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Libertad y mercado: la perspectiva laboral

Albino Prada

Daron Acemoglu y James A. Robinson abrían un reciente ensayo (El pasillo estrecho, 2019) anclándolo en la definición de una sociedad libre que, ya en el año 1662, planteara John Locke. En dicha sociedad las personas: “No dependen de la voluntad de ningún otro hombre”. 

Y cierran el libro, coherentemente, recordando que aún sería en 1945 que William Beveridge actualizara la agenda pública para acercarnos algo a ese criterio, siendo así que en 1948 en la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas su artículo 23º avanza hacia esa no dependencia en el ámbito laboral: definiendo el trabajo como un derecho, la libertad de elegirlo, que sea en condiciones satisfactorias y con protección contra el desempleo. 

Algo en lo que también coincidía en el año 1944 el entonces presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt al afirmar que: “La verdadera libertad individual no puede existir sin seguridad e independencia económica”.

Corrían tiempos, como bien se observa, en los que tomó forma un Estado benefactor que hasta los años 80 del pasado siglo actuó como contrapeso –al menos en buena parte del mundo rico- de las fuerzas económicas que presionaban para una galopante desigualdad social y una extrema dependencia de la mayoría de los ciudadanos. Como se comprobaría dramáticamente en la Gran Depresión (1929) y en las turbulencias sociales de fondo que nos llevaron a dos guerras mundiales.

Según Acemoglu y Robinson, por aquellos años, el mejor ejemplo de aquél estado social se concretaría en Suecia. Con un amplio pacto social (entre liberales y socialdemócratas) en el que se regulaba el mercado de trabajo y se condicionaba el reparto de los resultados económicos y de los salarios, para que la redistribución fiscal no cargase con todo el peso para unos mínimos de seguridad e independencia económica.

Sin embargo, a partir de los años 80 del pasado siglo, la globalización de los mercados, la robotización, el poder financiero desregulado y los monopolios digitales fueron corroyendo el espacio de posibilidad de un Estado social inclusivo. El Estado fue capturado por esas fuerzas, y puesto desde entonces al servicio de los pocos y de la dependencia de los muchos.

Como argumento con detalle en mi ensayo Trabajo y capital en el siglo XXI las relaciones entre el capital y el trabajo a partir de 1980 se habrían deslizado hacia un dominio nunca antes conocido del Capital sobre el Trabajo. Y hacia una dependencia extrema del conjunto de los trabajadores respecto de los empresarios.

Un síntoma de tal cosa, entre muchos, será la parálisis de la reducción de la jornada laboral semanal de los trabajadores a tiempo completo desde 1980 hasta hoy en España. O la realización de horas no retribuidas, la aceptación de empleos temporales y a tiempo parcial no deseados, la creciente contratación mercantil y no laboral, la disolución del concepto de jornada laboral, el desempleo estructural persistente, la presión de un ejército de reserva con inmigración irregular, o, en fin, la amenaza constante de la igualación a la baja –en aras se nos dice de la competitividad- hacia la situación laboral de los países menos ricos y con menos derechos.

En suma: nuestros Estados han estado durante las cuatro últimas décadas en buena medida ausentes en la definición de políticas contra la dependencia galopante de los muchos en relación a los pocos. Y esa ausencia provoca una corrosión de la libertad real en nuestras sociedades, bajo la batuta de lo que se dio en llamar neoliberalismo. Curiosamente de aquellos que se creen paladines de la libertad.

Neutralizar la galopante dependencia laboral (que ya es extrema para cuarenta de cada cien trabajadores en España) es hoy, por tanto, un componente crucial de la lucha por la libertad en una sociedad decente, frente a los cantos de sirena de los profetas que pregonan una libertad basada en tirar el Estado por un fregadero. 

En Trabajo y capital en el siglo XXI razono algunas propuestas concretas, y de luces largas, en aquella dirección.

Albino Prada es socio de infoLibre

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