Simone Weil: guerra, paz y perdón

Eloy Isorna Artime

Paz y Guerra en la Ilíada de Simone Weil” es el tema elegido para la próxima reunión mensual (la XII) del “grupo de charla filosófica” de Aluche que se reúne en la librería Santander de dicho barrio madrileño.

1 - Es un tema de actualidad que vivimos, con ansiedad, en diaria incertidumbre: Gaza, Líbano, Irán … Pero tenemos algunas certezas: la guerra mata. Mata el cuerpo y mata el espíritu: cosifica al ser humano. La guerra arruina la vida no sólo de las víctimas directas, sino también la de sus familias y la de sus pueblos. Los perniciosos efectos de la guerra se extienden en el tiempo durante generaciones.

2El Derecho y las instituciones humanitarias y de defensa de las paz son también un objetivo; una realidad a destruir por el despiadado afán de impunidad y libertad de acción de los que promueven las guerras.  

3- Immanuel Kant (“Sobre la paz perpetua”), apelando a la “federación de pueblos” y a la paz, recuerda que la guerra no puede ser causa de ningún derecho y que tampoco el tratado de paz pone fin al “estado de guerra”:

“(...) el derecho no se decide a través de la guerra ni a través de su resultado favorable, “”la victoria””; y aunque a través del tratado de paz se pone fin a la guerra actual, no acaba con el estado de guerra (…)”

4 - Tras la guerra, la paz no es posible sin la reparación, nunca suficiente, y sin el perdón, tantas veces imposible, sino por virtud heroica, que se torna milagro. Tras cada victoria de la guerra y al final de la misma, debiera ser imperativo pedir perdón: convocar una jornada de penitencia. Dice Kant: 

Tras el término de una guerra, con el advenimiento de la paz, posiblemente no sería impropio para un pueblo convocar un día de penitencia tras las fiestas de Acción de Gracias (Dankefeste), invocar al Cielo, en nombre del Estado,  por el perdón por el gran pecado, que el género humano aún se siente culpable de haber cometido al no querer seguir Constitución legal alguna en relación a otros pueblos, sino al preferir utilizar con orgullo para su independencia el instrumento bárbaro de la guerra (…) Las fiestas de Acción de Gracias que se celebran durante una guerra por una “”victoria”” ganada, los himnos que se cantan al “”señor de los ejércitos”” (en buen israelita), contrastan en no menor medida con la idea moral del padre de los hombres: porque aparte de la indiferencia con respecto a la forma en que los pueblos buscan su derecho respectivo (que es bastante triste), introducen la alegría de haber acabado con muchos hombres o con su felicidad.

5 - Simone Weil, en La Ilíada o el poema de la fuerza”, escrito entre 1939 y 1940,  acertó a describir el efecto letal de la fuerza, de toda guerra: la cosificación de los seres humanos:

El verdadero héroe, el verdadero tema, el centro de la Ilíada es la fuerza. La fuerza manejada por los hombres, la fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la que se retrae la carne de los hombres. El alma humana aparece sin cesar modificada por sus relaciones con la fuerza, arrastrada, cegada por la fuerza de que cree disponer, encorvada bajo la presión de la fuerza que sufre. (…) // La fuerza es lo que hace una cosa de cualquiera que le esté sometido. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver. Había alguien, y un instante más tarde, no hay nadie. Es un cuadro que la Ilíada no deja de presentarnos.”

6 - En la guerra, siempre corrosiva y destructora, surgen circunstancias y personajes que incitan a la reflexión: el héroe, el hogar, el suplicio, el suplicante, el esclavo, el vencedor, el vencido …

Del héroe dirá Weil que es “una cosa arrastrada detrás de un carro entre el polvo«. Con su acción heroica, en la que pierde la vida, el héroe se cosifica en la muerte: “(…) Alrededor, los cabellos // negros estaban esparcidos, y la cabeza entera en el polvo // yacía, antes encantadora; ahora Zeus a sus enemigo // había permitido envilecerla sobre su tierra natal.”

Contrasta esa imagen con la evocación de la imagen del idílico y pacífico hogar: “el mundo lejano y conmovedor de la paz”, de “los baños calientes”: “Casi toda la Ilíada trascurre lejos de los baños calientes. Casi toda la vida humana transcurre siempre lejos de baños calientes.

7 - Weil, perspicaz, no deja de advertirnos sobre la fuerza que no mata, la que produce el suplicio:

«La fuerza que mata es una forma sumaria, grosera de la fuerza. Cuán más variada en sus procedimientos, cuán más sorprendente en sus efectos, es la otra fuerza, la que no mata; es decir la que no mata todavía. Sin duda matará o matará tal vez, o está solamente suspendida sobre el ser al que a cada instante puede matar; de todos modos transforma al hombre en piedra. (:..) Vive, tiene un alma y es, sin embargo. una cosa. «

8 - En esta circunstancia cabe rememorar la figura del suplicante que pide por su vida: “El hombre reducido a ese grado de desdicha hiela tanto como el aspecto de un cadáver.”

Los “suplicantes” no siempre son atendidos y, aun cuando lo fueren, no alcanzarán la libertad de los ciudadanos; les espera normalmente la prisión y la esclavitud, y siempre la impronta de su allanamiento ante la fuerza

9 – El Canto XXI de la Ilíada nos muestra a Licaón, hijo de Príamo,  suplicante ante Aquiles. Estamos en la circunstancia en que los troyanos huyen y Aquiles los persigue empuñando la espada:

“(..) y con constante giros a un lado // y a otro, los golpes asestaba, // en tanto de sus víctimas se iba, // alzando un gemido indecoroso”   

Aquiles ve a Licaón, que escapaba, saliendo del río Escamandro; y, en cuanto lo ve, sin armas, sin yelmo, sin escudo, se dice a sí mismo: “la punta de mi lanza también la va a probar”.

De modo que Aquiles, aguardando, “daba vueltas // a estos pensamientos”, cuando Licaón se llegó cerca de él,// estupefacto y ardiente en deseos // de atarse a sus rodillas”, pues quería ardientemente escapar de la muerteAquiles levantó su lanza, con afán de herirle pero Licaón “corrió a echarse a sus pies y gacha la cabeza, le asió de las rodillas”.

10 - Licaón suplicaba:

”Aquiles yo te imploro de rodillas, // tú de mí ten respeto y ten piedad.// Soy como un suplicante para ti, // (¡oh, tú que eres de Zeus descendiente!) // Merecedor del debido respeto, (…)”

Fugazmente recordará Aquiles el tiempo en el que tenía capacidad de perdonar, capacidad que ha perdido. Ahora ya no puede perdonar. Terrible situación. Aquiles, haciendo referencia a la muerte de su amado compañero y amigo  Patroclo, que tanto dolor le causó ,al punto de incitar su vuelta al combate contra los troyanos, respondió a los ruegos de Licaón diciendo:  

 “¡Infeliz! No me propongas rescates // ni me sueltes discursos sobre ello; //pues antes de que Patroclo se fuera // al encuentro de su día fatal, // hasta entonces me era más bien grato // en mis mientes perdonarles la vida // a los troyanos, y a muchos de ellos// vivos los capturé y los vendí.

Pero ahora, en cambio, es imposible // que escape de la muerte // quienquiera al que un dios, ante Ilión,// arroje a mis manos, // perteneciente al grupo // de los troyanos, aun de todos ellos, // si bien, especialmente // de entre los hijos de Príamo el rey. // Así, que, ¡amigo!, muere tú también. (…)”   

11Sin capacidad de perdón, las víctimas, o sus deudos, presos de la maldición de la fuerza, se convertirán en seres vengativos, en implacables verdugos. Todos los que ejerzan la fuerza pueden verse aplastados por ella. Dice Weil:

Tan despiadadamente aplasta la fuerza, tan despiadadamente embriaga a quien la posee o cree poseerla. Nadie la posee verdaderamente. En la Ilíada los hombres no están divididos en vencidos, esclavos y suplicantes, por un lado, y vencedores y jefes por otro; no hay en ella un sólo hombre que no se vea en, en algún momento, obligado a doblegarse bajo la fuerza. “

12 –  Toda victoria es transitoria y, lo más, da una corta alegría. Tras la victoria cabe esperar la derrota: es el ciego destino.  Dice Weil:

A fuerza de ser ciego, el destino establece una especie de justicia, ciega también, que castiga a los hombres armados con la pena del talión; la Ilíada la formuló mucho antes que el Evangelio, y casi en los mismos términos: Ares es justo y mata a los que matan” (…) //

Este castigo de rigor geométrico que sanciona automáticamente el abuso de la fuerza fue objeto de meditación entre los griegos. Constituye el alma de la epopeya; con el nombre de Némesis, es el  motor de las tragedias de Esquilo; los pitagóricos, Sócrates, Platón partieron de ahí para reflexionar sobre el hombre y el universo. (…) “ 

En la Ilíada, la marcha de la guerra consiste solamente en ese juego de la balanza. El vencedor del momento se siente invencible, aunque unas horas antes hubiera experimentado la derrota; no considera la victoria como algo transitorio. (…) // Pero los que escuchaban la Ilíada sabían que la muerte de Héctor debía dar una corta alegría a Aquiles, y la muerte de Aquiles una corta alegría a los troyanos y la aniquilación de Troya una corta alegría a los aqueos.”

13 Como dice Weil, la violencia acaba engullendo al que la maneja:

“Así, la violencia aplasta a los que toca. Termina por parecer exterior al que la maneja y al que la sufre; nace entonces la idea de un destino ante el que los verdugos y las víctimas son igualmente inocentes, vencedores y vencidos hermanados en la misma miseria. El vencido es causa de desdicha para el vencedor, como el vencedor lo es para el vencido. // Un uso moderado de la fuerza, que es lo único que permitiría escapar al engranaje, exigiría una virtud más que humana, tan poco habitual como una constante dignidad en la debilidad. // Las palabras razonables caen en el vacío

14 - La guerra puede llegar a parecer un juego irreal siendo una horrible tragedia. Dice Simone Weil: :

«Ni siquiera una vez probada, deja la guerra de parecer un juego. (…) El peligro es entonces una abstracción, las vidas que se destruyen son como juguetes rotos por un niño e igualmente indiferentes; el heroísmo es una actitud teatral y manchada de jactancia. (…) // Llega un día en que el miedo, la derrota, la muerte e compañeros queridos hacen que el alma del combatiente se doblegue bajo la necesidad. La guerra deja entonces de ser un juego o un sueño; el guerrero comprende al fin que existe realmente. es una realidad dura, demasiado dura para ser soportada, pues contiene la muerte. (…) //

15 - Detrás de toda guerra y de todo proceso victimario, está la pregunta de las víctimas que, como dice Weil (“La persona y lo sagrado”), Cristo mismo no pudo reprimir: “¿Por qué me hacen mal?”

Añade Weil que “ ese grito apenas consigue expresarse hacia dentro ni hacia fuera en forma de palabras regulares. (…) // Es necesario finalmente, un sistema institucional que, en la medida de lo posible sitúe en las funciones de mando a personas capaces y deseosas de escucharlo y comprenderlo. // Es evidente que un partido centrado en la conquista o la conservación del poder gubernamental no puede distinguir en esos gritos otra cosa que ruido.”

16 - Un llamamiento a la generosidad y al perdón se hace imprescindible, aunque no fácil ni previsible. Dice Weil:

Falto de esta generosidad el soldado vencedor es como una plaga de la naturaleza; poseído por la guerra se ha convertido en cosa, como el esclavo, aunque de manera distinta, y las palabras no tienen poder sobre él como no la tienen sobre la materia. Uno y otra, al contacto con la fuerza, sufren su efecto infalible, que es volver mudos o sordos a aquellos a los que toca. // Tal es la naturaleza de la fuerza. El poder que tiene de transformar a los hombres en cosas es doble (…) petrifica, de forma diferente, (…) las almas de quienes la sufren y de quienes la manejan.“ (La Ilíada o el poema de la fuerza)

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Eloy Isorna Artime es socio de infoLibre.

Eloy Isorna Artime

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