Indignidad
La palabra es la materia prima de la política. Y cuando las palabras son gruesas y toscas, la política se envilece. El miércoles Núñez Feijóo volvió a elevar el listón de la grosería en la sesión de control al Gobierno. Le espetó a un impertérrito Pedro Sánchez que el presidente había montado una “gestapillo” y que “pasará a la historia por ser el inductor, financiador y beneficiado (sic) del caso de corrupción más grave de la historia de nuestra democracia”; que practica la “delincuencia de Estado”; que ganó unas primarias con “dinero de la prostitución”; que con los billetes que corrían por Ferraz “se pagaban orgías y cloacas”; que Zapatero es “la joya de una trama internacional corrupta”. No está nada mal para los rigurosos dos minutos y medio que dura cada turno de pregunta.
Pero no es solo lo que dices, ni mucho menos: es lo que haces. El PP, personado como acusación popular en el caso contra el hermano del presidente, el músico y director de orquesta David Sánchez, y contra el expresidente de la diputación y exlíder del socialismo extremeño Miguel Ángel Gallardo, ha solicitado de repente, el último día del juicio, para el primero seis años de prisión y para el segundo cuatro. Lo hace acompañado de las organizaciones ultraderechistas Vox, HazteOir, Abogados Cristianos, Iustitia Europa y Liberum, gentes dedicadas en cuerpo, alma y cuenta bancaria, a acosar y perseguir en nombre de Dios, de la patria o de una quimérica libertad, a cualquiera que se atreva a amenazar su casposo y pacato modelo de país y de familia.
David Sánchez hizo un trabajo en la Diputación de Badajoz que puede evaluarse aún con una simple búsqueda en Google. Fue nombrado en un puesto de libre designación para el que sin embargo hubo concurso de méritos que no tuvo en ese momento ninguna objeción. David Sánchez sabía perfectamente dónde estaba su despacho y en qué consistía su trabajo, como puede comprobar cualquiera que quiera escuchar sin amputaciones ni manipulaciones su comparecencia ante la jueza instructora. Miguel Ángel Gallardo se limitó a presidir un procedimiento limpio y transparente. Es posible que el Tribunal sentencie que así fue, aunque tras la aberrante sentencia del Tribunal Supremo en el caso del fiscal general, cualquier cosa puede pasar. Debe ser difícil para tres jueces sentenciar a favor de dos acusados tan conspicuos en medio de tanto ruido y tanta presión social. ¿Podrían soportar esos tres magistrados la reprobación de su cuñado si declaran que ni Gallardo ni David Sánchez cometieron delito alguno?
Pues bien, Feijóo ha de ser consciente de la gravedad de la situación cuando se dirige a Sánchez en esos términos tan brutales. Imagine el lector que se enfrenta a alguien que pide para su hermano prisión de seis años sabiendo que el acusado es esencialmente inocente –porque incluso aunque hubiera sido beneficiario de un enchufe, es inaudito pedir para él seis años de cárcel–. ¿Qué catadura moral tiene una persona que solicita para el hermano de su adversario político seis años de prisión, sabiendo de su esencial inocencia?
¿Qué catadura moral tiene una persona que solicita para el hermano de su adversario político seis años de prisión, sabiendo de su esencial inocencia?
Me decía en privado un expresidente del Gobierno que él siempre trató de mantener un puente de relación única y directa con el líder de la oposición. Es crucial no destruir el último resorte que puede quedar en pie cuando todo lo demás ha sido derruido. Puede haber una razón de Estado, un desafío nacional vital, una información sensible que compartir en pos de la seguridad del país.
Yo recuerdo que Aznar pronunció aquello del “váyase, Sr. González”, pero no recuerdo que el PP azuzara con tanta virulencia explícita al presidente socialista. Recuerdo bien que Zapatero no solo no insultó a Aznar, sino que mantuvo siempre una exquisita educación con él. Le ofreció –y el presidente aceptó– algunos pactos de Estado. Nos echamos las manos a la cabeza cuando Rajoy acusó a Zapatero de haber “traicionado a los muertos” a propósito del diálogo con ETA, y el PP ejerció entonces una oposición durísima. Sánchez también fue muy duro con Rajoy, pero el máximo “insulto” que profirió contra él fue decirle en un debate electoral: “usted no es una persona decente”.
Feijóo ha traspasado todos esos límites hasta niveles estratosféricos. De palabra y por los hechos. Promover que al presidente de tu país se le llame hijo de puta con chistecitos, encabezar una manifestación con el eslogan “mafia o democracia”, querer encarcelar a su hermano –una buena persona que pone la música al servicio público por un salario simplemente decente– o hacer referencias insultantes a un antiguo negocio legal del suegro fallecido, tiene un nombre: indignidad.
No es ya que el PP esté ofreciendo a España un programa social, económico e internacional reaccionario. Ni siquiera sabemos qué propone. No es ya que el país esté suficientemente bien como para que merezca objetivamente la aprobación de la mayoría: buena economía, políticas sociales inclusivas, una posición en el mundo europeísta y pacifista… Es que, además, enfrente hay un político que ha traspasado todos los límites de la corrección básica para ejercer la dignidad del Gobierno. Ya lo constató en Galicia cuando extendió –y ganó las elecciones gracias a ellas y a la falta de respuesta de su adversario– las patrañas sobre el coche oficial del presidente Touriño.
Al día siguiente de la excesiva y apocalíptica retórica de Feijóo vimos la portentosa ceremonia de la bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia en Barcelona. Nos sentimos orgullosos de ser ciudadanos de uno de los mejores países del mundo. A mí me ruboriza pensar siquiera en la posibilidad de que Alberto Núñez Feijóo pueda ser presidente del Gobierno de España. Por no hablar del pánico que entra al pensar en quién sería su vicepresidente.