Oviedo, 26 de diciembre, ocho y media de la tarde y un frío que hiela los huesos y justifica –por una vez– todo tipo de accesorios propios de la tundra que tanto se ven ahora por aquí. No importa, decenas de personas esperan pacientemente que abran las puertas del Gong Galaxy para ver el espectáculo de Kike Suárez “Good bye, Mr Floyd”.
Entre ellas están Isa y Chejo, que han retrasado sus vacaciones en Pirineos “porque ¡no nos perderíamos esto ni por unas vacaciones!”, dice Chejo. “Las vacaciones pueden esperar, este espectáculo, no”, apunta Isa subiéndose aún más el cuello del abrigo.
Las puertas se abren y nos reciben dos agentes de seguridad –Susana y Javier– elegantemente uniformados, luciendo en el brazo el simbólico brazalete con dos martillos cruzados y cubriendo sus ojos con gafas de sol.
La sala queda a oscuras y en silencio antes de que suene la primera nota de trompeta a cargo de la jovencísima Flora. No es un silencio vacío, es expectante, como si el público supiera que lo que está por venir no es sólo un concierto, sino una declaración de principios. El espectáculo, inspirado en la obra de Roger Waters, se despliega como un manifiesto escénico donde la música, la palabra y la luz se entrelazan con precisión casi quirúrgica.
El responsable de esta propuesta es Kike Suárez Roza, cuya marca atraviesa todo el montaje. Su voz, brillante y trabajada y su guitarra valiente, rebelde y precisa sostienen el armazón musical del espectáculo, moviéndose con soltura entre la contundencia y la contención. Lejos del exceso, su interpretación evidencia oficio y conciencia: cada inflexión está más al servicio del sentido de la obra que del lucimiento personal.
La producción corre a cargo de “El Tiempo Delicuescente” y, como explica Belén Suárez, “el concierto y el teatro se funden para homenajear, por todo lo alto, a Roger Waters”.
En el centro del dispositivo escénico, la actriz Cris Puertas, encargada de interpretar los textos, se erige como una figura clave. Su presencia es potente, intensa, absolutamente entregada. Encarna las palabras. Cada texto atraviesa su cuerpo y su voz con una fuerza que evita toda neutralidad. Parte de esos textos, además, llevan la firma del propio Suárez Roza, lo que añade una coherencia notable entre música, palabra escrita e interpretación: “Después de todo, sólo somos gente ordinaria, con vidas ordinarias. Envueltos en una piel ordinaria. Vivos, por ahora”. Muy vivos.
Los temas —reconocibles, pero resignificados— funcionan como columnas vertebrales emocionales. En ese entramado sonoro, la voz de Puri Penín, escritora y música, resulta imprescindible: una voz de calidad, dulce, profunda y expresiva, que aporta equilibrio y densidad al conjunto, ampliando los matices emocionales del repertorio.
Kike Planelles confirma su dominio absoluto de la guitarra, combinando técnica y sensibilidad en cada interpretación. A su lado, Ramón Morán construye una base sonora sólida y envolvente desde los teclados, aportando matices que enriquecen el repertorio. El baterista Kiki Dee, siempre preciso y enérgico, sostiene el pulso del espectáculo y transmite una intensidad que se contagia al público, completando un conjunto cohesionado y convincente. Conforman un soporte sólido sobre el que el espectáculo pudo crecer sin fisuras, demostrando un notable equilibrio entre técnica y sensibilidad.
Las palabras —ya sean de Roger Waters o surgidas desde la mirada ácida de Kike Suárez— hablan de guerra, poder, sexo, alienación y de la fragilidad del individuo frente a los sistemas que lo superan. La puesta en escena austera y contundente, con juegos de luces que alternan entre la penumbra y el estallido, y una estética deliberadamente sobria que evita cualquier distracción innecesaria son el vehículo que nos lleva en volandas de principio a fin.
Al final, la sensación es la de haber atravesado una experiencia más que haber asistido a un concierto
El espectáculo se abre, como decíamos, con la trompeta de Flora, y así se cierra. Su sonido actúa como marco y eco, marcando el tono desde el inicio y dejando, al final, una sensación suspendida que prolonga el impacto más allá del último acorde.
El público responde con una atención poco habitual. No fue una ovación obligada y ruidosa, sino sincera y con un silencio concentrado, con aplausos que suenan más a acuerdo que a celebración. Al final, la sensación es la de haber atravesado una experiencia, más que haber asistido a un concierto. La prolongada ovación al término del espectáculo demuestra que la apuesta ha resultado bien. Muy bien. Y que no sólo en Madrid se puede disfrutar de propuestas de primer nivel. En provincias también se generan producciones de gran calidad, como queda patente con ésta de “El tiempo delicuescente”.
"Tenía una deuda con Waters y especialmente con The Wall desde hace mucho. Exactamente desde una veraniega y ácida noche de 1991. Esa noche junto a dos grandes amigos vimos la película The Wall, del gran Alan Parker. Esa experiencia me hizo aprender y plantearme muchas cosas sobre eso que se llama vida. Siempre he sentido la necesidad de rendir homenaje a esas canciones y por fin llegó el momento", explica Kike Suárez una vez que la sala ha quedado vacía, han concluido las felicitaciones de los asistentes y puede salir a respirar hondo el aire helado. Así es como algunos saldan sus deudas: haciendo arte, regalando noches felices con la esperanza de volvernos a ver, como dicen en la última canción.
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Asun Gómez Bueno es socia de infoLibre.
Oviedo, 26 de diciembre, ocho y media de la tarde y un frío que hiela los huesos y justifica –por una vez– todo tipo de accesorios propios de la tundra que tanto se ven ahora por aquí. No importa, decenas de personas esperan pacientemente que abran las puertas del Gong Galaxy para ver el espectáculo de Kike Suárez “Good bye, Mr Floyd”.