Librepensadores

De primaveras y desengaños

José María Agüera Lorente

¿Se acuerda el lector de la "primavera árabe", esa sucesión de revueltas populares en las tierras de lo que ahora se ha dado en llamar MENA (Middle East and North Africa), iniciadas hace como cinco años? Durante demasiado tiempo ya esa no es una zona del planeta que se caracterice precisamente por su estabilidad. Más bien por lo contrario; lo que acontece en sus países es un continuo motivo de sobresalto. Por esto seguramente se saludó con regocijo mostrado profusamente en los medios de comunicación –recuerdo en especial la emisión de un programa de radio desde la plaza de Tahrir en El Cairo, todo ilusión y esperanza– ese movimiento aparentemente espontáneo de gentes que salían a la calle con un vigor juvenil a pedir democracia, la que muchos ciudadanos pedirían regenerar en España también en plazas, las del 15-M ("¡Lo llaman democracia y no lo es!", ¿recuerdan? Era uno de los eslóganes más gritados por los manifestantes del movimiento que con el tiempo ha devenido en las mareas y hay quien dice que en Podemos).

Hubo entonces cierto consenso en los observadores del levantamiento ciudadano de la primavera árabe que lo que impulsó a las masas a ocupar las calles fue una demanda de dignidad y el rechazo a aceptar que las dictaduras familiares locales fuesen los propietarios de sus países. Hubo quienes, como Tahar Ben Jelloun, se apresuraron a asegurar que "esta primavera rubrica la derrota del islamismo", el cual habría quedado superado en capacidad de movilización por las reivindicaciones políticas y sociales de los jóvenes revolucionarios. A la luz de los hechos sobrevenidos, se trataba más de un pronóstico hijo del deseo que del conocimiento de la realidad. Ésta ha evidenciado el éxito del islamismo en Túnez, Marruecos, Libia y Egipto. El Islam triunfa, la democracia pierde, donde las formas parecían las de la rebelión del pueblo y, por tanto, se daba por supuesto el advenimiento más pronto que tarde de los regímenes de gobierno sometidos al imperio de los derechos y las libertades ciudadanas. Como escribió Josep Fontana un par de años después en su desasosegante libro El futuro es un país extraño: "el islamismo, que cosecha ahora el prestigio que le han dado décadas de enfrentamiento a los autócratas derrotados, ha resultado ser quien dominaba el lenguaje en que el conjunto de la población estaba acostumbrada a formular su condena de los regímenes supuestamente avanzados que había estado sufriendo en Túnez y Egipto, y que sigue sufriendo en Siria, Argel, Bahrein..., aunque sea problemática su compatibilidad con la democracia, comenzando por la práctica de marginar a la mujer".

Sin embargo –como destaca el autor recién citado–, no parece incompatible ese mismo islamismo con los modos del capitalismo globalizado de libre mercado (es interesante a este respecto echar una ojeada a las vías de financiación de los distintos grupos terroristas asociados, de una manera u otra a la yihad, lo que se puede hacer leyendo el inquietante libro de Eduardo Martín de Pozuelo y otros titulado Objetivo: califato universal. Claves para comprender el yihadismo). Lo que añade a la fuerza ideológica de las organizaciones terroristas islamistas el recio soporte que otorga el entramado de intereses que da vida a los negocios –armamento, petróleo, diamantes...– a escala global.

Nos dejamos entusiasmar por los cantos de libertad de la plaza de Tahrir, las publicaciones en Facebook y otras manifestaciones de la protesta que se televisaba al mundo. ¿Cómo no iban a ser los partidos laicos los que lideraran esa transición árabe a la democracia? Desde nuestra perspectiva de europeos que aún disfrutamos del Estado de Bienestar que por el momento nos tolera la voracidad financiera, no paramos mientes en lo valioso que puede ser para quien no tiene garantizados cuidado médico y educación aquello que se los da como un precioso regalo. Los islamistas hacía ya años que eran los únicos que mantenían los centros de sanidad que podían encontrarse en las zonas más míseras, y que ayudaban a las familias pobres que mandaban a sus hijos a la escuela. Eran, pues, más importantes para los egipcios sin recursos que los cantos de libertad en la plaza de Tahrir.

Con el tiempo, y tras la elaboración de una Constitución a trancas y barrancas siempre con la tutela del todopoderoso ejército, se demostró la fuerza del islamismo egipcio con la victoria en las elecciones presidenciales de Mohamed Morsi de la Hermandad Musulmana. Pero con el nuevo presidente la democracia no avanzaría, como pudo verse en sus primeros cien días de gobierno, plazo en el que se contabilizaron 247 casos de brutalidad policiaca, con 88 denuncias por tortura y 34 muertos; al mismo tiempo, y para garantizarse el apoyo económico de los Estados Unidos de Norteamérica, el jefe de gobierno mantenía la política proamericana iniciada por Sadat en el escenario internacional de lucha de poder . En noviembre de 2012 Morsi daba un impulso a una constitución que debía someterse a referéndum, pero que llevaba al país de la primavera árabe de la democracia al invierno del islamismo. No acabó siendo así porque de nuevo el ejército, el otro gran poder fáctico en pugna con la Hermandad Musulmana, hizo valer su fuerza un año después mediante un golpe de Estado encabezado por el general Abdel Fatah Al Sisi, quien por esta vía tan poco democrática nos trae al Egipto actual, no muy diferente del que era antes de la primavera. Menudo desengaño.

Ahora bien, es en Siria donde ese desengaño –que, como en Egipto, se constató en Bahrein, Yemen y Libia– ha alcanzado la categoría de escarnio. Allí también fue la primavera árabe hace ya cinco años, cuando una oposición democrática empezó a movilizarse, manifestándose y protestando contra un régimen dictatorial con el que quería negociar una transición. Ahora ese país es un infierno en el que se libra una sangrienta guerra santa suní contra los chíies, a donde van a morir o a convertirse en fanáticos de la yihad jóvenes de medio mundo. Conflicto endiabladamente complejo donde los haya, en el que se da una secuencia de luchas entre tribus, sectas y vecindades que ha seguido una escalada progresiva de horror ante la mezquina actitud del llamado "occidente", y del que es su directo efecto el patético éxodo de seres humanos, los que ahora pierden a jirones su dignidad en las fronteras del edén europeo, en la misma medida en que los ciudadanos europeos nos desprendemos de nuestra humanidad.

Cuando los atentados de París, que tuvieron por uno de sus objetivos la revista satírica Charlie Hebdo, escribí un texto –que titulé La ilustración desvalida– en el que, entre otras ideas, me refería a la necesidad de hacer de la integración de los musulmanes en las sociedades de los países europeos una realidad humana palpable y no una abstracta declaración política. Para las personas que huyen de la guerra, que llaman a las puertas de la democrática y laica Europa, debe de ser un dolorosísimo desengaño la cruda comprobación de que los ideales de la ilustración no son auténticos valores sentidos. Ven así que las democracias europeas carecen de corazón, del cual –para lo bueno y para lo malo– ha demostrado estar sobrado el Islam, de lo que es exponente lo contado aquí sobre Egipto en los últimos años. ¿Alguien puede creer que esta es la forma de ganarse al mundo musulmán para la democracia?

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José María Agüera Lorente es catedrático de Filosofía de Bachillerato y socio de infoLibre

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