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El 'caso Tsunami' se desmorona dentro y fuera de España

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Lo prodigioso y lo desastroso

Mario Diego Rodríguez

Un equipo de astrofísicos, estudiando durante dos décimas de segundo un acontecimiento cósmico acaecido hace mil millones de años luz, ha confirmado la más importante de las hipótesis hechas por Einstein hace 80 años. Qué desfase asombroso entre tal logro y nuestra incapacidad de prever la situación económica en la que nos encontraremos dentro de algunos días. El titubeo actual de los mercados financieros y la amenaza diaria de una nueva crisis económica, plantea una dramática incertidumbre para millones de habitantes del planeta.

Desde 2008, en nuestro país –como en muchos otros–, el discurso, tanto de la patronal, como el de los Gobiernos sucesivos y el de los “expertos en economía”, coincidía machacándonos, un día sí y otro también, con dos ejes: la necesidad de reducir los gastos públicos y el déficit para que arranque la recuperación económica, por una parte, y la necesidad de aumentar la productividad, de restructurar y de despedir con más facilidad y a mejor precio para que las empresas puedan aumentar sus márgenes de beneficios, por la otra.

Y así se ha hecho, la política en torno a esas medidas de austeridad ha sido aplicada a la letra e intensificada estos últimos años. Hoy, podemos hacer el balance. Para los menos afortunados, la consecuencia de la aplicación de esos preceptos, ha sido la pérdida de sus empleos. Para los más afortunados que lograron conservar – o encontrar un empleo – las consecuencias han generado disminución salarial y contratos basura.

Tanto en el sector bancario, como en el de la mayoría de las grandes empresas, multinacionales o no, las trabajadoras y trabajadores que lograron conservar sus empleos han sudado millones de ganancias y beneficios produciendo riquezas.

¿A dónde nos lleva tal acumulación de beneficios y dividendos? ¿A inversiones en el sector productivo? ¿En el sector público? ¿Al nacimiento de una economía más moderna, más próspera?

“Produzco lo que quiero, como quiero y tengo en cuenta únicamente las ganancias generadas por mis inversiones”. Esa es la filosofía económica de la denominada “ley del mercado”. Para los capitalistas, los miles de millones extraídos de la producción y de la explotación de la clase trabajadora son insuficientes; tienen que hacerlos fructificar con creces y con más rapidez; para lograrlo utilizan la especulación. Lo que nos lleva a una situación absurda: cuanta más riqueza produce la clase trabajadora más aumenta la dicha especulación.

Podríamos pensar que esto no va con nosotros puesto que como en las quinielas, los únicos que pueden perder son los que juegan, sí podríamos, no obstante hay una diferencia. Cuando ciudadanos de a pie apuestan sobre un resultado de futbol lo hacen con su dinero, sin embargo cuando los capitalistas apuestan en Bolsa evitan, sobre todo, hacerlo con su dinero. Juegan con las finanzas de las empresas, con el dinero depositado en los bancos, con el de los seguros de vida. Especulan sobre las materias primas y los productos alimenticios, sobre las divisas y las deudas de los Estados.

¿Hay cosa más loca que tal concepción de la economía digna de la Edad de Piedra?

Mario Diego Rodríguez es socio de infoLibre

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