El invento de la “gloriosa” (para algunos) Transición, con la creación del Reino de las Autonomías, a veces parece ser un hecho real y otras, virtual. No acaba de cuajar. Su verdadera autonomía depende del Gobierno de turno. Ha rodado durante toda esta complicada democracia, quizás gracias a su ambivalencia. Intentar casar un régimen federal con una monarquía jacobina es como la cuadratura del círculo.
Pan para todos no contenta a las nacionalidades históricas —aceptadas en la Constitución— y equipara a estas con regiones autónomas creadas artificialmente que, como cabría esperar, funcionan como el antiguo régimen de provincias, pero más grandes, con una duplicación de administraciones que multiplica el gasto administrativo del Estado. Lo vemos constantemente.
Su grado de autonomía depende del partido, o partidos, que mandan en el Ejecutivo. Los presidentes de cada autonomía, excepto el País Vasco y Cataluña, en vez de gobernar para todos los ciudadanos de sus respectivas comunidades, actúan como diputados, haciendo oposición al Gobierno central. El ejemplo más claro está en Madrid, donde Ayuso dedica más tiempo a atacar a Pedro Sánchez, incluso insultando, que a resolver o debatir los graves problemas de su comunidad. Incluso su visceral oposición al Gobierno de la nación deja en entredicho a su presidente, Feijóo, obligándolo a un pensamiento esquizoide que se debate entre Vox y Ayuso, olvidando su falsa personalidad de moderado.
Lo vemos todos los días en la negativa de alguna “provincia autonómica” regida por el PP a no cumplir los dictámenes del Gobierno central, aunque vengan avalados por leyes aprobadas por el Parlamento de la nación
Se antepone la política del partido en detrimento de la política de Estado, y pobre de aquel que rechiste, porque no saldrá en la foto. Y todos sabemos lo que significa dejar de ingresar suculentos sueldos como diputado. El Senado podría poner un cierto orden como supremo organismo de representación de las comunidades, pero, otra vez, la ceguera de un PP lo convierte en cámara de oposición. Parece que persiguen la destrucción del Estado.
Lo estamos sufriendo con el mal uso de la justicia, la institución peor valorada por los ciudadanos, que no se sienten súbditos. Ahí está uno de los mayores problemas de este país: grandes sueldos a gente que no lo merece. Lo vemos todos los días en la negativa de alguna “provincia autonómica” regida por el PP a no cumplir los dictámenes del Gobierno central, aunque vengan avalados por leyes aprobadas por el Parlamento de la nación. Da igual. La sanidad está transferida, pero la culpa de las listas de espera es de Sánchez.
El presidente del Gobierno, cumpliendo su función de recabar buenos aliados para enriquecer la economía, consigue para Galicia, tras su visita a China, empresas que crean riqueza, pero el mérito es de Rueda, perfecto discípulo de Feijóo. Las órdenes son hacer oposición y no gobernar en sus comunidades. Es curioso: quienes más sostienen actualmente al Ejecutivo y al Estado de las autonomías son las nacionalidades históricas, a pesar de sus tendencias separatistas. Nadie podrá dudar de que la más independentista es la de Ayuso.
Criticaron los gastos de las embajadas de Cataluña, pero ella se pasea por medio mundo vendiendo Madrid al mejor postor. Quiere convertir Madrid en un gran Caracas o México D. F., con suburbios de pobreza ingobernables, acercándola al caos de las grandes ciudades populosas y alejándola de un modelo europeo de ciudad bien organizada.
Quiere transformar Madrid en el núcleo de la España nacionalcatólica y españolista, donde los capos de la cocaína empiezan a instalarse, atraídos por la bajada de impuestos, aunque sea a costa de desmantelar la sanidad pública y las conquistas sociales que tanto ha costado conseguir. Los madrileños tendrán que darse cuenta de que, con estas malas políticas lideradas por personajes sin escrúpulos, Madrid es cada vez menos capital de España.
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Eduardo Vázquez Martul es socio de infoLibre.
El invento de la “gloriosa” (para algunos) Transición, con la creación del Reino de las Autonomías, a veces parece ser un hecho real y otras, virtual. No acaba de cuajar. Su verdadera autonomía depende del Gobierno de turno. Ha rodado durante toda esta complicada democracia, quizás gracias a su ambivalencia. Intentar casar un régimen federal con una monarquía jacobina es como la cuadratura del círculo.