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Entrevista

“Los bancos deberían servir al bien común igual que las escuelas o los hospitales”

Christian Felber ha imaginado otra economía: la del bien común.

Para el profesor, periodista y escritor austriaco -además de bailarín- Christian Felber, existen alternativas al capitalismo. Frente al lucro y la competencia como factores para el éxito, él propone valores como la honestidad, la confianza, la responsabilidad, la cooperación o la compasión. Lo que funciona en las relaciones humanas, cree, debería ser aplicable a las empresas. Si en vez de en medidores meramente económicos estas se fundamentaran además en cualidades como la ecología, la gestión democrática o su aportación a la sociedad, se daría paso a una mejor producción y distribución de la riqueza. Para gestionarla, existiría una banca “democrática”, compuesta de pequeñas entidades.

Sus ideas, que ha desarrollado en el proyecto económico, político y social Economía del Bien Común -plasmadas además en un libro con el mismo nombre- ya han comenzado a dar sus frutos. En el festival Rototom Sunsplash, que llevará a Benicàssim el reggae y el activismo entre el 17 y el 24 de este mes, Felber, economista autodidacta, las compartirá en la ponencia Otra economía es posible: La economía del bien común. Antes, ha respondido a infoLibre (como Licenciado en Filología Hispánica que es, en español), sobre su teoría, a la que se han adherido ya individuos, empresas, municipios e incluso una región. 

¿Qué significa eso del bien común?

El bien común es un concepto ancestral que ya usaban los griegos desde Aristóteles. El primero en definirlo de forma normativa fue Santo Tomás de Aquino. Para mí, el concepto se refiere a la realización exitosa de la dignidad humana. Es el reconocimiento de que todos tenemos el mismo valor, lo que tiene como consecuencia que tengamos todos los mismos derechos y las mismas libertades y que nuestras necesidades básicas deban ser satisfechas. En la medida en que consigamos esto, nace y crece el bien común. Este es el único sentido que la palabra tiene en sí. Todos los demás detalles tienen que definirse en procesos democráticos: ¿cuáles son las necesidades básicas, qué entendemos por calidad de vida, qué libertades reconocemos y dónde las limitamos, qué obligaciones tiene una empresa y con qué comportamientos puede contribuir al bien común y mejorar su “balance del bien común”? La meta estratégica del movimiento EBC es que estas cuestiones se debatan y decidan en asambleas democráticas descentralizadas con la máxima participación de las personas: el pueblo libre y soberano.

Sin competencia, ¿cómo se puede aspirar a mejorar? ¿No es el hombre inherentemente un competidor?

Primero, no hay prueba científica alguna de que eso sea así. Es una ideología sin fundamento empírico. La disciplina científica que más lo afirma, la economía, no es una ciencia natural, por un lado, ni nos presenta pruebas empíricas de estas creencias por otro. Desde mi punto de vista, la competencia no es sino una costumbre cultural profundamente arraigada igual que lo ha sido el patriarcado y la creencia que el hombre es superior a la mujer. Hacemos bien en soltar estas ideologías destructivas.

Segundo, investigaciones empíricas de otras ciencias contemporáneas, incluyendo las naturales como la neurobiología, dan como resultado que la cooperación nos motiva de forma más fuerte que la competición. La causa es que la cooperación nos motiva a través del florecimiento de las relaciones mientras que la competencia lo hace en primer lugar a través del miedo. El miedo es importante para una huida espontánea, pero en la vida cotidiana se convierte en un veneno social y relacional.

Tercero, en el diseño político de los mercados, no se trata de eliminar la competencia, sino de priorizar la cooperación. Si penalizamos las empresas por las faltas que cometen – igual que en los deportes – y las recompensamos si cooperan y se ayudan, los mercados pasan de ser campos de batalla a ser espacios-taller productivos de creación colectiva.

¿Qué tipo de política se haría en un mundo gestionado por una economía del bien común?

Democracia real y verdadera soberanía. La raíz latina de “soberano” quiere decir “por encima de todo”. El pueblo soberano debe estar por encima del gobierno, del parlamento y de la Constitución. El pueblo soberano debería escribir la Constitución que define las reglas del juego. Los representantes tienen que cumplir con estas reglas. En cada momento, el pueblo debe tener el derecho de parar, corregir y complementar sus representantes. El pueblo debe tener el derecho de promulgar una ley a través de democracia directa. Y también de elegir una asamblea económica o monetaria para crear el orden económico y monetario que le convenga, que esté en congruencia con sus intereses, necesidades y valores. Creo que tenemos una segunda ola de Ilustración por delante que nos aportará más democracia, democracia más real que la actual. La primera ola de la Ilustración sólo nos ha hecho saborear lo que podría ser una democracia de verdad. Pero el plato principal aún está por cocinar. Y l@s cociner@s tenemos que ser tod@s nosotr@s.

¿Cómo se podría asegurar la veracidad de las empresas que aseguran tener unos valores acordes a la economía del bien común?

A través de una auditoría externa análoga a la auditoría del balance financiero. Para ampliar un poco la cuestión: la primera generación de los “instrumentos de Responsabilidad Social Corporativa” -los balances éticos junto a los financieros- no ha sido muy efectiva. Por eso hemos desarrollado criterios de efectividad para los balances éticos de la segunda generación: medibles, comparables, vinculantes, con consecuencias legales, y auditados por personas externas. Con el sello de los auditores, el balance será válido. ¿Será posible corromper a los auditores del bien común? Lo dudamos porque a diferencia del balance financiero, el balance del bien común lo entiende todo el mundo, y una mentira en cuanto a las condiciones laborales, el comportamiento ecológico, las diferencias salariales o el grado de codeterminación interna enseguida sería detectado por alguien. Para crear una base más amplia de evaluación estamos pensando crear un sistema de auditoría entre iguales, con ayuda de suministradores, colaboradores, clientes, y otros grupos de interés de las empresas.

¿Qué puedo hacer yo, como persona individual, para conseguir implantar una economía del bien común?

Muchísimo, puesto que este proyecto es plenamente ciudadano y se vertebra en tres planos complementarios. La Economía del Bien Común (ECB) se focaliza en tres planos: económico, político y social. En el plano económico, es una alternativa viva, concreta, realizable para organizaciones y empresas de diferentes tamaños y formas jurídicas. La finalidad de la economía y la valoración del éxito empresarial se definirán mediante los valores orientados hacia el bien común. Cada empresa puede hacer el balance ya. Los consumidores pueden preguntar a las empresas si pueden presentarles el balance. En 2014, un sello con el resultado del balance figurará en todos los productos. De ahí, el consumidor llega al balance entero de la empresa. En el plano político, el movimiento quiere conseguir cambios en el marco legal para una Economía del Bien Común. El proceso que proponemos en los “Municipios del bien común” son asambleas democráticas descentralizadas para componer una parte económica de las Constituciones desde abajo. En el plano social, el movimiento EBC es una iniciativa de concienciación para una transformación del sistema, el cual consiste en la actuación común y apreciada de tantas personas como sea posible. La participación es lo más importante, gracias a ella se han creado cada vez más círculos de acción: consultores, auditores, redactores, conferenciantes, emisarios, técnicos, coordinadores, científicos… Lo que se puede hacer como primer paso es contactar con un “campo de energía” local, así llamamos los grupos locales, y después ver cómo se puede colaborar. Si todavía no existe un grupo regional, se puede fundar uno...

¿Qué se ha hecho ya para conseguir implantar una economía del bien común?

Desde el pistoletazo de salida del movimiento en octubre del 2010, en la vertiente económico-empresarial se han adherido más de 1300 empresas de 22 países. Una de cada 3 ha empezado a implementar el balance del bien común. El año que viene, empezaremos con el “semáforo” del bien común para los consumidores. En la vertiente político-democrática, en los últimos meses hemos dado la bienvenida a los primeros Municipios del bien común, entre los primeros Miranda de Azán, cerca de Salamanca. Hay más de cien municipios y ciudades interesados. En Italia, se ha creado la primera región del bien común. En Salzburgo, el nuevo Gobierno regional ha integrado la promoción de la EBC en empresas en su agenda de gobierno. En la vertiente social y educativa, unas 30 universidades se han adherido para promover la EBC en la enseñanza, investigación, aplicación y difusión pública. La Escuela de Negocios de Lausana, en Suiza, ya ha hecho el balance. Entre otros, estamos cooperando con la UNESCO en la formación universitaria. En la Universidad de Salzburgo, estamos desarrollando el primer MBA de Economía del bien común, que arrancará el año que viene.

Estas tres vertientes estratégicas las integramos en las unidades territoriales que son los campos de energía (grupos de apoyo). De estos, se han fundado más de 100 en unos 15 países. En España han nacido unos 30 en los últimos 15 meses.

A nivel internacional, el movimiento está fundando una confederación “madre” para coordinar las asociaciones nacionales y locales. La asociación española se va a fundar ahora en septiembre u octubre.

¿Cómo podríamos recuperar la confianza en instituciones como los bancos? En ese sentido, ¿qué es la banca democrática?

El pecado capital político referente a los bancos ha sido la conversión de las cooperativas y cajas de ahorros en sociedades anónimas con ánimo de lucro a través de la creación del Mercado Interior Financiero de la UE y la liberalización de los servicios financieros en el marco de la Organización Mundial del Comercio. Si el fin de los bancos es la maximización de los beneficios, hacen todo por conseguirlo: engañar al público y a los clientes, canibalizar a las otras empresas, corromper a los políticos. Los bancos deberían servir al bien común igual que las escuelas o los hospitales.

El banco democrático que estamos a punto de fundar en Austria, será un prototipo privado de esta banca pública para servir de modelo de una futura banca democrática. Esta última se puede componer tanto de cajas públicas como de cooperativas privadas; pero todos cumplirían con una serie de características: Uno, ofrecer sólo los servicios básicos y no tocar el casino financiero global. Dos, no distribuir beneficios a los propietarios. Tres, salir del sistema de intereses (de los ahorros). Cuatro, evaluar la plusvalía social y ecológica de los créditos solicitados. Cuanto mejor sea el “balance del bien común” de una compañía y una inversión, más favorables serán las condiciones. Cinco, la estructura será democrática y transparente. Lo más importante es que se efectúe el diseño de este bien público o esta banca democrática en un proceso democrático como por ejemplo en una “asamblea económica o monetaria” elegida directamente.

Hablas de un sistema de puntos con el que calificar la aportación al bien común de las empresas. Si una empresa es mejor para el bien común, obtendría beneficios como una menor fiscalidad o ventajas como la prioridad en la compra pública. Esto es fácil de entender si unas empresas son “buenas” y otras “malas”. Pero, ¿qué pasaría si todas las empresas fueran “buenas”? ¿Cómo funcionaría entonces el sistema?

Ese será el florecimiento del sistema. No habría ningún problema si todas las empresas obtuvieran el máximo resultado del balance del bien común. Al revés: los problemas sociales y ecológicos estarían resueltos, desde el paro hasta el cambio climático. En cuanto a las ventajas fiscales, por ejemplo, todas volverían a pagar la misma tarifa de IVA. No hay problema.

El presidente de un banco holandés compara su empresa con un burdel

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En teoría, si todas las empresas aspiraran a los objetivos éticos intrínsecamente, no haría falta ninguna “regulación ética” de los mercados. Solo la necesitamos mientras no todas las empresas se comporten así por un lado y mientras aquellas que no se comportan de forma ética tengan ventajas competitivas por otro, porque pueden ofrecer los productos a precios menores. Esta es la trampa de los mercados actuales: los actores no éticos tienen más éxito. Por eso hace falta la “regulación ética” de los mercados.

Además de economista autodidacta… ¿bailarín?

La razón es una herramienta sumamente valiosa y útil. Sin embargo, si nos olvidamos por tanto coco del cuerpo, de las emociones, de la empatía, la intuición y la espiritualidad, todo es fútil. Una experiencia muy personal: si todo el mundo practicara a la danza “improvisación de contacto”, sustituiríamos gradualmente la costumbre cultural de la competencia por la cooperación, a la larga se acabarían las guerras.

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