Nunca pensé que esta etapa de la vida pudiera llenarse de tanto contenido, como seguir aprendiendo en los Programas Universitarios de Mayores. Escuchamos y cantamos en actos académicos el himno por excelencia: Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus. Y repetimos, quizá sin detenernos, aquello de post iucundam iuventutem, post molestam senectutem.
En román paladino: “alegrémonos mientras seamos jóvenes; tras la divertida juventud, tras la incómoda vejez”.
Aquellos teutones estudiantes del siglo XVIII, inventores de estas bulerías nórdicas, no podían imaginar que trescientos años después la “senectutem” ya no es tan “molestam”.
Y no lo es porque la universidad —esta casa común del saber— ha aprendido que la edad no clausura, sino que inaugura. La juventud ya no es un tramo biológico sino una actitud intelectual. Hay jóvenes de veinte años fatigados por el cinismo y provectos de setenta estrenando asombros. Si algo nos enseñan los claustros es que el calendario no gobierna la curiosidad.
Cuando entonamos el ‘Gaudeamus’, no celebramos únicamente la fugacidad del instante, sino la continuidad de una comunidad que aprende a todas las edades
La vejez, antes temida como antesala del silencio, se ha convertido en archivo vivo.
Los años no pesan: sedimentan. Y en esa sedimentación se deposita el matiz, la ironía, la prudencia, esa ciencia de los límites que no paraliza, sino que orienta. Si la juventud es ímpetu, la madurez es compás; si aquella es chispa, esta es brasa que calienta más tiempo.
Por eso, cuando entonamos el Gaudeamus, no celebramos únicamente la fugacidad del instante, sino la continuidad de una comunidad que aprende a todas las edades. Celebramos que seguimos siendo discípulos incluso cuando nos toca ejercer de maestros. Celebramos que el aula no es un espacio, sino una disposición del ánimo.
Alegrémonos, pues, no solo mientras seamos jóvenes, sino porque seguimos siendo capaces de aprender. Que la senectud no sea “molesta”, sino maestra; que la juventud no sea efímera, sino permanente en el espíritu. Y que, cuando bridemos —con vino o con palabras—, lo hagamos por esa universidad que no pregunta cuántos años tenemos, sino cuánta curiosidad conservamos.
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Juan Manuel Arévalo es socio de infoLibre.
Nunca pensé que esta etapa de la vida pudiera llenarse de tanto contenido, como seguir aprendiendo en los Programas Universitarios de Mayores. Escuchamos y cantamos en actos académicos el himno por excelencia: Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus. Y repetimos, quizá sin detenernos, aquello de post iucundam iuventutem, post molestam senectutem.