible. Y eso es lo que confunden ese calificativo, así llamado de forma caricaturesca, o al español que, simplemente lo es por haber nacido o haber sido criado en Soria o Zamora. Quizá esa diferencia con los países de nuestro entorno, nace de aquella guerra civil que separó tanto a todos.

Pero tampoco podemos pedir a un nacionalista vasco o catalán que sientan ese españolismo mal entendido de bandera e himno porque no es así como lo quieren. Y estoy hablando de gentes nada radicales, porque para mí el radicalismo de Falange, el de HB o el de la CUP no le encuentro cabida en lo que digo pues con ese extremismo se desfigura cualquier idea, aunque sean inevitables.

El problema para entenderse con comodidad es, aparte de los extremos, que los partidos políticos en este país todavía tienen demasiados complejos. Unos hacia una derecha derivada de aquella guerra asquerosa, en la que ven peligros de romper el país y una izquierda que, siendo bastante lógica en el PSOE, se siente doblegada por un Podemos que parece ir a otro extremo y no acaba de definirse, sobre todo, después del último desastre que vemos en Catalunya, porque una cosa es ver con buenos ojos el nacionalismo de unos y de otros y otra cosa es tener unos principios que propicien el troceo del país, como ha dejado ver Pablo Iglesias en ocasiones. Porque así, acabaríamos siendo trozos de parte muy pequeñas y de hasta pueblos que quisieran independizarse, de forma caricaturesca.

¿Como se podría arreglar el problema de estructura de esta nación o estado? Es difícil actualmente por las ideas que he enumerado de unos y otros. Quizá alguien debería reaccionar de forma radical y emprender reformas vitales y necesarias. Llamar nación sin estado a Catalunya, cuando ya llamamos país al vasco, no creo que fuera un problema que condujera a ninguna batalla no querida. El concederles el mismo sistema económico tampoco. Porque en Euskadi se demuestra cada día que se administran mejor y con mucha menos corrupción que en el resto del Estado. Pero habría que convencer a muchos españoles que el café para todos no es la mejor solución, justificando con el idioma unas ciertas diferencias, que existen de verdad. El problema es que ya es tarde para reaccionar al haberse generado un rechazo institucional irreversible, que es lo más grave de esa unidad nacional que pregona el gobierno.

Si no se reconocen estas modificaciones seguiremos igual que siempre. Si hoy, además los portavoces del partido que nos gobierna, hablan con cierta chulería hacia el problema catalán, añadiendo el haberles ninguneado durante demasiados años despreciando la modificación que ellos querían en su estatuto, que luego se aceptó en otros, se genera lo que ha ocurrido en un periodo indeseable para esa gran comunidad y para todo el país. Que el independentismo ha crecido de manera peligrosa, no por odio a España, sino por rechazo a un gobierno del PP totalmente inoperante y sin empatía ninguna, y hablo de los que eran sus integrantes, que actuaron con una chulería imperdonable.

Otro problema nacional es el modo de gobierno. Hay muchos paisanos que consideran que la monarquía está obsoleta y es verdad. Y que lo lógico sería una república. Estoy de acuerdo en ello, pero también hay que considerar que muchos consideran que ser republicano es ser de izquierdas, que es otra de las caricaturas del pasado. Porque la república podría estar presidida por un Rajoy o un Aznar y esa quizá no la deseen muchos, porque al final sería lo mismo que ahora donde el rey pinta poco y estaríamos de la misma forma gobernados. No sería de esperar que ese presidente gobernara para todos. Y hablo de la derecha española que yo no la considero homologable más que con los republicanos de Estados Unidos. Y ahí vemos el conflicto semántico algo desfasado. Por eso, yo que no soy monárquico a veces me pregunto si no será mejor el remedio que la enfermedad.

De todas formas, ser español es complicado porque parece que estamos todos contra todos con unos políticos demasiado preocupados por votos y menos por arreglar las cosas porque eso exige capacidad de negociación y eso falta a borbotones por todos, todos. Y los que la tienen, enseguida los hacen desaparecer. En fin, un problema inacabado, pero deberíamos aprender a reírnos de nosotros mismos como han hecho los vascos con aquel programa de tanto éxito Vaya semanita. Y se incluían temas tan serios como ETA, pero todos lo aceptaron. Quizá un programa así sobre el nacionalismo español no se aceptaría y sé que se intentó a veces, pero no cuajó, y ahí está el problema. La falta de capacidad de una parte para saberse reír de sí mismo. El humor, a veces, es completamente necesario. Ahora que nos falta Forges lo notaremos más.

El resumen de este párrafo se puede resumir en una sola frase: Se puede ser español de muchas formar que es necesario aceptar. Y que es urgente hacerlo. Quizás Albert Rivera, que no leerá este artículo, tuviese que haber conocer la España que yo he conocido durante mi vida para darse cuenta de que con el himno y la bandera sólo no arreglamos nada. ______________

César Moya Villasante es socio de infoLibre

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