El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad
La cadena de TV La Sexta, en marzo de 2016, emitió un reportaje sobre la figura de Felipe González. Lo abordaba desde la perspectiva de sus años de gobierno y de los indudables éxitos y logros conseguidos en sus 13 años en la Moncloa, azotados por dos crisis económicas, el ruido de sables y la macabra presencia de ETA; pero nada decía de su actividad y declaraciones políticas posteriores a su abandono de la Moncloa.
Felipe González empezó su compromiso político en la clandestinidad. Su afiliación al PSOE data de 1964, bajo el seudónimo de Isidoro, dirigiendo un partido marxista desde 1974. En el congreso del centenario PSOE, celebrado en la clandestinidad, en Suresnes (Francia), se hizo con el poder, junto con otros jóvenes socialistas, la mayoría procedentes de su tierra, Andalucía. En 1982 obtuvo el respaldo popular que jamás ningún otro político había obtenido en la historia democrática de España. Con esos envidiables mimbres inició la transformación de la España que todavía arrastraba la pesada carga de condicionantes franquistas que la transición no pudo resolver y para Adolfo Suárez era tarea más que imposible.
Hoy, Felipe González es una sombra espantosa de lo que fue.
Empecé a militar en el PSOE en 1980, al año siguiente conocí a Felipe González en un mitin en Salamanca. Me impresionó por su dialéctica y capacidad de liderazgo, poseedor de una oratoria poco frecuente, transmitía sinceridad y convencimiento. Años más tarde (1993) volví a saludarlo en La Moncloa. Ya no era el mismo, había perdido la “frescura”, la empatía. Lo encontré “ausente”, acartonado y algo antipático. En cualquier caso, si por entonces alguien me dice que este hombre involucionaría como lo ha hecho, no me lo habría creído.
En perspectiva, las políticas defendidas por Isidoro, antes de su llegada a la Moncloa por aquellos años (en lenguaje de hoy, un perroflauta, filocomunista) eran mucho más radicales que lo que defendía, por ejemplo, Pablo Iglesias en Podemos cuando nacieron como partido. No es que lo diga yo, allí están las hemerotecas y la Declaración del Principios del PSOE que figura en mi carnet de militante de aquella época, firmado por su Secretario General, el compañero Felipe González Márquez:
“El Partido Socialista declara que tiene por aspiración:
- La posesión del poder político por la clase trabajadora
- La transformación de la propiedad individual o corporativa, de los instrumentos de trabajo en propiedad colectiva, social o común, es decir de la tierra, las minas, los transportes, las fábricas, el capital moneda, etc.
- La organización de la sociedad sobre la base de la federación económica, el usufructo de los instrumentos del trabajo por las colectividades obreras.
En suma: El ideal del PSOE es la completa emancipación de la clase trabajadora, es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores” (los subrayados son míos).
Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a ir adaptando su discurso y su práctica política acorde con la evolución de la sociedad y de los tiempos. Por supuesto que la sociedad española de mediados de los 70 nada tiene que ver con la sociedad actual, y por supuesto que un partido de corte marxista que hubiese propuesto la nacionalización de “los instrumentos del trabajo” y la desaparición de las clases sociales en los 70, no habría tenido ninguna oportunidad de llegar a gobernar y, por ello, fue un acierto transformar el viejo PSOE en un partido socialdemócrata y pasar a formar parte de la Internacional Socialista, junto a Olof Palme, Willy Brandt, François Mitterrand… desarrollando políticas redistributivas, universalizando la sanidad, la educación, los servicios sociales, las pensiones. Pero de ahí a pasarse parte de la vida navegando en el yate del multimillonario mexicano Carlos Slim, interviniendo en favor del corrupto empresario hispano-iraní Farshad Zandi ante el régimen dictatorial de Sudán o dando conferencias de la mano de José María Aznar, o “poniendo la mano en el fuego” por el corrupto “Molt Honorable Jordi Pujol” o del emérito fugado, ciertamente hay un abismo personal e ideológico.
Hoy, Felipe González es una sombra espantosa de lo que fue
Personalmente me siento orgulloso, junto con mucha gente, por haber participado modestamente en ese proyecto ilusionante que se inició en 1982, pero quienes tuvimos la suerte de estar en la gestión de las políticas que transformaron la vida de millones de españoles hoy sentimos vergüenza de las declaraciones y del posicionamiento político del exIsidoro. Si Olof Palme levantara la cabeza se volvería a su tumba muerto de vergüenza. Felipe González hace muchos años que ya no representa al socialismo democrático forjado a finales de los 70.
Esto fue lo que hemos sentido millones de ciudadanos dentro y fuera de España al enterarnos de las cartas de apoyo y defensa al exministro de Franco y de la Transición Rodolfo Martín Villa encabezadas por Felipe González. Martín Villa fue imputado por la jueza argentina María Servini como responsable de 12 asesinatos de obreros cometidos cuando él era ministro de Gobernación (Interior) y, por tanto, máximo responsable de la policía y las fuerzas de seguridad.
Es necesario recordar una vez más que fue la justicia argentina, en la persona de Servini, la que asumió la responsabilidad de procesar a los responsables de las matanzas de obreros durante la Transición; lo que colocaba a la justicia española y a sus respetivos gobiernos a la cola de los defensores del Estado de Derecho.
Recordar también que la imputación al ex ministro Martín Villa fue un procedimiento de la Justicia Universal, es decir, prevista para aquellos delitos que por su gravedad no están sujetos sólo a la jurisdicción ordinaria.
Recordar también que los firmantes de las bochornosas cartas dirigidas a la jueza argentina, encabezadas por Felipe González y altos cargos de los gobiernos del PSOE y del PP, quienes en el ejercicio del poder se manifestaban de forma reiterada y hasta obsesiva sobre la defensa del Estado de Derecho, la separación de poderes, “la justicia igual para todos” y el “escrupuloso respeto de todo gobernante hacia la acción de la justicia”; presionaron descaradamente a la jueza argentina en defensa del responsable político de aquellas matanzas de inocentes.
Recordar también que el relator especial de la ONU para la promoción de la verdad, la justicia y la reparación, Pablo de Greiff, expuso ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas un demoledor informe sobre el trato que el Estado español estaba dando a las víctimas de la dictadura y, en el mismo, instaba a España a “valorar las alternativas y dejar sin efecto las disposiciones de la Ley de Amnistía que obstaculizan todas las investigaciones y el acceso a la justicia sobre violaciones graves de los Derechos Humanos cometidas durante la Guerra Civil y la dictadura franquista”.
Los argumentos que los firmantes de la bochornosa carta utilizaron en su favor son los mismos que se utilizaron para defender a Juan Carlos I y que se resumen en una frase: “ambos trajeron la democracia a España, ergo están exentos de toda responsabilidad”. Muy por el contrario, como acertadamente alguien señaló, “las cartas de apoyo en defensa de Martín Villa son un burdo y grotesco intento de ejercitar una presión política sobre la jueza Servini. Inaceptable desde el punto de vista jurídico-procesal y también democrático”.
Es lamentable y vergonzoso que estos exlíderes no den descanso ni tregua al que hoy es legítimamente (como ellos lo fueron antes) su Secretario General, alineándose en las descalificaciones con la derecha de este país
La guinda de los despropósitos y deslealtades se produjo en el 39 congreso del PSOE (junio de 2017). Nunca en la historia de los congresos del PSOE (12 en democracia) se había dejado de arropar a su líder el día de su proclamación, por parte de los anteriores líderes. Esta vez ocurrió, con Pedro Sánchez. No sólo fue una actitud miserable, de ninguneo al nuevo líder elegido democráticamente por sus militantes, sino que reflejaba fielmente la incapacidad de entender la España de hoy. Oír las declaraciones de Alfonso Guerra, Felipe González, Rubalcaba, después de aquel congreso daba grima... y no han parado desde entonces.
Desde entonces, el silencio y la prudencia de Sánchez han impedido que el legendario PSOE (146 años de historia) se rompa, frente a la irresponsabilidad narcisista de las “vacas sagradas”, quienes no han cejado de criticar e insultar públicamente a su Secretario General. No lo han acompañado en sus campañas electorales (como era su deber). No han pedido el voto para su partido (y dudo que lo hayan votado). Es lamentable y vergonzoso que estos exlíderes no den descanso ni tregua al que hoy es legítimamente (como ellos lo fueron antes) su Secretario General, alineándose en las descalificaciones con la derecha de este país. Es vergonzoso que Feijoó y Abascal utilicen como munición para atacar a Sánchez las declaraciones de Felipe González. Hoy, Felipe González es el político más valorado y citado por la derecha, extrema derecha y sus terminales mediáticas. VOX lo reivindica en el Parlamento y hasta ha sugerido que pudiera encabezar un gobierno de concentración. Jamás Felipe González se ha desmarcado y/o denunciado la utilización de su nombre o de sus declaraciones. ¿Blanco y en botella?
Desde el minuto uno en el que, como consecuencia del resultado electoral del 23/J, se evidenció la soledad parlamentaria de PP/Vox y, por consiguiente, la posibilidad de que Pedro Sánchez pudiera formar gobierno, se reanudaron los ataques hacia su persona, y la posibilidad de una amnistía se convirtió en anatema por parte de quien indultó al cerebro del golpe de Estado del 23/F, Alfonso Armada, señalando que se hacía “por conveniencia pública para contribuir al olvido de unos hechos que deben quedar en el pasado” (Felipe González).
Más de 200 letrados, jueces, ex-jueces y magistrados firmaron un manifiesto a favor de la amnistía. Remarcando su constitucionalidad y su oportunidad política. Pasar página a los hechos ocurridos con el Procés, iniciar la senda para resolver la organización territorial del Estado cogida con alfileres desde 1978, formar un gobierno acorde con los tiempos y la voluntad popular reflejada en el actual Parlamento fue el inmenso reto que Pedro Sánchez tenía por delante. Así lo entendió, entre mucha otra gente, José María Maraval, exministro de Educación de Felipe González, menos la “vaca sagrada” que cambió de opinión con el marxismo, con la OTAN, con las privatizaciones…Y con el capote que ha echado a Vox: “Yo no pactaría con Vox, pero con Bildu sería imposible”.
No saber envejecer con dignidad es lo peor que le puede pasar a un político. Y el camino escogido por Ramón Tamames es el espejo más deleznable en quien mirarse.
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Marcelo Noboa Fiallo es socio de infoLibre.
El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad