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¿Rehabilitarnos humanamente desde el desastre?

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Amador Ramos Martos

"Quien deconstruye al ser humano, no puede defender al mismo tiempo sus derechos". (Todorov Tzvetan)

Vivíamos (nos decían) en el mejor de los mundos posibles. Pero la crisis sanitaria desatada por la pandemia del coronavirus, una posibilidad previsible pero no prevista por nadie (lo improbable de un hecho no lo hace imposible), es el corolario indirecto de la crisis financiera previa. Derivada del asalto al modelo de estado social de bienestar por el neoliberalismo salvaje.

El apocalipsis ¿light? provocado por el/la covid- 19 (el acrónimo no está a salvo de la polémica lingüística de género) coincide, es lo más grave, con la cola de los efectos devastadores del tsunami financiero. Ha sido la “puntilla sanitaria” que ha puesto en solfa la viabilidad del sistema. El neoliberalismo, deslegitimando el rol crucial del estado en la regulación de los desequilibrios provocados por los intereses encontrados de los grupos y colectivos integrantes del cuerpo social, rompió la precaria armonía del sistema, fragilizándolo.

El desguace de servicios públicos esenciales, en aras del mantra nunca demostrado de la mayor eficacia y eficiencia de la gestión privada de aquellos, quebró la cohesión del modelo, y mermó recursos institucionales del Estado, imprescindibles en su respuesta frente a situaciones de crisis. El contrato social pactado (fruto del miedo a la expansión del comunismo) tras las dos “pandemias bélicas” que asolaron a Europa, dio paso a décadas de estabilidad política, progreso socio-económico y razonable equidad redistributiva que nos parecían definitivamente afincados en el imaginario colectivo. Pero estábamos equivocados.

El hundimiento de la URSS tranquilizó al entonces inquieto capitalismo. Que paulatinamente, y libre de contrapeso, volvió a las andadas. Un proceso al que no fue ajena la socialdemocracia europea, enfrascada en su suicida deriva por la “tercera vía”. Y que puso en solfa y en riesgo el modelo de estado social de bienestar pactado. El intento de “cópula ideológica” entre una socialdemocracia confortable (la gauche caviar) y un liberalismo en trance de involución económica radical, desinhibido y asilvestrado, acabó en un monumental “gatillazo”. Que a renglón seguido contribuyó a la implantación en las entrañas del sistema del modelo no ya asilvestrado sino salvaje de neoliberalismo.

Consecuencia inmediata de la antinatural coyunda: el alumbramiento de una versión malformada (un aborto ideológico) del viejo modelo garante del equilibrio y cohesión social pactado entre el Estado con los ciudadanos. Un modelo cuyas prioridades, exclusivas de una minoría y divergentes de las de la mayoría excluída, dinamitó el pacto recíproco previo. Vivaqueamos ahora en la realidad precarizada. Sorteando un campo minado de carencias y circunstancias imprevistas: desigualdad económica, pérdida de derechos considerados hasta no hace tan intocables, incertidumbre ante el futuro, eclosión de discursos xenófobos bordeando el fascismo, y modelos iliberales de seudodemocracia.

Circunstancias en su momento inquietantes. A las que la ciudadanía respondió de forma masiva y pacífica en la calle. Pero que quizás debieran haber requerido por nuestra parte (vista la evolución de los hechos) de una actitud de resistencia perseverante, perdurable en el tiempo. Más exigente, democrática y pacífica, pero más contundente (no son conceptos excluyentes) frente al expolio en ciernes.

En este frágil escenario, eclosiona el covid-19 con consecuencias brutales añadidas a las previas que están poniendo a prueba la viabilidad (imposible en mi opinión) del modelo de capitalismo neoliberal que intentan imponernos. Un modelo inhumano, deshumanizador y humillante. Cuyas víctimas, expulsadas del protector oasis (en realidad un ilusorio espejismo), deambulan otra vez en un desierto infernal de precariedad e incertidumbre. Mientras sus verdugos, los victimarios de siempre, los llamados… “poderes financieros” ¡basta de engañosos eufemismos siendo como son “genocidas económicos!

Protegidos legalmente por el sistema, se mueven a sus anchas poniendo a buen recaudo el botín obtenido a costa nuestra, en opacos e intocables paraísos fiscales. En estas circunstancias, la búsqueda de un responsable individual o colectivo sobre el que cargar la responsabilidad de nuestros males se convierte en un subterfugio que nos exima de la parte alícuota de responsabilidad que nos concierne. No podemos farisaicamente reivindicar los derechos humanos de las victimas, mientras mirando hacia otro lado ignoramos a sabiendas a los victimarios del genocidio económico que los deshumaniza.

Enardecidos en nuestra frustación por discursos populistas edificados sobre la xenofobia (en realidad “aporofobia” ya que no es lo mismo un saudí que un moro), la desinformación y la propaganda ideológica marcaremos a otros (victimas como nosotros del expolio) con el estigma de presuntos responsables de nuestra desgracia. Recurriendo a prejuicios por injustos y falsos… injustificables. En una especie de inhumano y cruel akelarre sobre el diferente, sea extranjero, de otra raza o religión, o incluso aquellos con los que aún compartiendo gentilicio nacional ubicamos en las antípodas ideológicamente, recaerá de forma irracional, ignorante y fanática el sambenito de “chivo expiatorio”. Con la convicción equivocada de que al hacerlo se resolverá la causa de nuestros males.

Pero el conflicto nunca resuelto de la obscena desigualdad, y causante de la precariedad deshumanizante a nivel planetario, no es responsabilidad de sus víctimas. Son los victimarios, los depredadores emboscados en la penumbra de cada época histórica, los que adaptando su estrategia en cada contexto se perpetúan dentro del sistema reducido por ellos a la categoría de selva económica. Una insolidaria cuando no delictiva actividad que transcurre bajo la farisea legalidad proporcionada por el poder político desde siempre. Una bóveda “legal” universal, que no nos engañemos, de forma más o menos explícita protege a lobbies y entramados financieros de todo pelaje. Que marcan con sus líneas doradas los límites de nuestro bienestar y derechos colectivos e individuales.

En el caso de la pandemia casi bíblica que nos ocupa y asola, la precarización y desguace previo de servicios comunitarios proporcionados por el Estado, garantes de la salud y de la cohesión inclusiva de todos los ciudadanos, han fragilizado la capacidad de respuesta de aquél, frente al desafío brutal impuesto por el covid-19. Pero no caigamos en el autoengaño. No seamos prisioneros de la intolerancia radical de nuestro discurso o de duscursos ajenos. Que el fanatismo sectario no nos ciegue. Pero tampoco, aunque solo sea por esta vez, que la indolencia ideológica no nos incapacite (como zombis) en la valoración crítica y ética de las diferencias ideológicas de uno u otro signo, que las hay. Pero sobre todo, no busquemos “chivos expiatorios” entre las víctimas perennes de un modelo económico que los arroja de forma inmisericorde a un vacío social plagado, paradójicamente, de miserias de las que huyen.

No tienen, según los bienpensantes, “nada que perder” y mucho que ganar a nuestra costa. Sus vidas, al parecer, perdidas entre la frialdad de las cifras y la maraña de titulares mediáticos, no cuentan para nada y para casi nadie. Como de forma despiadada afirmaba Stalin: “Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística”. Una definición brutal e inmejorable de una realidad, igualmente brutal y para muchos… insoportable. Pero “los chivos expiatorios” no vienen a esquilmar nuestro bienestar.

Los que esquilman sus derechos humanos y recortan de paso los nuestros de forma solapada, que creíamos seguros y a salvo, no vienen en patera, no atraviesan desiertos, no huyen de la guerra. Tampoco nadie los persigue políticamente. Al contrario, se les apoya. Los “cabrones victimarios”… los responsables del genocidio económico de las víctimas se ubican en el silencio confortable, acolchado y mullido de sus opulentos despachos. Desde sus torres de marfil ¿inexpugnables? hacen inviable de forma inhumana y atroz la esperanza de una vida y un futuro dignos a tantos seres humanos expoliados y despojados de su humana condición. Esto es lo que la madre naturaleza, que no entiende de razas, ideologías, religión, economía, ni nacionalidades, en forma esta vez de coronavirus (un “chip biológico de ADN” el tal covid-19; me apunto a la masculinidad del acrónimo) incrustado en los recovecos de nuestras entresijos ha venido a demostrarnos.

En contra de lo que nos han hecho creer, y de lo que muchos piensan (no es mi caso), sin tejido social que nos cohesione, sin una ética de mínimos preventiva, sin poder de control democrático y ético sobre modelos ideológicos o socio-económicos aberrantes, sin Estado protector de nuestros derechos y exigente de nuestras obligaciones… como especie… y frente a la naturaleza, seguimos siendo vulnerables… no somos nadie.

P.D. No era mi intención bajar al terreno sucio de la realidad política inmediata. Pero no puedo sustraerme a la necesidad de hacerlo. Ver un edificio singular (la semiesfera poliédrica) de la futurista y faraónica Ciudad de la Justicia, proyecto estrella del PP neoliberal, convertido en morgue improvisada en mitad de un secarral no deja de ser la paradoja brutal de la realidad brutal que nos asola.

Amador Ramos Martos es socio de infoLibre

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