La puta izquierda

Alfredo Díaz

Hola.

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Si estás leyendo o escuchando esta carta es porque me he muerto. Esta carta es mi confesión. La exposición de los motivos que me llevaron a convertirme en un supremacista.

Hay otra solo para la familia en un sobre más pequeño: es mi testamento. No esperéis gran cosa a menos que os gusten las estilográficas.

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Sí, lo soy. Nadie me obligó. Nadie me compró. Nadie me tendió una trampa. Lo hice con premeditación, alevosía y racionalidad. E imagino que el delito será mayor porque me siento orgulloso de haberlo hecho y de haber servido de ejemplo –espero– a otras personas. Cero arrepentimiento, cero remordimiento y tanto orgullo como para llenar el vacío que dejan diez buenas series de televisión o la muerte de tu perro.

Tanto es así que si volviera a nacer no cambiaría ni un solo segundo, ni una sola coma y ni un solo gesto de prepotencia y soberbia. Ambas, por supuesto, justificadas.

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Es verdad que lo hice con la complicidad de la historia, pero la exculpo. Revisé los hechos y los comparé. Volví a revisarlos y volví a compararlos. Después miré al cadáver orgulloso de mi acción. Y la expresión de ese rostro inerte y frío me daba la razón.

Como habréis imaginado, el cadáver era la historia que, a diferencia de ciertos despojos humanos que frecuentan juzgados y platós de televisión, no miente, no cobra y no se contradice en su turno de réplica.

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Soy –o sea, fui– supremacista moral por ser una persona de izquierdas.

Lo que sigue no es un juicio de intenciones sino verdades absolutas y hechos demostrables con la ayuda de un simple buscador. La izquierda no es superior a la derecha porque lo diga ella. Lo es porque lo dice la historia y lo demuestra un catálogo de conquistas sociales y culturales con fecha y prueba de maternidad. Pero también, apreciado o apreciada idiota de derechas, porque lo dice esa IA en la que confías para que te prepare un plan de ayuno intermitente.

¿Quién conquistó la libertad de expresión, de prensa, de reunión y de manifestación? ¿Quién sacó a la Iglesia de las aulas, de los hospitales, de los gobiernos y de los juzgados?

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¿Quién conquistó la jornada de ocho horas, el salario mínimo, el derecho a huelga o las vacaciones pagadas? ¿Quién implantó la negociación colectiva, los convenios, la protección frente al despido arbitrario, los ERTE durante la pandemia, el escudo social o la excepción ibérica?

¿Y qué hacía en esos momentos la derecha? Interrumpir el progreso, constituir una amenaza constante a la democracia

¿Quién hizo posible el acceso universal a la sanidad y a la educación para que todo el mundo pudiera gozar de una buena salud y para que el hijo de un obrero pudiera ser ingeniero o médico? ¿Quién peleó para que los mayores no murieran en la miseria y para que los dependientes no fueran una carga para sus familias?


¿Quién despenalizó el aborto, la homosexualidad y el derecho a una muerte digna? ¿Quién aprobó el matrimonio igualitario y los derechos del colectivo LGTBIQ+? ¿Quién dio a hombres y mujeres la capacidad de decidir sobre su destino y a las mujeres la soberanía sobre su cuerpo?


¿Quién? La puta izquierda.

¿Y qué hacía en esos momentos la derecha? Interrumpir el progreso, constituir una amenaza constante a la democracia, mandar a la cárcel a quienes amaban de otra manera y dejar claro que la mujer es patrimonio del hombre y ambos patrimonio de Estado.

No es ideología. Son hechos. Los derechos y las libertades crecen cuando gobierna la izquierda y se contraen cuando gobierna la derecha. Y es mi defensa de todo lo anterior lo que me convierte a mí y a quienes apoyamos y defendemos esas conquistas en supremacistas morales.


Pero, por si no hubiera ya humillado lo suficiente a la derecha, ahí va una última pregunta: ¿Qué ha dado la derecha a la humanidad que no fuera ya de la humanidad? Mirad cómo agachan sus cabezas huecas porque la respuesta es nada.

Esta es mi confesión. No perdáis el tiempo en juzgarla porque es irrebatible. Pasad directamente a la carta de la herencia y luego a la empanada, los huevos cocidos, las croquetas de cabrales y la sidra.

Por cierto, la Montblanc que me regaló Raquel me la llevo a mi cremación. Y de ahí al Cantábrico. Quiero descansar en un mar que sigue batiendo aunque, eso sí, cada día más caliente por el cambio climático que niega una derecha necia, egoísta e ignorante. Ahí también somos superiores.

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Alfredo Díaz es socio de infoLibre.

Hola.

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